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Muy Interesante (México) - 2021-07-01

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LA NUEVA ERA DE LA VULCANOLOGÍA

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Por Alejandro Sacristán y Héctor Sacristán

Con unos 1,400 volcanes activos repartidos por todo el planeta, los vulcanólogos operan una red de monitoreo muy precisa para prevenir desastres y aprender todo lo que revelan estos humeantes colosos. El 3 de mayo de 2018, el volcán Kilauea, en Hawái, entró en actividad y sorprendió a los vulcanólogos que estudian la furia interna de la Tierra. La principal misión de estos científicos es detectar indicadores precursores de las erupciones mediante sistemas de sensores y una monitorización constante de los volcanes activos para prevenir tales explosiones. La del Kilauea, considerado el laboratorio volcánico perfecto, les está marcando el camino. PARTE I GIGANTE HAWAIANO El Kilauea es considerado por muchos expertos el volcán más activo del planeta; por eso es también uno de los más estudiados mediante sensores y otros instrumentos. Durante la erupción que empezó el 3 de mayo de 2018 y duró tres meses se recogió un torrente de información que va a mantener ocupados a los vulcanólogos durante décadas. Hay un antes y un después de esta erupción histórica, espectacular y muy destructiva. En los primeros días se desató un terremoto de magnitud 6.9 en la escala de Richter que hizo deslizarse el flanco sur del volcán cinco metros y produjo 24 fisuras que emitieron un kilómetro cúbico de flujos de lava y destruyeron más de 700 casas. Pero lo que más llamó la atención de los científicos fue la formación de una caldera en la cumbre. Por caldera se entiende un enorme cráter formado, cuando el terreno se derrumba sobre la bolsa de magma del volcán. Es el reservorio de magma que está siendo vaciado por la erupción. En el Kilauea surgió una nueva caldera de 500 metros de profundidad por 1.8 km de ancho y 2.8 km de largo dentro de otra más amplia y antigua que se creó en torno al año 1500. Un asunto de presión Las mayores erupciones tienen lugar cuando colapsan las calderas, por eso es crucial para los vulcanólogos entender su formación. Ya se había observado el proceso con anterioridad, pero nunca con tanto detalle. A medida que una bolsa de magma se vacía mientras alimenta la erupción, se desinfla como un globo hasta que el techo del reservorio cede y se hunde progresivamente. En el caso del Kilauea, el geofísico Kyle Anderson, del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), cree que nadie esperaba que el derrumbe se iniciara cuando sólo se había expulsado menos de 4% del magma, mucho antes de lo que se pensaba para estos procesos. Además la erupción y el colapso definitivo acabaron cuando sólo se había vaciado entre 11 y 33% del magma, según el modelo matemático, lo cual implica que el Kilauea aún contiene gran cantidad de magma en su interior. Otro dato importante es que el proceso es episódico: la erupción hace que disminuya la presión dentro del reservorio magmático hasta que se hunde el techo que, al golpear el reservorio, vuelve a aumentar la presión y reactiva la erupción, lo cual vuelve a bajar la presión, y así sucesivamente a lo largo de tres meses. La cima del volcán Kilauea ha estado en múltiples ocasiones ocupada por un lago de lava, considerado en las leyendas hawaianas el hogar de la diosa Pele; pero en julio de 2019 se avistó agua en las profundidades del nuevo cráter. El fondo de la caldera había caído por debajo del nivel freático y las aguas subterráneas formaron un lago que hoy sigue creciendo y haciéndose más profundo. Agua en el cráter de un volcán es una mala combinación. Del Kilauea se decía que era el volcán más seguro del mundo, ya que sus tranquilas erupciones raramente ponían en peligro vidas humanas, pues era fácil escapar del flujo de lava simplemente caminando, como se ha visto en algunos documentales. Nuevo panorama Esta percepción ha cambiado. El geólogo del USGS Don Swanson, en su estudio sobre antiguas erupciones del volcán, ha develado una condición cíclica en su actividad que alterna fases más tranquilas de flujos, fuentes y lagos de lava con otras más violentas, a base de erupciones explosivas que envían columnas de ceniza y peligrosos flujos piroclásticos, corrientes de gas y material volcánico a altísima temperatura que se desplaza a velocidades huracanadas. El requisito para que se den erupciones explosivas ha sido inferido a través de diversas investigaciones geológicas: que la caldera sea lo bastante profunda como para albergar agua, lo cual se acaba de cumplir en el caso del Kilauea. De ahí que los vulcanólogos sospechen que en un futuro próximo este monte hawaiano entre en una fase de erupciones explosivas. También se viven nuevos tiempos al este de Java, donde se localiza uno de los íconos del vulcanismo, el Krakatoa, hoy conocido como Anak Krakatau. Este volcán indonesio tiene mala fama desde que en 1883 protagonizó una de las mayores erupciones de la historia que dejó más de 35,000 muertes. La isla que había entonces se derrumbó bajo el mar en el estrecho de la Sonda, entre Java y Sumatra, y formó una caldera submarina. El Anak Krakatau, que significa “hijo del Krakatoa”, emergió de las aguas en 1926 y desde entonces ha ido creciendo hasta alcanzar un cono de 338 metros de altura en 2018.

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