Mitos y leyendas

En el juego de tronos de la mitología grecorromana, el hijo de Urano y progenitor de Zeus recurrió a los métodos más sanguinarios para entronizarse como deidad suprema.

Por Luis Felipe Brice

2023-01-01T08:00:00.0000000Z

2023-01-01T08:00:00.0000000Z

Editorial Televisa

https://editorialtelevisa.pressreader.com/article/281651079163400

MITOS Y LEYENDAS

Cronos: el dios griego que devoró a sus propios hijos. De visita en el Museo del Prado, en Madrid, España, uno de los cuadros más impactantes que pueden verse ahí es Saturno, pintado por Francisco de Goya entre 1820 y 1823. Se trata de la espeluznante visión del artista español acerca del acto cometido por la deidad contra sus vástagos. Cabe recordar que Saturno es el nombre que en la Antigua Roma le dieron al sanguinario Cronos de la mitología griega. Los padres de Cronos eran Gea y Urano, dioses primigenios de la Tierra y el Cielo, respectivamente. Como hermanos tenía a los fortachones titanes Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto y Océano; a las bellas titánides Febe, Mnemósine, Rea, Tea, Temis y Tetis; a los monstruosos cíclopes Arges, Brontes y Estéropes (con un solo ojo en la frente), y a los no menos horripilantes hecatónquiros Coto, Briareo y Giges (con 100 brazos y 50 cabezas). Cada uno de ellos era tan gigantesco y poderoso que Urano temía que alguno lo destronara. Por ello, al nacer y sin excepción, los arrojaba al Tártaro, un oscuro lugar en las profundidades de la Tierra ubicado por debajo de Hades, el inframundo. Harta de ver a sus retoños desaparecer por un abismo a manos de su propio padre, Gea descendió al Tártaro para convencerlos de urdir un plan para vengarse y derrocar a Urano. Sin embargo, sólo encontró respuesta afirmativa en el más joven de ellos, Cronos. La maquinación de la diosa consistió en entregarle al más valiente de sus hijos una guadaña para que castrara a su progenitor mientras dormía, luego de yacer con ella. De la sangre emanada de la mutilación, unas gotas cayeron sobre la Madre Tierra, haciendo surgir a las vengativas Furias y a los Gigantes, y otras se vertieron en el mar, dando nacimiento a la diosa del amor y la belleza, Afrodita. Con la maldición a cuestas Enfurecido por el ultraje cometido en su contra por el menor de sus hijos, Urano le advirtió que a él también uno de sus propios descendientes lo derrocaría. Con esa maldición a cuestas, Cronos se entronizó como la deidad suprema y rescató a sus hermanos y hermanas del Tártaro. De inmediato se unió en matrimonio a Rea y compartió el poder sobre el mundo con el resto de los titanes y titánides, quienes se casaron entre ellos conformando la siguiente generación. Fue así como, en medio de la paz y la prosperidad de la denominada Edad de Oro, Océano, quien dominaba los mares, contrajo nupcias con su hermana Tetis, que regía los ríos, procreando a las oceánides, entre ellas Metis y Clímene. Esta última a su vez se casó con su tío Jápeto, engendrando a Menecio, Atlas, Epimeteo y Prometeo. Por su parte, Hiperión (señor del Sol) se unió a Tea (fuente de la luz), concibiendo a Eos, Helio y Selene; mientras que del matrimonio de Ceo y Febe nacieron Leto y Asteria. Mención aparte merece la descendencia de Cronos y Rea, pues el supremo dios temía que se cumpliera la maldición de Urano acerca de que uno de sus hijos lo destronaría. Para no correr el riesgo, conforme nacían, los devoraba en el acto. Así lo hizo con Deméter, Hades, Hera, Hestia y Poseidón ante el horror, la impotencia y los inútiles ruegos de su mujer para que no lo hiciera. Al sexto embarazo, Rea decidió salvar al recién nacido mediante una artimaña: envolvió una piedra en pañales y se la dio a su marido para que la engullera, haciéndole creer que era el neonato, a quien puso por nombre Zeus. La victoria del orden Convencida de que le era imposible criar ella misma al pequeño, la reina titánide les confió su cuidado a las ninfas Adrastea e Ida, quienes lo escondieron en una cueva donde creció, entre pastores, amamantado por la cabra Amaltea. Para evitar que Cronos descubriera la existencia del chiquillo al escuchar su llanto, los Curetes, guerreros al servicio de Rea, hacían mucho ruido con sus armas, mientras proferían gritos y entonaban cánticos bélicos a todo pulmón. Una vez llegado a su edad adulta, Zeus cumplió la profecía de su abuelo Urano: con el respaldo de la abuela Gea y la complicidad de Rea y Metis, lo hizo beber una pócima de la oceánide que le hizo vomitar la piedra y a cada uno de los celestiales hijos que se había zampado. Tras destronar a su padre, Zeus se alzó como nuevo rey de dioses y mortales, instalando la sede de su poder en el monte Olimpo y compartiendo el dominio del mundo con sus hermanos y hermanas, como lo había hecho en su momento Cronos. Este último, luego de una cruenta guerra entre las flamantes deidades (encabezadas por Zeus, Hades y Poseidón, con la ayuda de hecatónquiros y cíclopes) y los titanes, fue recluido junto con estos en el Tártaro. De acuerdo con el análisis de M.R. Padilla en Dioses mitológicos, “con la victoria de Zeus se afirma su poder con el dominio del mundo y se cierra el ciclo de las divinidades poderosas y las fuerzas desordenadas que, como Cronos, todo lo destruyen y corrompen. Para el hombre griego, Cronos corrompía a los hombres y animales (como cadáveres). Para los filósofos, este triunfo simboliza la victoria del orden y la razón sobre los instintos y las pasiones”.

es-mx