¿ SON REALES?

Por Olivier Fuentes

2023-01-01T08:00:00.0000000Z

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Editorial Televisa

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EN PORTADA

Por primera vez en su historia, la NASA estudiará formalmente los llamados fenómenos aéreos sin identificar. Aunque esto no demostrará la existencia de vida extraterrestre, las expectativas alrededor del tema, evidencias poco claras y rumores que han persistido durante más de siete décadas hacen urgente y necesario trabajar en ello. Comenzó en Estados Unidos como un rumor a partir de una oscura nota periodística publicada en junio de 1947: un experimentado piloto de nombre Kenneth A. Arnold volaba a bordo de su avioneta hacia un festival aéreo en el noreste de su país y afirmó observar un grupo de aeronaves extrañas que volaban en formación militar a gran velocidad. Lo curioso fue que, de acuerdo con su descripción, acompañada de una ilustración que él mismo hizo, aquellas naves tenían forma de medialuna, similares a un croissant o un boomerang. Sin embargo, la crónica de los periódicos terminó describiéndolos con la silueta redonda propia de un “disco” o “platillo”. En cuestión de pocos años, los avistamientos de tales aeronaves misteriosas se multiplicaron por el vasto territorio estadounidense con la misma silueta que dictaban los periódicos y revistas de ciencia ficción. Conforme crecía el interés de los medios y el público, lo que ciertos testigos aseguraban ver comenzó a tener formas muy distintas, pues ya no fueron discos aéreos: tomaron los perfiles más diversos y extraños que desafiaban las normas de la aerodinámica convencional. Desde puntos de luz con maniobras desconcertantes hasta cilindros gigantes estáticos. Entonces ocurrió que, aunque estos aparatos parecían tener una especial predilección por los cielos de Estados Unidos, poco a poco empezaron a reportarse casos aislados en territorios de Europa occidental y algunos en Sudamérica. El problema desde entonces es que, a 75 años de distancia, las evidencias fotográficas o de video, por más espectaculares que puedan parecer y a pesar de la avanzada tecnología de visualización con la que se cuenta, en la gran mayoría de los casos no son lo bastante claras. El telescopio espacial James Webb puede brindarnos imágenes con excelente resolución de cúmulos estelares lejanos y la órbita terrestre está cubierta por satélites de observación con capacidades únicas, pero ninguna observación ha logrado capturar nítidamente, con lujo de detalle, algún fenómeno aéreo extravagante para ser estudiado. Aunque las autoridades militares de algunos países han proporcionado explicaciones a estos eventos, resultan ser de lo más ambiguas. Para colmo, quienes se han autonombrado “expertos” en el tema suelen falsificar evidencias, e incluso los más audaces proclaman tener contacto directo y exclusivo con los tripulantes de dichas aeronaves. Los entusiastas del fenómeno, que suman millones, alimentan las más inverosímiles teorías de conspiración, mismas que han sido propagadas por generaciones de charlatanes, defraudadores y personas con antecedentes de problemas psicológicos que, en conjunto, han desprestigiado cualquier esfuerzo serio por resolver el enigma. Antes de la Segunda Guerra Mundial el fenómeno era inexistente, lo cual puede ser una desafortunada coincidencia importante de señalar. La mayoría de los avistamientos persisten en territorio continental de Estados Unidos, y aunque también se reportan en otros puntos del planeta, son en realidad una cantidad insignificante en comparación. ¿Por qué no aparecen en los cielos de África o Asia, pues? Con el inicio de la Guerra Fría, a mediados del siglo XX, se temía que este tipo de casos, hoy conocidos como Fenómenos Aéreos Desconocidos, FAD (en inglés, Unknown Aerial Phenomena), fueran producto de tecnología militar secreta, por lo que los Gobiernos de algunas naciones comenzaron a recabar información al respecto. Aunque descubrieron que muchos avistamientos se debían en realidad a fenómenos atmosféricos extraordinarios, así como a la mala calibración de instrumentos ópticos o de plano montajes fraudulentos, algunos bastante burdos, existen casos –los menos– que simplemente eluden cualquier explicación lógica. El hecho es que los FAD existen, pero hasta ahora ninguna institución científica seria se había atrevido a desmenuzar a fondo este tema. Análisis en serio Cada temporada, una noticia espectacular sobre FAD se cuela en medios y redes sociales. La más reciente ocurrió cuando el otrora miembro de una famosa banda estadounidense de pop punk, Tom Delonge, hoy reconvertido en ufólogo y fundador de la startup To The Stars –que presume de contar con artistas, científicos y exfuncionarios gubernamentales entre sus filas–, tuvo acceso a más de un centenar de grabaciones y archivos de FAD de la Marina de Estados Unidos ocurridas entre 2004 y 2021. Sin embargo, pese a sus supuestas credenciales y numerosos expertos detrás de él, nunca se siguió el método científico para sostener tales conclusiones. Los dichos que acompañaron la filtración, inconexos y especulativos, lo único que consiguieron fue generar más dudas y descrédito. Es por ello que, al final, la agencia espacial de EUA, la NASA, anunció el pasado mes de octubre la conformación de un comité especial independiente integrado por profesionales que gozan de buena reputación en su área de especialización, entre los que se incluyen científicos planetarios, astrofísicos, expertos de la Administración Federal de Aviación de aquel país, científicos de datos y un astronauta [ver recuadro]. “Explorar lo desconocido en el espacio y la atmósfera está en el corazón de lo que somos en la NASA”, dijo en un comunicado Thomas Zurbuchen, administrador asociado de la Dirección de Misiones Científicas. “Comprender los datos que tenemos sobre los fenómenos aéreos no identificados es fundamental para ayudarnos a sacar conclusiones científicas sobre lo que está sucediendo en nuestros cielos. Los datos son el lenguaje de los científicos y hacen que lo inexplicable sea explicable”. Los FAD son de interés tanto para Estados Unidos como para la seguridad aérea internacional. El enfoque del estudio es informar qué datos posibles podrían recopilarse en el futuro para discernir científicamente la auténtica naturaleza de lo observado. El comunicado de la NASA aclaró que el estudio independiente arrancó el pasado 24 de octubre de 2022. Para realizarlo, el equipo identificará la manera adecuada de analizar todos los datos recopilados por entidades gubernamentales, civiles, datos comerciales y de otras fuentes. Luego recomendará una hoja de ruta para el posible análisis de esta información en el futuro. El estudio se centrará nada más en información no clasificada y el informe completo con los resultados se publicará a mediados de 2023. En un editorial del periódico L.A. Times, escrito por Adam Frank, astrofísico, divulgador y catedrático de la Universidad de Rochester (EUA), este se pregunta si los datos para analizar se encontrarán a la altura de responder a las dudas que persisten; de lo contrario, al menos se tendrá la certeza del tipo de datos que se necesitarán para encontrar respuestas y los esfuerzos requeridos para obtenerlos. Además, mencionó: “Cualquier afirmación de que se ha encontrado vida extraterrestre tendrá que pasar por pruebas estrictas y un gran escepticismo antes de que la comunidad científica pueda aceptarla. Así es como funciona la ciencia”. La búsqueda y análisis de datos no será diferente de aquella con la que se evalúan nuevos métodos y procesos científicos y tecnológicos, como los que nos han traído avances en medicina o estándares mundiales de aparatos electrónicos. Será una investigación de los FAD guiada por la razón y no por especulaciones o teorías de conspiración. Si bien la mayoría de los científicos dudan que los FAD tengan algo que ver con la vida extraterrestre, el comité de la NASA podrá ajustarse a la evidencia con una mirada objetiva más amplia y no observada como un problema militar, como ha sido el enfoque persistente por parte del gobierno norteamericano. Cobertura en medios Cuando se hicieron públicos los videos de aviones de la Marina de EUA en 2017, muchos recordaron otros parecidos que un par de años antes habían sido anunciados por la Fuerza Aérea de Chile. Pero si bien estas noticias obtuvieron bastante resonancia, las explicaciones detrás de las mismas apenas recibieron atención. En todos los casos, los auténticos expertos pudieron percatarse de que las manchas oscuras que aparecen en los monitores de los pilotos no eran otra cosa que aeronaves a una gran distancia o incluso globos pequeños flotando a la deriva sobre el mar. El problema surgía por la enorme distancia a la que se habían observado, utilizando además cámaras infrarrojas, que no están diseñadas para captar el auténtico perfil exacto del objetivo. El reporte del Departamento de Inteligencia de EUA es muy claro al respecto: “Los sensores montados en las plataformas militares por lo general están diseñados para cumplir misiones específicas. Como resultado, esos sensores no suelen ser adecuados para identificar fenómenos aéreos desconocidos”. Sin embargo, como recordamos en el caso que dio inicio a la fiebre de los platillos voladores en 1947, los medios pueden tergiversar o describir a modo los sucesos, incrementando la confusión y respaldando creencias sin fundamento. El Comité para la Investigación Escéptica (CIE) es un grupo de científicos y comunicadores involucrados desde hace tiempo en el avance de la ciencia, apoyando el buen periodismo científico y ayudando al público a diferenciar entre verdadera ciencia y la pseudociencia. Han estado preocupados por algunas coberturas recientes demasiado entusiastas y sin ápice de crítica de los supuestos avistamientos de fenómenos aéreos desconocidos. La historia de los informes de este tipo y su cobertura demuestra que son temas que deben ser tratados con mucho cuidado. La primera regla del CIE para averiguar cualquier noticia de avistamientos es: “No identificado” no es igual a “alienígenas” o “extraterrestres” [ver recuadro Buena praxis]. Cubrir noticias sobre supuestos avistamientos de FAD siempre ha planteado desafíos. Estas historias pueden entusiasmar a los lectores y generar miles de likes en redes sociales, pero nunca reflejan evidencia concreta o explicación de los incidentes, porque esto sería aburrido para el público. Por lo general, las explicaciones que se publican después, aunque razonables, tienen poca cobertura en comparación con la exageración o el ánimo con el que se recibe la noticia inicial. Esta dinámica distorsiona la percepción de la audiencia. Los avistamientos desacreditados son reemplazados por otros nuevos y el ciclo vuelve a iniciar. Así ha ocurrido durante décadas. “Estas son historias llenas de trampas que requieren un cuidado mayor al normal”, se menciona en un documento del CIE, con sede en Amherst, Nueva York. “El público merece la mejor información y juicios científicamente informados sobre un tema que con demasiada frecuencia se deja principalmente en manos de quienes se preocupan poco por la ciencia o los hechos”. Aunque el último reporte del Pentágono sobre el tema de FAD en ningún momento hizo mención de “alienígenas”, “naves espaciales” o cualquier otro término relacionado con “vida extraterrestre”, la cobertura periodística hizo parecer que las fuerzas armadas de EUA admitían la existencia de seres del espacio exterior y estaban cerca de demostrarlo. Incluso medios tan respetables como la revista The New Yorker le dieron espacio en sus páginas a un entusiasta que afirma estar poseído por espíritus extraterrestres en forma de ángeles. Hubo también canales de cable que dieron espacio al aire a personas que articularon las más disparatadas teorías: viajes interdimensionales, conspiraciones que encubren la existencia de habitantes de continentes perdidos y, por supuesto, reptilianos que operan a escala mundial. Ninguno a la fecha ha ofrecido alguna prueba contundente, sólo se basan en leyendas antiguas que han tergiversado y libros apócrifos que desde hace tiempo se sabe que son mera ficción. Pero un escrutinio de los reportes oficiales deja claro que ni el gobierno estadounidense ni los pseudoexpertos tienen evidencia concreta de inteligencia de otro planeta al momento. Si bien la frase “no identificado” para muchos creyentes es sinónimo de “nave alienígena”, esto apenas deja ver que se niegan a utilizar el razonamiento. Como resultado del sensacionalismo alrededor de los reportes fabricados nada más para atraer tráfico en las redes sociales, las notas y reportajes están redactados intencionalmente sin una perspectiva científica adecuada. La gente aficionada a estos temas no desea saber la verdad, sino algo que les haga sentir tranquilos con sus creencias. El auge de las noticias falsas en redes sociales, utilizadas como arma política alentada por figuras influyentes como el expresidente Donald Trump, maquillándolas con el eufemismo de “hechos alternativos”, vino como anillo al dedo para los creyentes en el origen interplanetario de los FAD. Para dimensionar el daño que esto puede provocar, pensemos que durante la pandemia el Pentágono destinó millones de dólares a este tipo de investigaciones, guiado por el instinto de sus altos mandos, en vez de dirigir esos recursos a los esfuerzos para contener al COVID-19. Cuando vemos cómo los creyentes en la Tierra plana se organizan y difunden su versión de la realidad, nos damos cuenta de que este tipo de paranoias colectivas de origen estadounidense habla más de su cultura que del auténtico conocimiento. Los creyentes no buscan la verdad, sino escuchar algo que les consuele. El deseo de creer Mick West, escritor e investigador que analiza la evidencia detrás de las teorías de conspiración y los fenómenos extraños en su libro Escapando de la madriguera del conejo, explica que las teorías de la conspiración existen en un amplio espectro. West las jerarquiza en categorías numéricas del 0 al 10, donde cero representa a las teorías más mundanas, mientras que 10 implica ideas paranoicas de tipo fantástico. El soborno de políticos o corrupción corporativa ocupan las escalas más bajas. Después pasan a teorías que poco a poco se vuelven más extremas, como que el gobierno estadounidense fue responsable de planificar los atentados del 11 de septiembre o de rociar “estelas químicas” desde aviones que vuelan a gran altura. En el otro extremo del espectro están las conspiraciones insólitas, como la Tierra plana o los reptilianos que gobiernan el planeta. Las teorías alrededor de los FAD ocupan varios niveles del espectro, en donde hay toda una gama de individuos aficionados o autoproclamados expertos que se han encargado de mantener viva la desinformación alrededor del tema. Del 0 al 1 se ubica la gran mayoría de las personas creyentes en el origen alienígena de los FAD, quienes aseguran que existe un encubrimiento por parte del gobierno de EUA. Desde su perspectiva, si bien los funcionarios y militares no entienden la naturaleza de lo que han encontrado, sí lo ocultan por motivos de seguridad, ya que se trata de una tecnología y sociedad extraterrestre incomprensible. Es sencillo creer en esto porque después de todo, ¿quién confía plenamente en su propio gobierno? “Roswell”, Nuevo México, es quizá el caso más citado en este rubro, aunque a la distancia las supuestas imágenes del suceso lucen poco o nada convincentes. Aunque es sencillo pasar a los siguientes niveles, del 2 al 5, cuando la creencia va más allá y existen quienes empiezan a “encontrar” materiales o restos de naves, incluso cuerpos (momificados, embalsamados...) de supuestos alienígenas. La creencia ciega en este tipo de evidencias –la mayoría, simples falsificaciones– implica adentrarse más en la escala de conspiraciones. Es común encontrar youtubers que, si bien están conscientes de que su búsqueda por evidencias es vana, también hay otros que coquetean peligrosamente con los niveles más altos, pasando al 6 o 7, en donde sus creencias son el equivalente a una fe religiosa. En estos puntos podemos encontrar a los que creen con fervor en la existencia de secuestros por alienígenas o “abducciones”. Considerado bajo algunas circunstancias como un padecimiento psicológico, se trata en todo caso de creencias extraordinarias donde muy pocas personas se adscriben. Pese a que hay quienes aseguran que esto ocurre con demasiada frecuencia, a niveles de miles o incluso millones, lo cierto es que no existen pruebas que sustenten la aseveración; de otro modo, todos conoceríamos más de un caso, como si se tratara de una epidemia. Sería imposible de encubrir. Los últimos rangos en la escala de conspiración, del 7 al 10, pertenecen a aquellos que plantean que los FAD son fenómenos metafísicos o espirituales, como si de mensajeros divinos de otro planeta se trataran. En la misma línea están quienes suponen que son una “raza” que habita en las profundidades de la Tierra, pertenecen a “continentes perdidos” o una suerte de ángeles o demonios que atraviesan dimensiones espacio-temporales. En tal caso, apunta Mick West, la creencia es que quienes conspiran en realidad son los alienígenas. Mantener una postura escéptica es crucial para lidiar con todo el espectro del origen alienígena de los FAD. Debe entenderse además que, a falta de evidencia, no pasan de ideales; por tanto, muchas personas se mantendrán en la postura de la conspiración a pesar de que se les demuestre lo contrario bajo argumentos razonados. Los FAD, sin embargo, no pueden desestimarse, pues aún existen casos que escapan a las explicaciones lógicas. En conjunto, tienen una presencia que incide directa o indirectamente en la vida de muchas personas, algunas de las cuales han llegado a observar comportamientos extravagantes en el cielo, aunque nunca sepan la explicación racional detrás de lo que presenciaron [ver recuadro Explicacione razonadas]. Asimismo, los casos que aguardan un examen minucioso podrían aportar conocimiento sobre nuestro planeta y la manera en que se comporta. Como constructo cultural de origen anglosajón, heredado del ambiente social de la Guerra Fría, su presencia invita a examinarlo a la luz de la razón. En una época donde proliferan las noticias falsas y la pérdida de confianza en la ciencia, investigar esta clase de fenómenos resulta necesaria; es muy probable que no se encuentren seres extraterrestres ni tecnologías sofisticadas detrás de todo ello, aunque no por eso debe rechazarse o descalificarse de inmediato. Acercarse objetivamente a este fenómeno no sólo podría encontrar las explicaciones a un misterio de décadas, sino también mostrarnos una nueva manera de observar nuestro Universo.

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