La erupción del volcán Tonga pudo calentar la superficie de la Tierra

2023-03-01T08:00:00.0000000Z

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Editorial Televisa

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Científicos de la compañía británica Deepmind, adquirida por Google en 2014, están educando a un ordenador para que piense como un bebé. El equipo ha presentado una inteligencia artificial que puede aprender las reglas básicas del mundo físico de manera similar a como lo hace un bebé de unos cinco meses. El sistema, llamado PLATO, combina el aprendizaje profundo con las reglas de la física intuitiva, que es el conocimiento de sentido común que usamos para entender cómo se comportan los objetos. Esto parece de pura lógica, pero no lo es tanto para las máquinas. Luis Piloto y sus colegas de Deepmind se inspiraron en cómo aprenden los bebés, cómo captan la solidez y la continuidad de los objetos. PLATO adopta la tesis de que los objetos tienen un papel central en la representación y predicción del mundo físico que nos rodea. La IA no suele competir en física intuitiva con humanos; lograr que trabaje en ella y la entienda es sorprendente. Según explican los autores en Nature Human Behavior, entrenaron a PLATO mostrándole, por ejemplo, videos de escenas simples, como pelotas cayendo al suelo. Al igual que un niño pequeño, PLATO se sorprendió cuando observó algo que no tenía sentido. Los resultados sugieren que la experiencia con animaciones visuales es una contribución importante al proceso de aprendizaje, pero también requiere cierto conocimiento incorporado. Los autores concluyen que PLATO podría ofrecer una poderosa herramienta para investigar cómo aprenden los humanos la física intuitiva, y podría ayudar a construir mejores modelos de computadora que simulen la mente humana. La enorme cantidad de vapor arrojada por la erupción del volcán Hunga Tonga-hunga Ha’apai, en el Pacífico Sur, el 15 de enero de 2022, tendrá efectos en la atmósfera al menos durante cinco años. Según los expertos, esto ocurre a causa de los 146,000 millones de litros de vapor de agua que expulsó y que podrían ser suficientes para calentar temporalmente la superficie de la Tierra. La erupción produjo un tsunami que provocó un estallido sónico que dio la vuelta al mundo dos veces. El vapor de agua expulsado, que es un gas de efecto invernadero, se distribuyó en muchas capas de la atmósfera. La columna de vapor arrojado a la estratosfera sería suficiente para llenar más de 58,000 piscinas olímpicas. En un estudio publicado en Geophysical Research Letters varios expertos de la NASA estimaron que el Tonga envió alrededor de 146 teragramos de vapor de agua a la estratosfera, un equivalente al 10% del agua ya presente en esa capa de la atmósfera. En los años que la NASA ha estado midiendo este tipo de fenómenos, únicamente otras dos erupciones –la de Kasatochi de 2008 en Alaska y la del volcán Calbuco en Chile en 2015– lanzaron cantidades de vapor considerables a altitudes tan altas como en este caso; de hecho, el vapor de agua que los científicos estiman que elevó a la atmósfera el volcán Pinatubo de Filipinas en 1991 fue cuatro veces menor que la del Tonga. El problema es que todo este vapor de agua podría influir en la química atmosférica, impulsando reacciones químicas que empeorarían la capa de ozono (la expulsión de gases, polvo y cenizas reflejan la luz solar hacia el espacio y frenan la radiación incidente) e influyen sobre la temperatura global de la Tierra. Es decir, las enormes cantidades de vapor de agua del Tonga crearían un velo que incrementa el efecto invernadero causado por otros gases de nuestra atmósfera.

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