El más raro del mundo

2023-01-01T08:00:00.0000000Z

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Editorial Televisa

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CIENCIA

Viajamos a la región más austral de la Tierra y encontramos el laboratorio con la temperatura más baja del planeta. Se trata del observatorio de neutrinos Icecube de la Antártida (cuya fachada abre este artículo). Un telescopio terrestre que usa el hielo del continente como medio de detección. El detector, cuya superficie es de un kilómetro cúbico, posee concretamente 5,170 sensores conocidos como módulos de óptica digital o DOMS, que se instalaron en 86 perforaciones a gran profundidad y que en dicho espacio buscan señales de neutrinos procedentes del espacio exterior. Lo han descrito como “el laboratorio más extraño del mundo”, algo que se debe precisamente a estas partículas que, aunque no veamos ni sintamos, bombardean nuestro cuerpo continuamente. Son tan diminutas que la mayoría de ellas atraviesan el espacio vacío que hay entre los átomos de las cosas que nos rodean, y aunque están llenas de energía no tienen carga negativa ni positiva, y por ello, cruzan el cosmos casi a la velocidad de la luz sin interactuar con ninguna otra partícula, por lo que podrían arrojar una información vital sobre el espacio. Aunque son casi imposibles de detectar, en los últimos años el avance tecnológico ha permitido desarrollar potentes aparatos para observarlas y así perfilar los hasta ahora insondables misterios del universo. Es el caso del Icecube que, a diferencia del resto de telescopios, dotados de una lente gigante para observar las estrellas, está equipado con los ya citados sensores ópticos —millares de fotomultiplicadores— sumergidos a cerca de dos kilómetros de profundidad debajo del hielo antártico. Conocidos popularmente como “partículas fantasma”, los científicos, por su parte, llaman a los neutrinos “rayos X astronómicos” porque permiten ver a través de las estrellas, el gas y el polvo del universo. Puesto que los neutrinos son casi imposibles de detectar —y no pueden ser observados directamente—, lo que hace el laboratorio Icecube es esperar a que algún neutrino choque contra un átomo en la Tierra y entonces se genera una fuerza explosiva de luz que queda registrada en los sensores, para así determinar la dirección de donde procede y buscar información de la fuente que lo generó. En 2013, el laboratorio obtuvo la primera detección de un neutrino cósmico altamente energético. Desde entonces, el telescopio ha localizado más de un millón de neutrinos, aunque apenas unos cientos han sido objeto de estudio de los astrofísicos y, al ser las únicas partículas capaces de llegar a la Tierra sin alteraciones, pueden ser muy útiles para revelar los secretos de la materia oscura, de la que sabemos muy poco pero de la que está conformado el 95% del cosmos.

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