Nazis y la obediencia ciega

Por David Cuadrado

2023-01-01T08:00:00.0000000Z

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Editorial Televisa

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PSICOLOGÍA

Un experimento demostró que el ser humano puede cometer atrocidades sólo por seguir órdenes. En 1961, a raíz del juicio al nazi Adolf Eichmann, el psicólogo Stanley Milgram, profesor en Yale, comenzó a cuestionarse si es cierto que alguien, dependiendo de un sistema autoritario y altamente jerarquizado, puede oponerse de forma real a una orden directa de un superior. Estas son sus conclusiones. En la sala donde era juzgado en Jerusalén, el reo estaba separado del tribunal, los testigos presenciales y la prensa por una celda de vidrio reforzado y permanentemente vigilado por dos policías armados. Hacía escasos meses (mayo de 1960) que una célula compuesta por ocho agentes del Shin Bet israelí lo había capturado en Argentina, donde se escondía bajo la identidad de Ricardo Klement, gerente de una fábrica de la Mercedes Benz en Buenos Aires. Su captura fue posible gracias a un vecino suyo, un judío emigrante ciego llamado Lothar Hermann que, interpretando lo que su hija Sofía le contaba de sus visitas a casa de los Klement, identificó al antiguo criminal de guerra nazi, el Standartenführer (coronel) Adolf Eichmann. El famoso cazanazis Simon Wiesenthal corrobora su identidad. Cuando en julio de 1941 el mariscal Hermann Goering dio a Reinhard Heydrich una autorización por escrito para una solución total de la cuestión judía, este puso en manos de su ayudante Adolf Eichmann la organización y logística de la misma. Entonces, con una eficacia escrupulosa, enumeró víctimas, organizó los preparativos, definió los procesos y puso en marcha la maquinaria que permitió el traslado y ejecución de, según algunos cálculos, más de dos millones de judíos, cuya suerte dependió directamente de la eficacia de su trabajo. A pesar de que en su última época en esa tarea las órdenes específicas de deportación provenían de Heinrich Himmler, Eichmann fue, sin lugar a dudas, el responsable directo de la organización de la logística necesaria de la solución final. Apariencia engañosa Al ver su figura, no se pensaría que este austroalemán sea el monstruo que relata el fiscal Gabriel Bach. Uno de sus captores confiesa de él: “Eichmann era un hombre suave y pequeño, algo patético y normal, no tenía la apariencia de haber matado a millones de los nuestros… pero él organizó la matanza”. Eichmann alegó, junto con su abogado, Robert Servatius, la obediencia debida a los superiores: “No perseguí a los presos con avidez ni placer. Fue el gobierno quien lo hizo (…). Acuso a los gobernantes de haber abusado de mi obediencia”. Eichmann fue declarado culpable de genocidio y condenado a la horca. La sentencia se ejecutó el 31 de mayo de 1962 en la prisión de Ramla (Israel). Una de las profesionales presentes en el juicio fue la escritora y teórica política de ascendencia judía y emigrada de Alemania durante el nazismo, Hannah Arendt. Asistió como reportera del The New Yorker y lo que vio y oyó condicionó su opinión sobre la moralidad del ser humano. En 1963 publicó Eichmann en Jerusalén, un estudio sobre la banalidad del mal que le causó no pocos conflictos tanto con la opinión pública judía como con otros pensadores y filósofos, como Hans Jonas, autor de El principio de responsabilidad. Aunque Arendt no creía que hay un Eichmann en cada uno de los humanos (como se le acusó) ni cuestionó el resultado del veredicto, sí opinó que fue un error presentarlo como un villano. Criticó que crearan un caso estrella para con ello mostrar al mundo que eran capaces de castigar a un verdugo. Resistencia y obediencia Ella misma afirmó: “Fue como si en aquellos minutos Eichmann resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal ante el que las palabras y el pensamiento se vuelven impotentes”. El mismo año del juicio, el psicólogo Stanley Milgram, profesor en Yale, se cuestionó si es cierto que alguien, dependiendo de un sistema autoritario y altamente jerarquizado, puede oponerse de forma real a una ley, a la orden directa de un superior, y decidió realizar una serie de experimentos que publicó en un libro al mismo tiempo que Arendt. Su título es explícito: Estudio comportamental de la obediencia. En julio comenzó sus experimentos con el fin de probar y medir la disposición de un participante voluntario de acatar las órdenes de una autoridad, incluso cuando estas pudieran entrar en conflicto con su consciencia personal. En sus propias palabras: “¿Podría ser que Eichmann y su millar de cómplices del Holocausto sólo estuvieran siguiendo órdenes? ¿Podríamos llamarlos a todos ‘cómplices’?”. Junto con su equipo de colaboradores puso un cartel en una parada del camión en Connecticut solicitando voluntarios para un estudio sobre la memoria y el aprendizaje en la Universidad de Yale. Para fomentar la participación decidió ofrecerles una compensación de cuatro dólares más comidas. Reunió a un grupo de personas “normales” de entre 20 y 50 años entre los que había obreros, estudiantes, desempleados y doctorandos. El experimento requería de tres sujetos implicados: un experimentador (que era uno de los investigadores propios del equipo de Milgram), un maestro y un alumno. A los participantes se les decía que eran escogidos “al azar” como maestros o como alumnos, pero lo que no sabían es que la única opción era salir elegido como maestro. De hecho, los alumnos eran actores que debían ejecutar su papel de forma creíble y en complicidad con el experimentador. Milgram estaba ocultando el auténtico objetivo de la investigación. Maestros de la descarga El experimentador le explicaba al maestro cuál era su función: leería al alumno un listado de pares de palabras que este debía memorizar; después le leería sólo la primera palabra y el alumno debía decir la segunda eligiendo entre cuatro posibilidades que se le ofrecían. Cada vez que el alumno, separado por un módulo de vidrio, se equivocara, el maestro debía castigarlo con una descarga eléctrica que iba desde los 15 voltios (la única que en realidad existía y que el propio maestro experimentaba al principio) hasta llegar, subiendo en una graduación de 30 niveles, hasta una de 450 voltios, que indicaba un claro riesgo de muerte. Si la respuesta era correcta, el maestro podía pasar directo a la pregunta siguiente del listado. Para dar mayor verosimilitud al experimento, el alumno estaba sentado en lo que aparentaba ser una silla eléctrica, con electrodos en el cuerpo y untado en crema para evitar las supuestas quemaduras. A los participantes se les comunicaba que el experimento estaba siendo grabado para que no pudieran negar después lo ocurrido. A medida que el experimento avanzaba, los alumnos comenzaban a mostrar signos de dolor y malestar. Golpeaban el vidrio que los separaba del maestro. Aullaban de dolor. Remitían problemas cardiovasculares. Al alcanzar los 270 voltios gritaban de agonía; al llegar a los 300 voltios, el alumno dejaba de responder a las preguntas y se producían estertores previos al coma. Si alcanzaban los finales 450 voltios del supuesto aparato, invariablemente parecía que se había producido la muerte del alumno. Por lo general, cuando se alcanzaban los 75 voltios, los maestros mostraban su malestar ante el experimento. A los 135 voltios algunos de ellos querían detenerse y preguntaban el propósito del experimento. Otros tantos también afirmaban no sentirse responsables de las consecuencias de sus actos. Las respuestas de los experimentadores estaban graduadas siguiendo un estricto protocolo. Cuando los maestros no querían seguir, los experimentadores los conminarían, de forma cada vez más imperativa, diciendo: “Continúe, por favor”, “el experimento requiere que usted continúe”, “es absolutamente esencial que usted continúe”, “usted no tiene opción alguna, debe continuar”. El estudio se acababa cuando el maestro se negaba a seguir después de la cuarta conminación… o cuando el maestro le había administrado el máximo de voltios al alumno tres veces seguidas. Antes de iniciar la investigación Milgram le había preguntado a un grupo de expertos en comportamiento, psicólogos y psiquiatras, qué número de personas estimaban que serían capaces de aplicar el máximo castigo siguiendo las órdenes del experimentador. Las respuestas oscilaron entre 0.1 y 1.5%: en esencia, el tanto por ciento de psicópatas que calculaban que pudiera haber en la población normal. Los resultados golpearon de forma definitiva lo que sabemos sobre la moralidad y nuestra libre voluntad para tomar decisiones ante la presión. Un inimaginable 65% de los sujetos participantes en el estudio llegó al castigo límite. A pesar de la incomodidad que muchos manifestaban y el rechazo aparente, ningún maestro se detuvo hasta llegar al nivel de los 300 voltios como mínimo. En 1999 se publicó un artículo que recogía un metaanálisis de investigaciones similares: en todos los casos, el resultado de los experimentos oscilaba entre 61 y 66%, sin importar el año de realización ni la localización de los estudios. Algunas variaciones del experimento mostraban que los resultados porcentuales bajaban cuando el alumno se situaba muy cerca del maestro, las instrucciones que el maestro recibía se hacían por teléfono o el experimento se hacía fuera del paraguas normativo de una universidad (por ejemplo, una compañía de seguros). En cambio, subía (llegando al 90%) cuando el alumno estaba en una habitación lejana donde no se oían claramente sus gritos y gemidos, había más de un experimentador presionando al maestro o se incluía una figura de autoridad (como un policía) que reforzaba la orden de ejercer el castigo. Sentir la presión El propio Milgram ofreció dos teorías que podían explicar este inesperado resultado. Una de ellas es la teoría del conformismo, que surgió tras los experimentos de Solomon Asch en 1951, los cuales trataban sobre los efectos de la presión de grupo en los procesos de toma de decisiones. La otra hace referencia a la teoría de la cosificación que elaboró el propio Milgram: por un lado, la persona que obedece se ve a sí misma como un instrumento que realiza los deseos y órdenes de una autoridad y, por tanto, no se considera responsable de sus actos; asimismo, ve al “otro” como un sujeto cosificado que merece ser castigado por sus propios actos. Ese es el fundamento, para Milgram, del respeto militar a los superiores: los soldados seguirán, obedecerán y ejecutarán órdenes e instrucciones dictadas por estos, dado que la responsabilidad recae sobre ellos y no sobre quienes las ejecutan. Quizá las investigaciones de Milgram fueron uno de los experimentos más cruciales de la historia de la psicología, pero pusieron el foco en la propia existencia del libre albedrío. Sin cuestionar en esencia esa capacidad del humano, sí que sirven de explicación y espejo de conductas que, en apariencia, no tienen comprensión vistas desde la distancia del tiempo, el espacio y la autocomplacencia que nos proporciona nuestra zona de confort. Sucesos como el uso abusivo de la fuerza en situaciones de conflicto o injusticia pasan a ser mostrados como un simple “eran las órdenes recibidas”. Y sobre esa tesis defenderemos el uso de la violencia en manifestaciones de carácter pacífico, de balas de goma para alejar emigrantes a nado que acabarán pereciendo en el mar, vejaciones de los derechos humanos en cualquier guerra, atentados indiscriminados o el uso de la tecnología que permite el asesinato selectivo a través de un dron o la matanza de civiles pulsando sólo el botón de un misil lanzado a cientos de kilómetros de distancia. Se nos permite seguir teniendo fe en el ser humano, pero en el aire siguen resonando las palabras de Hannah Arendt: “¿Quién dice que yo, que condeno una injusticia, afirme ser incapaz de realizarla yo misma?”.

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