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National Geographic (México) - 2021-06-01

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“¿Cómo empezó?”,

Mayas Y Menonitas

El último trabajo de la escritora Nina Strochlic en México fue acerca de un equipo de porristas transfronterizo. El trabajo de la fotógrafa Nadia Shira Cohen se centra en la injusticia social y temas ambientales, a menudo en América Latina.

se pregunta Everardo Chablé mientras se recarga en un banco de su sala y la luz del día se esfuma en el exterior. El único ruido en este pequeño pueblo mexicano en la península de Yucatán –sin señal de telefonía celular y baja electrificación– proviene de la música que su padre escucha a volumen alto en el patio. Everardo alza la voz. “El pueblo maya ha tenido una cultura apícola desde hace milenios. Luego vinieron los menonitas con maquinaria pesada y comenzaron a deforestar grandes extensiones del terreno donde se alimentan las abejas. Teníamos un bosque virgen, con ecosistemas muy delicados, con venados y tucanes, pero lo más importante, con abejas que mantienen la vida. Cuando comenzó la deforestación, destruyeron todo lo que tenía miles de años de existir”. Chablé, un apicultor de veintitantos años, describe así una disputa creciente que ha perturbado este rincón de la península. Desde los años treinta del siglo xx, los apicultores mayas han hecho de esta región, hogar de los templos de sus ancestros y del bosque tropical más grande de México, una zona productora de miel de clase mundial. Sin embargo, desde los ochenta han tenido que compartir la zona con otra comunidad: la de los menonitas de la Vieja Colonia. Estos menonitas, los miembros más conservadores de una religión aislacionista, hablan bajo alemán, el dialecto de sus ancestros del siglo xvi, y rechazan comodidades modernas como la electricidad, los teléfonos y los automóviles, aunque no rehúyen a la maquinaria para la agricultura industrial. Este grupo ha transformado grandes franjas del bosque yucateco en campos de cultivo. “En esta tierra, todas las plantas y animales originarios han desaparecido. Ahora hay especies diferentes –se lamenta Chablé–: soya transgénica”. Los apicultores afirman que la agricultura a gran escala que practican los menonitas –en especial la soya transgénica o genéticamente modificada (GM), y los pesticidas que se rocían para protegerla– acaba con sus colmenas y contamina su miel. En 2012 demandaron al gobierno y ganaron: la Suprema Corte de Justicia mexicana prohibió la siembra de soya transgénica hace cuatro años. Este triunfo, con características similares a la batalla de David contra Goliat, llegó hasta las noticias internacionales, pero en la práctica poco ha cambiado. “Si la agricultura continúa, perderemos nuestras abejas –reconoce Chablé–. En 20 años todo lo que vemos estará destruido”. EL PUEBLO TRANQUILO de Holpelchén es el epicentro de este conflicto. Aquí se encuentra el corazón agrícola y apícola del estado de Campeche; es el principal productor de soya GM de la península y el hogar de unos 8 000 apicultores, una tercera parte de toda la región. En cuanto termina el pueblo, las redes de telefonía celular se desvanecen y el tiempo retrocede un siglo. Durante el día, las plazas de los pequeños poblados mayas están vacías: sus habitantes se encuentran en las profundidades del bosque, donde trabajan sus parcelas tradicionales llamadas milpas, en las que cultivan maíz, frijol y calabaza. Muchos tienen colmenas cerca para polinizar las plantas. Al entrar a las colonias menonitas, los caminos se vuelven de terracería y el horizonte se aplana en campos de maíz y soya. Los tractores pasan estrepitosos entre las fincas de un piso. Hombres con la piel curtida por el sol y sombreros vaqueros manejan carretas a caballo desvencijadas mientras niños con gorras rebotan en la parte trasera. Los hombres saludan con dos dedos a los autos que pasan. En los años veinte del siglo pasado, 8000 menonitas llegaron al norte de México de Canadá; eran nativos de Europa occidental, Rusia y Ucrania. Desde el siglo xviii, este grupo conservador ha emigrado: huyen de las levas, de la educación pública obligatoria y, hasta hace poco, por tierras fértiles. En México tuvieron la libertad de aislarse. En los ochenta, algunos dejaron las tierras áridas de Chihuahua y se dirigieron a la península de Yucatán, donde abunda el agua. Compraron tierra a precios bajos incentivados por los gobiernos federal y estatal, quienes esperaban que se modernizaran. Hoy, más de 100 000 menonitas viven en colonias alrededor de México. A principios de 2007, el gobierno mexicano comenzó a fomentar la producción de soya en un intento por reducir su déficit comercial. Pocos años después permitió que el gigante agrícola Monsanto vendiera soya GM y autorizó su siembra en 60 000 hectáreas de la península de Yucatán, aunque el maíz transgénico aún es ilegal en México. Los menonitas aprovecharon esta oportunidad moderna. Hoy, cerca de 12 000 menonitas viven en 18 colonias en Campeche, donde controlan una gran cantidad de tierras cultivables. Evitan manejar autos, pero no tractores o cosechadoras. Tienen un dialecto singular, el bajo alemán, cuyas raíces provienen de la Prusia del siglo xvi. Muchos de los hombres también hablan español, pero pocas son las mujeres que conocen este idioma. Los menonitas producen 90% de la soya de la región. Por otra parte, la miel es la principal fuente de ingreso para miles de familias mayas. La península exporta cerca de 20 000 toneladas de miel al año, en especial a Estados Unidos y la Unión Europea. Al mismo tiempo que México aprobaba la soya GM, Europa anunció que los embarques de miel serían examinados para detectar indicios de organismos GM, etiquetarlos y, posiblemente, rechazarlos. Todo esto puso muy nerviosos a los apicultores. Luego, cuando comenzaron a observar los efectos en sus abejas, se pusieron furiosos. “TODAVÍA NO SE despiertan; las vamos a despertar”, dice Leydy Pech al entrar a un pequeño recinto en un bosque sombrío junto con un grupo de mujeres apicultoras. Un atril bajo de madera sostiene una hilera de troncos huecos, cada Esta historia fue patrocinada en parte por International Women’s Media Foundation. uno con un pequeño agujero por donde entran las abejas. Los troncos se serruchan uno por uno para dejar al descubierto un panal dorado. Los insectos vuelan en enjambre mientras Pech hace palanca de manera rápida para arrancar el panal, el cual transfiere a un tronco más grande donde puede seguir creciendo. Los apicultores mayas creen que estas abejas nativas, una especie sin aguijón llamada Melipona beecheii, son un enlace con el mundo espiritual y fueron un regalo de Ah Muzen Cab, el dios de las abejas y la miel. Estos insectos prosperan en el follaje denso que pronto desaparece en la península de Yucatán. Pech, una mujer pequeña de pelo corto, y su cooperativa de cinco mujeres se ocupan de 80 colmenas en el bosque; solían tener un centenar, recuerda, hasta que fumigaron las plantas cercanas. Los campos de cultivos con distintas cosechas de temporada (chile, maíz y soya) se extienden a lo largo del borde del bosque. Poco después de que se plantó soya transgénica en el estado, relata Jorge Pech, hermano de Leydy, él y otros apicultores vieron un descenso agudo en la producción de miel y un incremento en la muerte de abejas. El número de colmenas que se necesitan para producir una tonelada métrica de miel ha aumentado de 12, hace cerca de 20 años, a 45 en la actualidad, detalla. En 2012, la cooperativa de Pech y una coalición de apicultores demandaron a las dependencias gubernamentales que expidieron el permiso para la siembra de soya transgénica. Argumentaron que era ilegal, ya que no se consultó con las comunidades indígenas. Por las mismas fechas se levantaron más denuncias. Los apicultores alegaron que sus abejas viajan hasta siete kilómetros en busca de alimento y, que por esa misma razón, se exponen de manera inevitable a los pesticidas que rocían las avionetas piloteadas por menonitas. En 2012, un grupo de científicos recolectó diversas muestras de miel de Campeche y publicó un estudio que demostraba que estos insectos solían consumir grandes cantidades de polen de soya. Una investigación alemana descubrió que el glifosato, el poderoso herbicida con el que se protege la soya transgénica, afecta el sistema de navegación de las abejas europeas, una especie que los apicultores de la zona también crían. Los apicultores ganaron la demanda. Monsanto, que fue adquirido por Bayer, ha sido la única empresa con permiso para vender los frijoles de soya transgénicos en México. En 2015, la Suprema Corte de Justicia prohibió la venta de soya GM en tres estados, entre ellos Campeche. Monsanto declaró que se deshizo de todo su inventario de semillas transgénicas y detuvo su comercio en México. Según el Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (SENASICA), un estudio reciente de semillas de soya en el estado reveló que tan solo quedaban rastros de material GM. Sin embargo, los agricultores menonitas admiten que continúan plantando soya transgénica en Campeche y que la rocían con glifosato desde el cielo y en la tierra. “Legalmente hablando, las cosas marchaban bien, pero la realidad es muy diferente –reconoce Naayeli Ramírez Espinosa, abogada defensora de los derechos indígenas que trabajó para el caso de los apicultores–. Sabemos que todavía plantan y cosechan soya genéticamente modificada en esta zona. Las autoridades carecen de la capacidad para resolver estos problemas. Las semillas ya están por todos lados”. ADOS HORAS DE Holpechén viven cerca de 1 500 menonitas en un conjunto de comunidades que conforman la colonia Nuevo Durango. En la casa de un piso de Heinrich Dyck, vaquero larguirucho y uno de los dos gobernadores de la colonia, sale de su casa acompañado por sus ocho hijos. Rodeado de un halo de insectos escandalosos, jala una silla al patio y describe las instalaciones de la colonia. En 2016, recuerda Dyck, los visitaron algunos funcionarios de gobierno para anunciarles la prohibición de la siembra de soya transgénica. “Nos dijeron que las abejas se estaban muriendo por los líquidos que usamos”, acota. Según Dyck, la mayoría de los agricultores de Nuevo Durango respetaron la prohibición. Sin embargo, cuando el gobierno verificó los campos en 2017, no se multó a los agricultores por las pequeñas cantidades de granos transgénicos que, de cualquier manera, continuaron plantando. Por ese motivo, al año siguiente sembraron la mayoría de sus 1 300 hectáreas con semillas GM. En la actualidad siembran cerca de 1 800 hectáreas. NATIONAL GEOGRAPHIC EN EL SENTIDO DE LAS MANECILLAS DEL RELOJ: Belén Madero Tuyub, de 10 años, escucha un servicio dominical vespertino en Xmabén, Campeche. Su padre, Hugo Eugenio Madero, es uno de los apicultores cuya producción de miel ha disminuido. Anna Ham limpia la cabeza de un cerdo en El Temporal, una colonia menonita. Su familia le da la cabeza y vísceras del cerdo a sus empleados mexicanos. El apicultor Carlos Francisco Balán Mex juega con su nieto en Tinún. Incapaz de obtener ingresos suficientes con la miel, comenzó a conducir un autobús. Un agricultor menonita camina frente a la iglesia en Nuevo Durango. Los menonitas miembros de la Vieja Colonia, un grupo conservador, reciben una educación principalmente religiosa. Las semillas ennegrecidas y los campos libres de hierbas a lo largo de la colonia son señal del glifosato, que elimina todo menos las plantas de soya, ya que están diseñadas para resistirlo. Más temprano, ese mismo día, mientras una máquina cosechadora se alimentaba de tallos de soya, un agricultor menonita que esperaba en la sombra comentó que, en los cuatro meses previos, había rociado sus nueve hectáreas de soya cuatro veces, cada una con 27 litros de glifosato. El tema de la soya transgénica no está en las mentes de los granjeros de Nuevo Durango. Aunque aseguran que no tienen conflicto con los apicultores mayas, no creen en los reclamos de que el glifosato daña las abejas; algunos tienen sus propios enjambres y aseguran que sus colmenas no han sufrido. El problema principal de la comunidad, plantea Dyck, es la necesidad de adquirir más tierra para que las nuevas generaciones planten y sostengan a sus familias. En fechas recientes, la colonia obtuvo más de 4 000 hectáreas al unirse al consejo tradicional de terratenientes (el consejo ejidal) en Xmabén, un pueblo vecino. Con ello, las tierras de los menonitas aumentaron más de 50 % y les brinda espacio suficiente para cuatro campos nuevos, dice Dyck. En Campeche, el bosque se convierte en tierra cultivable. A principios de este siglo, cerca de 80 % del estado era boscoso y casi la mitad eran selvas vírgenes. Según el sitio web de monitoreo Global Forest Watch, desde 2002 Campeche ha perdido cerca de 213 000 hectáreas –casi 10 %– de bosque primario y 779 000 hectáreas de bosque en total. Este ritmo de deforestación ha puesto a México entre las 10 naciones con mayor pérdida de bosque primigenio en el mundo. Los gobiernos de los tres estados que forman la península de Yucatán prometieron terminar con la deforestación y comenzar a restaurar los bosques en 2030. Sin embargo, esto no se encuentra dentro de los planes de los menonitas. LAS COMUNIDADES menonitas de la Vieja Colonia son extremadamente aislacionistas, sin algún órgano de gobierno que se relacione con el exterior de la colonia. Bonnie Klassen, quien supervisa los esfuerzos humanitarios y desarrollo comunitario en América Latina para el Comité Central Menonita (CCM), manejado por miembros modernos de la religión, comenta que la mayoría de los menonitas de la Vieja Colonia cuentan con cinco o seis años de una educación centrada en la religión más que en la ciencia. En Bolivia el CCM ha mediado en los conflictos territoriales y en temas de deforestación entre los indígenas y los menonitas de la Vieja Colonia. Klassen cree que los menonitas se sujetarán a la ley cuando se haga cumplir. “Si vives en un país donde las leyes no se implementan, le das prioridad a las que sí”, reconoce. El gobierno mexicano no está imponiendo la prohibición de la soya GM. No queda claro de dónde provienen las semillas transgénicas: Monsanto, hoy Bayer, indica que no está involucrado; aunque la empresa declaró que tratará de obtener un nuevo permiso para su soya transgénica. “Entonces buscaremos un acuerdo con las comunidades mayas –declara Rodrigo Ojeda, un abogado de Bayer–. Creemos que hay alternativas para que la soya transgénica pueda coexistir con la producción de miel de los apicultores locales”. Pero en Campeche, la relación entre menonitas y mayas es más complicada. Existen muchas familias mayas que dependen de la apicultura y también, aunque sea de manera indirecta, del tipo de agricultura que aseguran daña a sus abejas. Cada uno de los 200 terratenientes de Xmabén que decidieron transferir tierras ejidales a los menonitas recibió cerca de 10 000 dólares, según un apicultor con familiares que participaron en la venta. Los apicultores expresan su admiración por la ética laboral y la visión de negocios de esta comunidad. Edi Alimi Sánchez representa esa relación compleja. Apicultor de toda la vida, describe una situación común en Komchén, su comunidad: por más de 10 años, él rentó sus tierras a menonitas, al igual que la mayoría de sus vecinos. Los menonitas plantaron cultivos transgénicos a unos 18 metros de sus colmenas. Sánchez no los corrió porque, de haberlo hecho, no habría podido costear la maquinaria y los trabajadores para cosechar sus propias tierras. Con el paso del tiempo, Alimi Sánchez ha perdido la mayoría de sus colmenas y sabe que no hay manera de detener la siembra de transgénicos. “No podemos hacer nada”. Sin embargo, no considera a los menonitas sus enemigos. “Son buenas personas –admite–. Es solo que destruyen la naturaleza”.

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