VENECIA SIN TI, NO ES IGUAL

Daniela pensó que había superado su rompimiento con Rodrigo. Cuando se enteró de que él estaba a punto de casarse, decidió viajar para enfrentar su soledad en una ciudad donde alguna vez fue feliz en pareja. Pero el destino le guardaba una sorpresa.

POR PILAR PORTOCARRERO

2023-01-01T08:00:00.0000000Z

2023-01-01T08:00:00.0000000Z

Editorial Televisa

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LA NOVELA

Rodrigo terminó su guardia y caminó hasta la sala de enfermeras buscando a Daniela. Estaba cansado y lo único que deseaba era dormir, aunque fuera un poco. Preguntó por ella, pero nadie supo dónde estaba. Marcó a su celular y lo mandaba al buzón de voz. Había sido un día de locos, corriendo entre partos y emergencias, evadiendo lo que le preocupaba. Debió rechazar la propuesta del director del hospital cuando le habló sobre la plaza en Madrid, pero aceptó el plazo que le dio para su respuesta final. –Tienes hasta el viernes, y si dices que no, le cederé tu puesto al doctor Sibina –le dijo. Siempre soñó con esa plaza para especializarse en fertilidad, pero dos años alejado de Daniela era mucho tiempo. No creía en las relaciones a distancia, y menos con un amor que recién comenzaba. Llevaban nueve meses viviendo juntos. Tenían pequeñas discusiones que nunca alteraban su felicidad. Le gustaba su simpleza y que caminara descalza en camisa, la que luego le quitaba en medio de juegos en los que alternaban besos y caricias atrevidas. Estaba loco por ella y ya no le daría más vueltas al asunto, sabía lo que tenía que hacer. Fue a la cochera por su auto, pero de lejos la observó cruzando hacia el parque, frente al hospital. La siguió, y cuando estuvo a punto de hablarle la vio correr hacia los brazos de Matías, su primer amor y el hombre con quien estuvo a punto de casarse. Daniela regresó al departamento decidida a hablar con Rodrigo. Ella nunca huía, era el momento de enfrentar sus miedos. –¿Dónde has estado, Daniela? –dijo él, sujetándola por el brazo. No le gustó su agresividad y la ligera presión que hacía sobre su piel. –¡Suéltame! –exigió, y entonces Rodrigo dio unos pasos hacia atrás. –Ahora sé por qué has estado extraña estos días –agregó con rabia–. Dilo de una vez… –No sé a qué te refieres. ¿Por qué no lo dices tú? – exclamó desafiante–, quiero saber qué tienes. –La relación que sigues llevando con Matías – señaló, decidido a terminar la farsa. –¿Con Matías? –repitió desconcertada. –Los vi abrazados en el parque, y no tengo duda de que sigues amándolo –exclamó, levantando la voz. Nunca debió precipitarse ni mudarse con Daniela a los dos meses de conocerla, pero le ganó el cariño que sintió desde el primer momento, el cual, sin embargo, ella acababa de destrozar con su mentira. –¿Y qué viene ahora? –dijo la joven, rogando que su dolor no la traicionara, ya que empezaba a sentir que le quemaba los ojos. –Lo que se hace en estos casos –respondió él de manera fría–. No voy a hacer ningún drama, simplemente hoy mismo me voy del departamento. Rodrigo sacó su maleta del dormitorio. Daniela respiró hondo para no quebrarse en ese momento. Le dolió que tuviera todo listo y que la sentenciara sin preguntar, pero no iba a hacer nada para sacarlo de su error. Sólo se cubrió el vientre con sus manos tratando de proteger el recuerdo que le dejaba. Siete años después... –Tú estás loca –decía Rafaela, mientras Daniela se vestía–, mejor adopta un gato. –Yo quiero ser madre. ¿Sabes cuántos años tendría mi hijo?, siete –agregó con tristeza. Había perdido a su bebé después de que Rodrigo la abandonó, fue un duro golpe que no logró superar y con frecuencia la despertaba por las noches con tristeza y llanto. –Espera a enamorarte, no te precipites. –Ya no creo en el amor, Rafaela, no quiero a un hombre a mi lado –agregó con firmeza–, sólo deseo tener un hermoso hijo. Esa mañana, el doctor Marín le haría la inseminación que tanto había esperado. Estaba nerviosa, deseando que todo saliera bien. Ya no era una jovencita, y de un momento a otro su reloj biológico podría jugarle en contra. Se despidió de Rafaela sabiendo que contaba con ella. Eran amigas desde que entraron a estudiar Enfermería y fue su cable a tierra que la ayudó a tomar conciencia de que la vida continuaba, aun sin el hombre que amaba. Daniela colgó su ropa y terminó de anudarse la bata que la auxiliar le entregó. –Por aquí... –le dijo, señalando hacia un consultorio al final de un corredor–, el doctor Marín tuvo una emergencia. El director de la clínica será quien le haga la inseminación. –¿Segura de que todo estará bien en sus manos? – preguntó nerviosa. –No se preocupe, el doctor ya tiene su historia clínica. Acomódese en la camilla y relájese, él vendrá en un momento. Daniela acomodó sus pies en los estribos de la camilla y esperó. Al rato escuchó que se abría la puerta. –Buenos días –saludó el director. Daniela se puso de pie, de un salto, al reconocer la voz. El corazón le latía apresurado, mientras reconocía a Rodrigo quien la miraba fijamente. Quiso escapar de ahí, pero él la detuvo antes de que siquiera llegara a la puerta. –Espera –dijo, reparando que su corazón latía muy fuerte. Pensó que ya estaba preparado para el encuentro, sin embargo, bastó leer su nombre en el expediente para que sus emociones se alteraran. Más

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