Destinos Protegidos

La sofisticación y la naturaleza coexisten para proteger, disfrutar y fascinarse en una de las reservas privadas más grandes de México. Por Erick Pinedo Fotos de Mauricio Ramos

resort

2022-12-12T08:00:00.0000000Z

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Editorial Televisa

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CONTENIDO

Tamarindo, Jalisco Al dar unos pasos fuera del camino señalado, la vida silvestre se manifiesta con una sinfonía de aves e insectos que permanecen camuflados en la frondosidad tropical. A mis pies, una larga fila de hormigas marcha hasta perderse entre las hojas; sobre mí, ramas y lianas se entretejen para crear bóvedas donde las termitas construyen sus colonias, y a mis costados, inmensas raíces sostienen los troncos de papelillo rojo que flanquean el sendero. Seguimos a Paco Ramírez, guía forestal con 30 años de experiencia en Tamarindo, una reserva natural privada de 1214 hectáreas que se despliega en Costalegre, sobre la ribera sur de Jalisco. “La selva alta es una de las más importantes del país; en ella se han registrado cinco de los seis grandes felinos de América y más de 180 especies de aves –asegura el también acuicultor e investigador de Four Seasons Tamarindo, un enclave de lujo cuya edificación en el santuario se condicionó a la protección del mismo, al operar en solo 2% de la propiedad–. Para proteger la naturaleza hay que entenderla, y proyectos como este nos ayudan a conservarla por más tiempo”. Entre las plantas medicinales y los hongos que Paco identifica al andar, el sendero nos regala vistazos de la biodiversidad jalisciense como una ruidosa y endémica chachalaca, una pequeña y esquiva víbora de cascabel y un lagarto venenoso del género Heloderma (emparentado con el monstruo de Gila) que, al percatarse de nuestra presencia, busca refugio subiendo a un árbol. Pero antes de regresar al camino principal, una serpiente coralillo pasa sin recato a pocos centímetros para reiterar nuestra condición de visitantes. Tras este primer acercamiento con la vida silvestre, nos dirigimos a la base de operaciones de los biólogos, quienes estudian y protegen el patrimonio natural de la reserva mediante planes de manejo de flora y fauna, así como con talleres de concientización ambiental, hidroponia, avistamiento de aves y recolección de frutos para el club infantil Caramelo, parte de las actividades que ofrece el resort. “Reproducimos más de un millón de árboles nativos e hicimos un inventario de mariposas y aves con ayuda de los niños, gracias a la iniciativa Sal a Pajarear –comenta el investigador residente Alejandro Ortega–. Aquí la gente solía ‘pajarear’ con piedras y resorteras; ahora se hace con cámaras y binoculares”. Con un registro hasta ahora compuesto por 70 especies endémicas de flora, 13 de aves, 16 de mamíferos, 11 de anfibios y 30 de reptiles, la información y los especímenes recolectados por los biólogos –con ayuda del personal y de los mismos huéspedes– servirán para establecer un Discovery Center en las instalaciones principales, donde los visitantes serán invitados a explorar con un experto las maravillas selváticas que esconde Tamarindo. BONDADES DE LA TIERRA En el corazón de la reserva, rodeado por un campo de magueyes que dibuja el logo de Four Seasons, el chef Nicolás Piatti y su equipo establecieron Rancho Ortega, un espacio agreste que produce hortalizas y alimentos orgánicos en una finca de 14 hectáreas con corderos, gallinas Rhode Island, cerdos mangalica, un huerto floral para atraer abejas meliponas y árboles frutales como granada, higo, piña, guayaba rosada, rambután, cacao criollo, plátano y canela. Esta granja de bajo impacto es la médula del programa gastronómico que se ofrece en los cuatro restaurantes de Tamarindo (Nacho, Sal, Coyul y Nueve), el cual parte de las raíces culinarias del país para reconectar con la autenticidad mexicana por medio de sus ingredientes y mediante prácticas de cultivo sostenibles que procuran el bienestar animal y el respeto a la tierra. Con una trayectoria internacional en Tailandia, Colombia, Costa Rica, Italia y su natal Argentina, el hoy director culinario de Four Seasons Tamarindo rescata técnicas y conocimientos ancestrales para crear menús de temporada con una filosofía de cero kilómetros –en la que se reduce al mínimo la huella de carbono en el transporte de los productos– y cero desperdicios –donde se aprovechan los residuos orgánicos para hacer composta y alimentar a los cerdos–, con el objetivo de devolver a la tierra lo que nos brinda y revalorar el origen de los alimentos. “Quiero que nuestros cocineros salgan de la cocina y vengan a sentir la tierra con sus manos; que siembren los ingredientes, que entiendan lo que se necesita para cosecharlos y llevarlos a la mesa”, comenta Nico mientras nos muestra su colección de maíz yucateco que, con todo y su propia planta nixtamalizadora, seleccionó en sus viajes de investigación gastronómica para proveer tortillas de variedades endémicas como Xnuk Naal amarillo y blanco, Chac Chob rojo y Eh Hub morado. Al caminar entre las 8500 plantas de agave azul certificadas por el Consejo Regulador del Tequila (que en un futuro le permitirán a Tamarindo producir su propia denominación de origen), la música de jazz aumenta de volumen conforme nos acercamos al gallinero, donde las aves de corral ponen huevos frescos y los polluelos disfrutan de la sombra. ARQUITECTURA NATURAL Desvanecida entre la naturaleza y adaptada a los riscos para generar el menor impacto posible en el entorno, la arquitectura del resort se inspira en una fusión del legado histórico-cultural de los pueblos originarios de Mesoamérica y el México contemporáneo; es un juego geométrico de piedra y agua que crea plataformas interconectadas desde el nivel de la playa, como en un templo precolombino. Los arquitectos mexicanos Mauricio Rocha y Víctor Legorreta (con su nueva firma Lego|Rocha y en colaboración con el paisajista Mario Schjetnan) concibieron una estructura que revela piscinas infinitas y restaurantes de alta cocina entre pasadizos y muros colosales labrados a mano que se pierden entre perspectivas. Así se llega a La Mansión, un espacio abierto en la cúspide que guarda el lobby y su mural wixárika para privilegiar las alturas y contemplar el mayor arte de Tamarindo: los atardeceres únicos en el Pacífico. Con un diseño de interiores a cargo de Ofelia Uribe y Erika Krayer (de Uribe Krayer), y Esterlina Campuzano y Alma Caballero (de Estudio Esterlina), la curaduría artesanal de Tamarindo se realizó en alianza con organizaciones como Taller Maya y Ensamble Artesano, con el objetivo de evitar el folclorismo y adquirir obras auténticas de las comunidades mexicanas (desde metalurgia, cerámica, talavera, mimbre y barro negro hasta pinturas en amate, textiles y mobiliario de madera recuperada) de sitios como Michoacán, Chiapas, Oaxaca, Puebla, Yucatán, Guerrero, Chihuahua, Estado de México y Sonora. JALISCO SUBMARINO El amanecer mar adentro es una mezcla de tonos escarlatas que poco a poco ilumina los 10 kilómetros de playas aisladas y solitarias en la reserva. A bordo de un barco adaptado para el turismo por la Cooperativa Pesquera de La Manzanilla, admiramos cómo penetran los haces de luz solar bajo un arco de roca, mientras las olas resoplan contra islotes donde anidan fragatas y alcatraces patiazules. Con la salida del sol, navegamos sobre un oleaje turbulento hasta hallar un espacio sereno para preparar el equipo de buceo y realizar la primera inmersión del día. Apenas nos sumergimos, una pared colosal que se precipita hasta las profundidades nos invita a escudriñar en busca de una diminuta y surreal criatura: nudibranquios. De solo un par de centímetros, los vibrantes y variados colores de estos moluscos psicodélicos –también llamados babosas de mar– advierten de su toxicidad, por lo que bucear se convierte en un reto durante este tour de macrofotografía a cargo de Alegre Scuba Republic. La policromía microscópica es cautivante cuando, con sorpresa, escucho que alguien grita mi nombre. Volteo en total desconcierto para ubicar a mis compañeros de buceo, pero me encuentro frente a frente con Ricardo Ayala, un pescador que acaba de arponear una barracuda a puro pulmón, unos 20 metros bajo el agua. Segundos después, el apneísta sube con tranquilidad hasta la superficie poblada de tortugas marinas, mantarrayas, delfines e incluso ballenas jorobadas en temporada invernal. Miembro de la cooperativa que aglomera a los pescadores artesanales de la región (con la que el mantiene una relación estrecha para brindar experiencias marinas auténticas de Costalegre), Ricardo sacrifica la captura con un método de pesca responsable que permite una selectividad precisa para no depredar los ejemplares reproductivos y juveniles de cada especie. Luego, con la barracuda inmóvil bajo el asiento, nos dirigimos a un segundo punto de buceo, donde otro pescador saluda desde su kayak mientras sostiene un pulpo en cada mano e intenta acomodar una colección de ostiones y almejas con los pies. Antes de emprender el regreso a la embarcación, la última inmersión revela corales, morenas, pargos, peces globo, cirujano y loro; pero el destino no es nuestro puerto de origen sino playa Tamarindo, a la que hay que llegar a nado tras despedirnos de los guías y tripulantes. En la arena, una mesa dispone bebidas, frutas y refrigerios para refrescarse y caminar al muelle donde espera el chef Nico, quien transformó la pesca del día en un manjar de ceviche y sashimi que degustamos con placidez frente a las olas. Todo sabe sublime, todo sabe a mar. Ya en Rancho Ortega, tras un desayuno elaborado por Nico y su equipo a base de huevos orgánicos, frijoles charros, tacos de pork belly recién salidos del horno de barro y café de olla, Félix Murillo –director general del resort– reúne al personal para dar unas palabras: “Este hotel lleva 10 años de construcción, hay que tener paciencia para ello. Mucho de lo que se ha invertido está en los fundamentos, en hacerlo bien y con las personas correctas. La pasión del equipo que compone este proyecto nos motiva a hacerlo por el país. Nuestro sueño es que la gente que nos visite se lleve a México en el corazón”.

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