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Muy Interesante (México) - 2021-07-01

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PARTE II LA VENGANZA DE KRAKATOA En un estudio de 2012, Thomas Giachetti, de la Universidad de Oregón (EUA), ya identificó que el Anak Krakatau es inestable. Levantado sobre el empinado borde de la caldera submarina de 1883, corre el riesgo de que el flanco de la joven montaña se deslice hacia el fondo en cualquier momento. Giachetti llevó a cabo una simulación y vio que, de producirse, el evento lanzaría un tsunami contra las costas de Java y Sumatra en menos de una hora. Pero a pesar de que el riesgo es conocido, no se hizo un seguimiento adecuado del volcán. Y así, el 22 de diciembre de 2018, tuvo lugar una tragedia muy similar a la que había previsto Giachetti. Durante la noche, 0.2 km3 del flanco del volcán se desprendieron y un tsunami barrió Java y Sumatra con un balance de 430 muertos y más de 10,000 heridos. Los volcanes, al emitir lava, van poco a poco formando una montaña conocida como edificio volcánico. Como sabemos, cualquier edificio que esté mal construido se derrumba. Los volcanes tienden a ser construcciones inestables, pues la presión del magma que empuja desde dentro complica las cosas y hace de los deslizamientos uno de los riesgos más importantes. La erupción del Santa Helena en el estado de Washington en 1980 despertó en los científicos el interés por estos fenómenos. Ese día, una avalancha de rocas descorchó una bolsa de magma y gases a presión que salió eyectada lateralmente a velocidad supersónica. Por el este golpeó el lago Spirit, desplazó el agua en un tsunami que alcanzó 260 m de altura sobre el lago y avanzó hacia el oeste 26 km por un valle, sepultando todo lo que encontraba a su paso bajo una capa de escombros de 45 m de espesor. Poder superior Aunque por muy impresionante que fuera el derrumbe lateral del Santa Helena, palidece si lo comparamos con algunos megadeslizamientos en islas oceánicas como Hawái, con volúmenes de roca más de 1,000 veces superiores. Hay muchos volcanes susceptibles de deslizarse, como el Estrómboli, frente a Sicilia, el Pacaya en Guatemala o el Pico en el archipiélago de las Azores. En todos ellos se detecta un movimiento de la ladera que muestra un gran bloque separado del edificio volcánico. El Estrómboli y el Pico podrían producir un tsunami. El planeta Tierra tiene más de 1,400 volcanes activos. Mantenerlos a todos controlados para prevenir desastres es un enorme desafío. Sólo unos pocos cuentan con un sistema adecuado de instrumentos para medir la actividad sísmica, los gases volcánicos o la deformación, que es un parámetro clave. Los procesos que tienen lugar dentro de un sistema volcánico –movimiento, cristalización o desgasificación del magma...–, así como los deslizamientos, el desplazamiento de fallas o el hinchamiento al recibir magma desde las profundidades, se ven reflejados mediante cambios en la forma de la superficie terrestre. Hay un sistema de teledetección satelital para vigilar la deformación volcánica. Los satélites pueden jugar un papel revolucionario en vulcanología, pues permiten mediciones a nivel global de volcanes remotos y para países que no poseen buenas redes de monitoreo. Destaca la técnica InSAR, que usa radiación de microondas para detectar cambios en la distancia a la superficie de la Tierra. La ventaja de la radiación electromagnética es que funciona también de noche y es capaz de penetrar las nubes. Al comparar una serie temporal de muchas imágenes de radar se crea un mapa de deformación que se llama interferograma. Bajo la lupa satelital Los interferogramas se han convertido en una herramienta clave para la vigilancia, ya que pueden medir la deformación de casi todos los volcanes con una resolución de milímetros o centímetros, pero es complicado discriminar la información relevante de entre la cantidad ingente de datos que manejan. En 2019 un equipo liderado por el geocientífico Matthew Gaddes, de la Universidad de Leeds (Inglaterra), hizo un estudio con inteligencia artificial para alertar sobre volcanes en estado de agitación y ha mostrado resultados prometedores. Los sensores a bordo de un satélite permiten medir por ejemplo la radiación térmica de un volcán o detectar la concentración de dióxido de azufre, un compuesto muy abundante en nubes volcánicas que se usa para estimar su posible impacto climático o prevenir riesgos en la aviación. Con el fin de predecir las erupciones, los vulcanólogos atienden a ciertas señales sísmicas, de gases volcánicos o del grado de deformación del terreno. Las causas de los deslizamientos eran casi desconocidas por su rareza.

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