HORMIGAS

Hace más de 150 millones de años que estos pequeños insectos corretean sobre el planeta, dando muestras de su inapelable capacidad para sobrevivir.

Por Juan Fernández

2023-01-01T08:00:00.0000000Z

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Editorial Televisa

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MUNDO ANIMAL

Son seres casi perfectos y con superpoderes, pero su sociedad está muy lejos de ser un modelo a seguir. Las has sorprendido en la cocina rondando la despensa y el fregadero, te has cruzado con ellas formando filas en el parque y en el monte más lejano, has tropezado con sus nidos en el campo y en la playa; las has visto en el pueblo de tus padres y en aquel viaje que hiciste a ese país tan exótico. Tanta ubicuidad no es extraña: estamos hablando de una de las especies más abundantes de la biosfera y también de las que mejor han sabido adaptarse a sus diferentes ecosistemas. Pero no de ahora, sino de los últimos 150 millones de años, que es el tiempo que llevan correteando sobre la Tierra y haciendo agujeros y túneles en ella. Cuando nació el primer reptil, allí ya había una hormiga para darle la bienvenida. Nuestro androcentrismo nos lleva a pensar que somos la especie elegida; sin embargo, si un extraterrestre nos visitara mañana y se preguntara cuál es el ser vivo que ha sabido sacar mayor provecho del planeta, no nos señalaría a los humanos, sino a esos diminutos insectos negros que aparecen en cualquier momento en el suelo. En realidad, la comparación de sus magnitudes con las nuestras nos aboca al sonrojo. Se estima que ahora mismo hay 10,000 billones de hormigas haciendo de las suyas por todos los rincones, lo que equivale a multiplicar por un millón el número de humanos que haya existido a lo largo de la historia. Su peso, que oscila entre uno y 10 miligramos, es una millonésima parte del nuestro, pero su apabullante presencia les permite superar el gramaje de todas las personas vivas que hay en este momento sobre la Tierra. No en vano llevan habitándola 150 veces más años que nosotros, los seres humanos. Son las reinas de su nicho ecológico: no hay en su rango de peso y volumen ningún otro animal carnívoro que las supere, y en ciertos hábitats, como las selvas amazónicas, su presencia es tan grande que suponen la cuarta parte de la biomasa animal. De hecho, se estima que tres cuartas partes de los insectos que habitan estas zonas boscosas... son hormigas. Aunque si hay algo de lo que pueden presumir estas criaturas tan particulares es de constituir la civilización más antigua que puebla la Tierra. Ninguna otra organización de seres vivos tiene tantos milenios a sus espaldas, un tiempo en el que han conseguido evolucionar para adaptarse a las diferentes fases de la historia del planeta y a los variados escenarios que ese recorrido generó hasta dar lugar a 15,000 subespecies distintas, aunque se estima que esa cifra puede llegar a 25,000, pues se da por hecho que no todas las tipologías de hormigas que existen han sido ya catalogadas. Un habitante del planeta Tierra con tanta historia y trascendencia no podía escapar al escrutinio de la ciencia. No en vano, la mirmecología, que es la rama de la zoología que estudia a las hormigas, lleva desentrañando sus secretos desde principios del siglo XIX. Lo ha hecho gracias al notable esfuerzo y entrega de un puñado de especialistas que han dedicado sus vidas enteras a la observación y profundo análisis de esos bichitos diminutos, que solemos mirar con cierto desdén desde nuestra presunta e infundada superioridad humana. En la navidad de 2021 falleció en su casa de Lexington, Massachusetts (Estados Unidos), Edward Osborne Wilson, reconocido por todos los mirmecólogos como el mayor experto mundial en el estudio de las hormigas. Su deceso ha supuesto una gran pérdida para la entomología, pero al menos pudo dejar escrito un pequeño libro titulado Historias del mundo de las hormigas, que acaba de publicar la editorial Crítica en español, donde además de relatar su historia íntima y personal con estos insectos, los explica con una maestría didáctica poco habitual. Wilson ya no está entre nosotros, pero su mirada cálida, curiosa e inteligente hacia el mundo de las hormigas le sobrevivirá. Un único objetivo: el grupo En su obra póstuma, el especialista adopta una actitud humilde para referirse a los miembros de lo que considera una civilización superior. Pocas veces se da en la naturaleza una integración entre un grupo de seres vivos como la que presentan las hormigas, en cuyo modus vivendi el componente social alcanza el grado de perfeccionamiento de un reloj. Nada ni nadie queda al azar o libre de un propósito bien definido en una colonia de este tipo de insectos, desde la reina encargada de la reproducción a los machos que la fecundan, pasando por las obreras que construyen y mantienen las condiciones del hormiguero, las recolectoras que encuentran el alimento o las guerreras que defienden al grupo de cualquier amenaza exterior. En ese mecanismo magistralmente engrasado rige una norma —diríase que una moral— que lo dota de sentido: el objetivo es la supervivencia de la colonia y todo vale para hacer realidad esa misión. Esto incluye desde dar la vida por las compañeras, como hacen las hormigas soldados suicidas, que revientan sus cuerpos mediante violentas contracciones abdominales para atacar al enemigo, hasta cuidar a las recién nacidas, como hacen las obreras menores, o tomar rehenes de nidos ajenos para convertirlos en esclavos, como suelen practicar algunas especies. Esta calculada división del trabajo, unida al espíritu de cooperación que lo anima, lleva a Wilson a comparar el funcionamiento de una colonia como el de un organismo vivo en el que cada célula —en este caso, cada una de las millones y millones de hormigas en un nido— cumple con su función para que todo el ser en su conjunto sea sostenible, una definición que ya utilizó en 1910 el estadounidense William Morton Wheeler, el primer gran mirmecólogo del siglo XX. Con poco que sean observadas con detenimiento y respeto, las hormigas despiertan admiración por su capacidad para organizarse y domesticar el entorno a su conveniencia. De algo les viene la fama de trabajadoras. Llegan a construir nidos gigantesco; por ejemplo, los de la subespecie Atta sexdens, que pueden contener hasta 2,000 cámaras subterráneas. Entre las hormigas cortadoras de hojas, las obreras menores pasan la mayor parte de su tiempo cuidando a las más pequeñas, mientras que las de tamaño intermedio se dedican a construir el hormiguero, para lo que llegan a mover 40,000 kilos de tierra y procesan la sustancia vegetal que traen las obreras para que crezcan sobre ella los jardines de hongos que constituyen su alimento. Seres perfectos Varias especies de hormigas sólo pueden definirse como un prodigio de la naturaleza. Las cazadoras, por ejemplo, muerden con el movimiento de mandíbulas más rápido que se ha registrado jamás en el reino animal. Si una inundación sorprende a una colonia de hormigas de fuego, las obreras no dudan en juntar sus cuerpos para formar un tapón en la entada del nido y poner a salvo a la reina, las larvas y las recién nacidas. Saben pastorear pulgones y guiarlos hasta las partes más tiernas de las plantas para obtener de ellas el alimento, y si tienen que hacer acopio de reservas, las recolectoras pueden arrasar la hojarasca de un árbol entero en una noche hasta dejarlo en las ramas. Cuando las obreras adultas envejecen también se dedican a las tareas más peligrosas. Si mueren en servicio, la colonia pierde menos que si fallece una joven. Todo vale por el bien de la comunidad. Uno de los detalles más llamativos —y menos conocido— del sistema de organización social de las hormigas es su marcado acento femenino. Más que un matriarcado a las órdenes de la reina, su régimen es una auténtica sociedad de hembras, ya que pertenecen a este sexo todas las que vemos habitualmente, tanto las que encontramos cargando semillas por el campo como las guerreras que se enfrentan a las colonias enemigas o las obreras que fabrican el hormiguero. Frente a ellas, las hormigas macho son, en palabras de Edward O. Wilson, “criaturas bastante patéticas”. Lo habitual es que podamos verlas volar por el campo con sus alas transparentes, sus genitales grandes, sus ojos gigantes y sus cerebros pequeños. En realidad, no realizan ninguna función para la comunidad ni cumplen otra tarea que no sea inseminar a las hormigas reinas vírgenes de otras colonias durante los vuelos nupciales. Como obsesos sexuales, viven por y para ese único acto de apareamiento. Son, según el reputado mirmecólogo, “poco más que misiles voladores de esperma”. Triunfen o fracasen en su misión reproductiva, están llamados a morir en cuestión de horas o días después de abandonar el nido en busca de una monarca disponible. Si decidieran volver a la colonia, serían expulsadas por sus hermanas hembras, auténticas sostenedoras de la comunidad. En ese lugar ya no hacen más que estorbar. Durante mucho tiempo, los estudiosos de las hormigas se preguntaron cómo era posible que pudieran operar de forma tan integrada y perfecta sin disponer de ningún código de comunicación... hasta que ese lenguaje fue revelado. En realidad, las hormigas sí hablan entre ellas, y mucho, además, pero no lo hacen con sonidos, sino a través del gusto y el olfato, que forman su sistema de comunicación. Entre todos los seres vivos que sobreviven apoyándose en estos sentidos, las hormigas son las reinas del lenguaje químico. Un lenguaje más efectivo que el habla En el libro Historias del mundo de las hormigas, Edward O. Wilson propone un experimento casero para comprobarlo: «Pon una gota de agua con azúcar cerca de un hormiguero y observa qué sucede cuando lo encuentren las exploradoras que patrullan la zona». Lo que viene a continuación es como asistir a un documental de la naturaleza en directo. Las que tropiecen con el dulce hallazgo beberán de él hasta saciarse y a continuación correrán en línea recta y sin perderse hasta el nido, dejando en su camino un rastro químico. Al llegar, regurgitarán parte de la ingesta que traen y emitirán una sucesión de feromonas que servirá para advertir a sus compañeras. Es como si dijeran: “He encontrado comida similar a esta que traigo, vengan conmigo, hay más”. El mensaje servirá para que la hormiga exploradora y un comando de obreras se pongan en marcha y sigan el rastro que aquella ha dejado en su ruta y acudan todas juntas a cargar más gotas azucaradas. Los efluvios químicos que la exploradora lanzó en presencia de sus compañeras son las “palabras” que las hormigas usan para dialogar. Tras décadas estudiándolas, Wilson ha calculado que ese lenguaje se compone de entre 10 y 20 códigos distintos. Combinando diversas feromonas, las hormigas serían capaces de construir frases que servirían para alertarse entre ellas del hallazgo de alimento, de la presencia de una hormiga amiga o de una que represente una amenaza, así como de la aparición de un espécimen de otra colonia. El mirmecólogo pudo comprobar la reacción después de introducir una obrera en un hormiguero ajeno. Las hormigas están recubiertas de una sustancia oleosa única y personal que equivale a los rasgos de un rostro humano. Este componente químico es captado por las antenas, que es donde estos insectos tienen los detectores de olores. De esta forma, por el olor, pueden comprobar si quien tienen delante es de su familia o pertenece a otro hormiguero, en cuyo caso lo considerarán un intruso y le atacarán con ferocidad. Aunque tienen fama de pacíficas y trabajadoras, en realidad las hormigas son capaces de desplegar una enorme agresividad. Tan es así que, en el momento en que dos colonias se enfrentan, no paran de guerrear hasta que una extermina a la otra. Algunas especies son particularmente belicosas, como las hormigas toro. Esta especie es capaz de espantar a un mamífero de gran tamaño que esté merodeando su nido atacándole con la sustancia urticante que llevan en sus mandíbulas, o las hormigas matabele, que tienen un aguijón capaz de atravesar el exoesqueleto de cualquier insecto que encuentren en su camino. Las obreras de la especie basiceros cazan mediante la estrategia de la emboscada: en vez de perseguir a sus presas, las acechan hasta que están lo bastante cerca como para garantizar el éxito de un ataque sorpresa. Por su parte, la especialidad favorita de las hormigas legionarias son las incursiones en enjambre formando abanicos de miles de unidades en sus operaciones de ataque. Si en el camino tropiezan con un riachuelo o una grieta del terreno, las que van de avanzada unen sus extremidades para improvisar puentes vivientes sobre los que cruza todo el ejército de soldados. No hay tarántula, escorpión o cucaracha que se les resista, aunque a veces han llegado a devorar lagartos vivos. Pero, quizá, lo más llamativo del carácter dominador de las hormigas, que a pesar de su marcado acento femenino muestran una agresividad muy masculina, sea su costumbre de atacar colonias ajenas para capturar hormigas en estado larval, llevarlas al hormiguero y convertirlas en esclavas cuando nacen. Son estas las facetas de su personalidad las que llevaron a Edward Osborne Wilson a reconocer que si bien debemos rendirles respeto y admiración, los humanos tenemos poco que aprender de su moral y su sistema de organización social. En realidad, de tan gregaria, una hormiga no es una hormiga, sino una milésima parte de un hormiguero, el verdadero ser que las representa.

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