Publication:

National Geographic (México) - 2021-06-01

Data:

EL TÚNEL BAJO EL ANFITEATRO ROMANO

Gladiadores

en Arlés, Francia, es oscuro y fresco. La sombra es un alivio ante el sol abrasador del Mediterráneo que azota la arena del anfiteatro. Sin embargo, el casco que acabo de ponerme es sofocante. Es una réplica de la protección para la cabeza que llevaba un gladiador romano hace casi 2 000 años. Abollado y raspado, pesa unos seis kilos, tres veces más que un casco de futbol americano, y es mucho menos cómodo. Tiene un olor metálico intenso, como si hubiera metido la cabeza en un centavo sudoroso. A través de la rejilla de bronce que cubre mis ojos puedo distinguir a un par de hombres en taparrabos que se preparan para una pelea. Los protectores metálicos de sus brazos tintinean mientras uno de ellos se balancea sobre sus pies, con una espada corta y curvada en una mano enguantada de cuero. Mientras me muevo incómodo, su compañero levanta su espada y se ofrece a golpearme en la cabeza para demostrar la solidez del casco. Me encojo. Lo que sea por un reportaje, ¿cierto? Entonces interviene su entrenador, un francés bronceado y enjuto llamado Brice Lopez. “No está entrenado para eso –lo reprende con brusquedad–. No tiene los músculos necesarios. Le romperías el cuello”. Expolicía francés y entrenador de combate con cinta negra en jiu-jitsu, Lopez sabe cómo es una pelea de verdad. Hace 27 años se interesó por los estilos de lucha antiguos. Después de encargar réplicas funcionales de armas y armaduras de gladiadores, pasó años pensando cómo se utilizarían en Arlés, Francia, es oscuro y fresco. La sombra es un alivio ante el sol abrasador del Mediterráneo que azota la arena del anfiteatro. Sin embargo, el casco que acabo de ponerme es sofocante. Es una réplica de la protección para la cabeza que llevaba un gladiador romano hace casi 2 000 años. Abollado y raspado, pesa unos seis kilos, tres veces más que un casco de futbol americano, y es mucho menos cómodo. Tiene un olor metálico intenso, como si hubiera metido la cabeza en un centavo sudoroso. A través de la rejilla de bronce que cubre mis ojos puedo distinguir a un par de hombres en taparrabos que se preparan para una pelea. Los protectores metálicos de sus brazos tintinean mientras uno de ellos se balancea sobre sus pies, con una espada corta y curvada en una mano enguantada de cuero. Mientras me muevo incómodo, su compañero levanta su espada y se ofrece a golpearme en la cabeza para demostrar la solidez del casco. Me encojo. Lo que sea por un reportaje, ¿cierto? Entonces interviene su entrenador, un francés bronceado y enjuto llamado Brice Lopez. “No está entrenado para eso –lo reprende con brusquedad–. No tiene los músculos necesarios. Le romperías el cuello”. Expolicía francés y entrenador de combate con cinta negra en jiu-jitsu, Lopez sabe cómo es una pelea de verdad. Hace 27 años se interesó por los estilos de lucha antiguos. Después de encargar réplicas funcionales de armas y armaduras de gladiadores, pasó años pensando cómo se utilizarían en un combate a muerte, como los que se representan en innumerables cintas y libros sobre gladiadores. Pero mientras más estudiaba el armamento y las armaduras de los gladiadores, menos sentido tenía. Cargados con escudos, protectores metálicos para brazos y piernas, y pesados cascos de bronce de cobertura total, muchos gladiadores llevaban a la arena casi tanto equipo de protección como el que usaban los soldados romanos en la guerra. Sin embargo, sus espadas solían medir unos 30 centímetros, apenas más grandes que un cuchillo de cocina. “¿Por qué –pregunta Lopez– llevarías 20 kilos de equipo de protección a una pelea con cuchillos?”. Su conclusión: los gladiadores no trataban de matarse entre sí, sino de mantenerse con vida. Pasaban años de entrenamiento para montar combates vistosos, la mayoría de los cuales no terminaban en muerte. “Es una competencia real, pero no una pelea real”, comenta Lopez, que ahora dirige una compañía de investigación y recreación de gladiadores llamada ACTA. “No hay coreografía, pero sí buena intención: no eres mi adversario, eres mi compañero. Juntos tenemos que hacer el mejor espectáculo posible”. En los últimos 20 años, los investigadores han desenterrado evidencias que respaldan algunas ideas de Lopez sobre el combate entre gladiadores y desafían la percepción popular sobre estos espectáculos antiguos. Algunos participantes eran criminales o prisioneros de guerra condenados a combatir como castigo, pero la mayoría eran luchadores profesionales: boxeadores, practicantes de artes marciales mixtas o jugadores de futbol americano de su época. Algunos tenían familias que los esperaban afuera de la arena. Ser gladiador podía ser lucrativo y a veces era una opción profesional, según sugieren algunas fuentes literarias. Sus valientes actuaciones en la arena podían convertirlos en héroes populares e incluso hacer que los prisioneros obtuvieran su libertad. Los gladiadores probablemente pasaban la mayor parte de su tiempo entrenando o en competencias de exhibición. Quizá lo más sorprendente es que la mayoría de los combates no terminaban en muerte: de cada 10 gladiadores que entraban en la arena, es posible que nueve vivieran para luchar un día más. CAPÍTULO II POMPEYA, ITALIA DURANTE CASI 600 AÑOS, los romanos se entusiasmaron con las peleas de gladiadores. Eran uno de los temas favoritos de los artistas del imperio: se recreaban en mosaicos, frescos, relieves de mármol, cristalería, artículos de arcilla y adornos de bronce hallados en todo el mundo romano. Casi todas las ciudades y poblados importantes tenían su propia arena, con al menos 300 documentadas desde Gran Bretaña hasta los desiertos de Jordania. Estas competencias antiguas también ejercen una atracción irresistible en la imaginación moderna. Gracias a las innumerables y a menudo erróneas representaciones en el cine y la literatura, los gladiadores son uno de los elementos más conocidos –y malinterpretados– de la cultura romana. Esto se debe a que los escritores romanos dedicaron muy poco tiempo a discutir los detalles de los juegos de gladiadores, probablemente porque les eran muy familiares (¿con qué frecuencia escribes a tus amigos qué es un hit en el béisbol o cuántos jugadores hay en un equipo de futbol?). Para reconstruir la verdadera historia de la arena, los arqueólogos e historiadores tienen que hallar pistas en el arte, en las excavaciones y al leer textos antiguos entre líneas. Al igual que muchas otras cosas de la antigua Roma, algunas de las evidencias mejor conservadas de los gladiadores provienen de Pompeya, al sur de la actual Nápoles, en Italia. Pompeya, que en su momento fue una ciudad próspera, quedó sepultada repentinamente por una erupción volcánica en 79 d. C. Al caminar por las calles de la urbe, tan conservadas que inquietan, los visitantes observan vestigios de los juegos de gladiadores por doquier. Ahí está el anfiteatro, con capacidad para 22 000 personas y situado en la parte oriental de la ciudad, con el imponente monte Vesubio visible desde las filas superiores de asientos. En el centro de Pompeya, anuncios descoloridos promueven los próximos eventos. Los mosaicos y los frescos conservan los mejores momentos de algunos combates pasados. Afuera del teatro de la localidad, me agacho para contemplar dibujos muy burdos de unos luchadores grabados en yeso rojo, a la altura de los ojos de un niño. En 1766, cerca de la metrópoli, los primeros excavadores descubrieron un sitio con una gran cantidad de armaduras que se había convertido en un centro de entrenamiento y residencia para los luchadores después de que un terremoto dañara la escuela local de gladiadores. Parece justo suponer que, incluso sus sesiones de entrenamiento, atraían multitudes. “Eran como estrellas de rock sensuales”, afirma Katherine Welch, historiadora del arte de la Universidad de Nueva York. Tomemos como ejemplo el tracio Celadus, un prometedor recién llegado a Pompeya con tres victorias bajo el casco que era “el suspiro de las chicas”, según un grafito de admiración, o a su compatriota Crescens, portador de un tridente, “cazador nocturno de jovencitas”. Incluso después de tres siglos de excavaciones, los arqueólogos aún descubren evidencias nuevas en Pompeya. En 2019, en un callejón estrecho del lado norte de la ciudad, hallaron un fresco de dos gladiadores pintados en la pared de una pequeña taberna con lo que parecen dos penachos de avestruz que adornaban sus cascos de bronce. Alain Genot, arqueólogo del Museo de la Antigüedad de Arlés, indica que incluye detalles sin precedentes: uno de los combatientes lleva pantalones bajo los protectores de las piernas. Las heridas sangrientas en los cuerpos de ambos demuestran que la lucha tuvo consecuencias. Sin embargo, hay un claro perdedor: uno de los combatientes, que sangra por un corte en su pecho desnudo y parece estar doblado de dolor, dejó caer su escudo y levantó su dedo índice. Este gesto, que se repite en muchas representaciones de gladiadores, es el equivalente antiguo de rendirse en un combate. Otras obras de arte en el entorno romano sugieren que un conjunto de ayudantes y acompañantes solían esperar entre bastidores, o incluso compartían la arena. Los músicos animaban al público mientras los gladiadores ocupaban sus lugares y tal vez añadían un toque dramático durante los combates. Los cascos y las armas se llevaban hasta la arena mediante un desfile previo encabezado por el editor, organizador o patrocinador de los juegos. Los árbitros eran las figuras clave, responsables de imponer un estricto sentido de juego limpio. En una representación plasmada en una pequeña vasija hallada en Países Bajos, un árbitro levanta su báculo para detener una pelea mientras un asistente corre con una espada de repuesto. “No pierdes el combate porque pierdas tu arma –asegura Genot–. Cuando te imaginas las peleas de gladiadores como un evento deportivo, no se puede pensar que no tenga reglas”. Lo más importante es que las inscripciones que prometen “peleas sin tregua” –es decir, hasta la muerte– y “peleas con armas afiladas” sugieren que los enfrentamientos con peligro de muerte resultaban tan inusuales que merecían una mención especial. Y como en todo evento deportivo, había estadísticas suficientes como para que los aficionados se obsesionaran con ellas. En todo el mundo romano, las victorias, las derrotas y los empates de los gladiadores están inscritos en las paredes y cincelados en las lápidas. Los resultados de muchos combates jamás se sabrán, pero imaginemos el nudo en el estómago de Valerio –que según un grafito de Pompeya sobrevivió 25 combates– cuando se enfrentó a Viriotas, un veterano de 150. Los gladiadores eran algo más que mero entretenimiento. Los relatos literarios dejan claro que al luchar –y a veces morir– con valentía, reforzaban los conceptos romanos de hombría y virtud (excepto, claro está, por el reciario, cuya táctica y ataques con tridente a larga distancia lo convirtieron en el malo oficial de la arena). “Los gladiadores, ya sean hombres arruinados o bárbaros, ¡qué heridas soportan! –escribió el orador romano Cicerón hacia 50 a. C.–. Cuando los condenados pelean con espadas, no puede haber un entrenamiento más recio para la vista contra el dolor y la muerte”. En 150 d. C., el costo de las peleas de gladiadores se salió de control, así que el emperador romano Marco Aurelio estableció un límite de precios. Su decreto se conserva en una placa de bronce (izq.) que se pudo haber colgado fuera de un anfiteatro cerca de Sevilla, España. Gran cantidad de armaduras y armas de gladiadores descubiertas en Pompeya en 1766 incluyen cascos que cubrían la cara y espadas cortas (sup.), así como protectores de piernas y escudos con decorados muy elaborados (arriba). Este equipo de protección ayudaba a prevenir heridas mortales y garantizar los emocionantes combates que tanto les gustaban a los espectadores romanos. Algunos especialistas creen que esta figura de bronce (izq.) representa una gladiadora victoriosa; otros no están de acuerdo. “Ningún gladiador se representa con tan poca ropa protectora”, asegura Kathleen Coleman de la Universidad de Harvard. Los gladiadores eran uno de los temas predilectos para los artistas romanos. Una estatuilla musculosa (sup., izq.) mide apenas 20 centímetros. Las armaduras de Pompeya están decoradas con figuras mitológicas (sup., der.) y un grifo (arriba). Las fantasiosas campanas de tintinábulo (arriba a la izq.), descubiertas en Herculano, muestran a un gladiador que combate con su propio pene transformado en una bestia salvaje. AUNQUE ERAN ADORADOS por muchos aficionados, los gladiadores ocupaban el último peldaño en la rígida sociedad jerárquica de la antigua Roma junto con las prostitutas, los proxenetas y los actores. Según la ley, los gladiadores eran considerados propiedad, no personas. Se les podía matar a capricho de quien pagaba la pelea. “Eso es fundamental para entender cómo los romanos podían sentarse en las gradas y ver lo que ocurría”, explica Kathleen Coleman, clasicista de la Universidad de Harvard. En los inicios de las luchas de gladiadores –que probablemente se escenificaban como parte de los rituales funerarios desde 300 a. C.–, los combatientes podrían haber sido prisioneros de guerra o criminales convictos. Sin embargo, a medida que los juegos se convirtieron en una característica central de la vida en todo el imperio durante el siglo i a. C., se volvieron más organizados y las expectativas del público aumentaron. Surgieron docenas de escuelas de gladiadores para satisfacer la demanda de combatientes voluntarios bien entrenados. Como los ciudadanos romanos no podían ser ejecutados sin un juicio, algunos aspirantes a luchadores podían renunciar a sus derechos y convertirse en esclavos como una estrategia de alto riesgo para pagar deudas o escapar de la pobreza. Otros eran criminales condenados a servir como gladiadores, un castigo menos severo que la ejecución, ya que existía la posibilidad de algún día ser liberado. Algunos expertos piensan que los gladiadores rara vez estuvieron encadenados o usaron grilletes. A pesar de su bajo estatus en la sociedad, los luchadores exitosos podían ganar mucho dinero. Algunos incluso pudieron haber tenido un segundo empleo como guardaespaldas de los mecenas acaudalados. “Cumple tu condena –sentencia la historiadora francesa Méryl Ducros– y cuando termine puedes tomar tu dinero, tu mujer e hijos, y volver a tu vida”. Las lápidas –a menudo encargadas por compañeros de lucha o por seres queridos– sugieren que muchos gladiadores eran hombres de familia. “Pompeyo el reciario, ganador de nueve coronas, nacido en Viena, de 25 años –reza un monumento de este tipo que fue excavado en Francia–. Su esposa pagó esto con su propio dinero para su maravilloso esposo”. CAPÍTULO III CARNUNTUM, AUSTRIA LOS COMBATIENTES necesitaban formación especializada. Un descubrimiento realizado hace unos años en Carnuntum, un antiguo sitio romano en Austria, muestra dónde la obtenían. Un día ventoso de inicios de primavera, Eduard Pollhammer, director científico de Carnuntum, me lleva al centro de un campo de cultivo recién sembrado a orillas del río Danubio, 40 kilómetros al este de Viena. Las pesadas nubes grises empiezan a soltar una lluvia fría que me recuerda lo lejos que nos encontramos de las soleadas ruinas de Pompeya y Arlés. En invierno, las temperaturas caen por debajo del punto de congelación y los campos de trigo se cubren de nieve, pero incluso aquí, en lo que era el límite del imperio, el apetito romano por los espectáculos de gladiadores era tal que Carnuntum se preciaba de tener dos anfiteatros: uno para sus miles de soldados en activo y otro para entretener a los civiles de la bulliciosa ciudad vecina. Alrededor de 200 d. C., las colinas ondulantes de este lugar albergaban una de las mayores bases militares de la frontera romana, explica Pollhammer. Más de 7 000 soldados apostados aquí patrullaban la frontera norte del imperio. Carnuntum es tan grande que, tras más de 150 años de excavaciones, solo se ha descubierto 15 % de sus 10 kilómetros cuadrados. Hace 20 años, preocupados porque el arado intenso destruyera partes no descubiertas del sitio, los arqueólogos utilizaron el radar de penetración terrestre para intentar cartografiar los restos enterrados de los edificios. Entre las murallas de la ciudad y los cimientos ocultos del anfiteatro municipal, los investigadores encontraron el contorno de todo un barrio construido para servir a los aficionados que incluía tabernas, tiendas de recuerdos e incluso una panadería donde los espectadores podían ir por un bocado antes de ocupar sus asientos. Los arqueólogos informaron algo especial en 2010: una escuela de gladiadores, o ludus, cerca de las ruinas del anfiteatro de Carnuntum. Gracias a los relatos romanos, apunta Pollhammer, sabemos que debieron haber docenas de escuelas como esta en todo el imperio. Los emperadores y dignatarios locales las financiaban y a menudo eran dirigidas por entrenadores llamados lanistae, algunos de los cuales fueron gladiadores. Había al menos cuatro escuelas en el centro de Roma, parte de un complejo de entrenamiento a la sombra del Coliseo, pero la tierra bajo nuestros pies esconde un primer ejemplo completo nunca visto. Los investigadores identificaron una gran sala con un suelo elevado que podía templarse con aire caliente desde abajo. Es posible que se utilizara como gimnasio en los fríos inviernos austriacos. A lo largo del borde de un patio abierto hay una sección del edificio en forma de L con habitaciones o celdas. Los muros gruesos son señal de que algunas partes del complejo tenían dos niveles. Incluso había baños con tuberías, lavabos y piscinas calientes y frías. Al centro de todo había una arena de entrenamiento circular de 19 metros de ancho. “Creemos que aquí vivían unos 70 o 75 gladiadores –calcula Pollhammer–. Hay toda una infraestructura para espectáculos grandes”. CAPÍTULO IV ROMA, ITALIA ¿QUÉ HIZO QUE LOS ROMANOS dedicaran tantos recursos a los gladiadores? ¿Qué hacía que los aficionados volvieran, año tras año, durante casi seis siglos? Las excavaciones recientes en el Coliseo de Roma ofrecen pistas. Bajo el suelo de la arena hay un enorme espacio subterráneo que se extiende unos seis metros por debajo del nivel del piso. Hoy día, los visitantes pueden recorrer parte del laberinto de columnas, escaleras de ladrillo desmoronadas y cámaras sombrías. Durante un gran esfuerzo de restauración que comenzó en 2000, el investigador del Instituto Arqueológico Alemán Heinz Beste pasó cuatro años documentando el trabajo en piedra bajo la arena. Reveló los rastros de un ingenioso sistema de plataformas, ascensores, cabrestantes y rampas atendido por cientos de tramoyistas y adiestradores de animales. Mediante docenas de trampillas en el suelo de la arena, los adiestradores podían soltar a los animales para realizar cacerías escenificadas llamadas venationes, que solían servir de aperitivo para los combates de gladiadores. Las elaboradas escotillas, decoradas y pintadas, se levantaban desde el suelo y los ascensores podían hacer surgir a los gladiadores directamente en la arena. “Los espectadores no sabían qué iba a abrirse, ni dónde, o cuándo”, comenta Beste. El sistema, que ya se encontraba en una escala más simple en docenas de anfiteatros provinciales de todo el imperio, representaba el atractivo de los juegos. Desde las cacerías de animales hasta las luchas de gladiadores, todo estaba calculado para mantener a los aficionados al borde de sus asientos de piedra. El suspenso, no la brutalidad, era el alma de los juegos. Para garantizar que los combates fueran emocionantes, los estilos de lucha estaban cuidadosamente equilibrados. Un combatiente ágil y casi desnudo armado solo con una red, un tridente y un pequeño cuchillo podía enfrentarse a un guerrero voluminoso con 20 kilogramos de equipo de protección. La escasa aparición de mujeres con espada registrada en relatos históricos y en unas pocas esculturas de piedra que se conservan debió ser emocionante para los romanos, quienes pensaban que las mujeres debían estar en casa. Los gladiadores experimentados se enfrentaban a otros veteranos y dejaban que los nuevos lucharan entre sí. Cuanto más larga su carrera, mejores eran sus posibilidades de supervivencia, ya que cada gladiador veterano representaba años de inversión. “Existen horas y años-hombre en todos los movimientos de esgrima, en el desarrollo de la musculatura, en el entrenamiento de velocidad, fuerza y resistencia –asegura Jon Coulston, arqueólogo de la Universidad de St. Andrews–.

Images:

Categories:

Televisa

© PressReader. All rights reserved.