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Muy Interesante (México) - 2021-07-01

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RED DE MONITOREO

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PARTE III UNA CUESTIÓN DE TIEMPO Sin embargo, la erupción del Anak Krakatau ha ayudado a avanzar en la comprensión de estos peligrosos fenómenos. Un equipo de investigación internacional liderado por Thomas Walter, geofísico del German Research Centre for Geosciences, estudia esa catástrofe mediante datos multiparamétricos, tanto satelitales como procedentes de instrumentos de medición en los alrededores del volcán, y trata de identificar una cascada de factores precursores previos. Mediante análisis InSAR detectó a principios de 2018 que el flanco del volcán se deformaba a un ritmo de 4 mm al mes. Una parte de la isla se había desprendido del resto del volcán y se deslizaba sobre una falla hacia el mar, lo que presagiaba un derrumbe lateral. En junio del mismo año se activó una erupción intensa que duró seis meses hasta el deslizamiento final. Mediante sensores en satélites se captó un flujo de energía térmica 100 veces mayor que la media del volcán durante los 18 años previos. El ritmo de deformación del flanco se aceleró a 10 mm por mes durante esta erupción. El 22 de diciembre de 2018, día de la catástrofe, se inició con actividad eruptiva seguida de un periodo de calma. Dos minutos antes del deslizamiento se registró un terremoto. El deslizamiento produjo una potente señal sísmica característica. Al viajar las ondas sísmicas más rápido que el tsunami, esta señal podría haberse usado como un precursor a corto plazo. Los resultados de esta investigación contribuirán a crear sistemas de seguimiento más precisos para volcanes con flancos inestables. Otra investigación de Lingling Ye, de la Universidad de California en Santa Cruz (EUA), publicada en enero de 2020 en Science Advances, propone la creación de un sistema de alerta temprana de tsunamis volcanogénicos similar a la que ya existe para tsunamis sismogénicos por medio de la detección de señales sísmicas, parecidas a las registradas el 22 de diciembre, que acompañan al deslizamiento. Respecto al Anak Krakatau, donde antes hubo un cono simétrico ahora existe un gran cráter abierto hacia el oeste, la dirección en la que se derrumbó. La isla ha perdido altura: de 338 metros a 120, aunque el volcán ya ha empezado a reconstruirse. La última erupción fue el 11 de abril de 2020 con espectaculares fuentes de lava y una columna de ceniza que se elevaba a 15 kilómetros de alto. El Anak Krakatau se mantiene muy activo y es probable que con el tiempo vuelva a crecer como montaña. Pero de momento es relativamente inofensivo y los vulcanólogos dirigen su mirada hacia otros lugares. Peligro latente Uno de los más estudiados mediante teledetección es el supervolcán Laguna del Maule, debido a la rapidez de inflación de su caldera. Las erupciones de este tipo de calderas gigantes pueden tener un efecto global extraordinario. El Laguna del Maule está en los Andes chilenos y pasó desapercibido hasta que despertó en 2004. Tres años después, el área de la laguna empezó a elevarse al llenarse de magma a una velocidad de 28 cm al año. Esta superó ampliamente a la observada en otros volcanes del orbe. Hoy sigue creciendo a más de 20 cm anuales, lo que preocupa a muchos vulcanólogos. Además, en lugar de una montaña, lo que encontramos en este supervolcán es un anillo de múltiples bocas volcánicas que rodean un lago y forman una gran caldera de 15 km por 25 km. Sus lavas son de tipo riolítico. Los magmas no son todos iguales, unos son viscosos y otros más fluidos. Los fluidos, como el basalto, se comportan de forma menos explosiva, más tranquila. Sería el caso de los del Kilauea si no fuera porque un factor externo –el agua– provoca una gran explosividad. En el otro extremo se halla la riolita, un magma relativamente inusual y altamente explosivo. Las grandes calderas riolíticas son las que más interés suscitan en la vulcanología. Cuando el reservorio magmático de uno de estos sistemas colapsa y forma una nueva caldera tiene lugar una gigantesca erupción que arroja cientos o miles de kilómetros cúbicos de ceniza volcánica y produce un impacto en el clima global. Por eso se les llama supervolcanes. Por fortuna, las grandes calderas sólo se derrumban unas pocas veces a lo largo de su vida de millones de años y sus erupciones habituales son más pequeñas. La última en emitir más de 1,000 km3 de material volcánico la protagonizó el Taupo, en Nueva Zelanda, hace 25,000 años. ¡ Con suerte pueden pasar varios miles de años para que se repita una erupción semejante!

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