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Muy Interesante (México) - 2021-07-01

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La muerte en el exilio

Historia

La isla de Santa Elena, situada en el océano Atlántico a 1,850 kilómetros de la costa continental más cercana (Angola, en África) y con un solo puerto de mar, parecía el mejor destino para el prisionero más incómodo de Europa. Los Cien Días en los que Bonaparte regresó al trono habían producido más de 200,000 muertos en nuevos campos de batalla. Estaba claro que no podía volver a bajarse la guardia con Napoleón y en esta isla permanecería hasta su muerte. Su estancia allí tuvo bastante de plácido retiro. El ardor guerrero parecía haber desaparecido y se dedicaba a jugar a las cartas, pasear, leer, dictar sus memorias –tan poco confiables como los informes de sus batallas– y escribir un libro sobre Julio César. Su muerte a los 51 años de edad, el 5 de mayo de 1821, desató todo tipo de rumores. En Europa había muchas personas con poder que lo recordaban, temían u odiaban. Cuando a finales del siglo XX se descubrió una alta concentración de arsénico en uno de sus cabellos, se dispararon las especulaciones sobre su posible asesinato por envenenamiento. Se pasó por alto que los restos de contemporáneos ilustres, entre ellos la misma Josefina, mostraron índices similares de ese elemento que se usaba entonces en los tintes. Lo cierto es que el Napoleón que llegó a la isla ya daba muestras de mala salud, que en los años siguientes no hizo sino agravarse: había engordado y su encierro le produjo una profunda depresión. Su dieta constaba sobre todo de carne y apenas frutas y verduras. Abandonó el ejercicio físico. Abundan los indicios de que en 1817 padeció hepatitis y estaba siempre aquejado de fuertes dolores. En 1818 contrajo el mismo cáncer de estómago que acabó con su padre, aunque tardaron en diagnosticárselo. Fue enterrado con todos los honores militares en un lugar conocido como el Valle del Geranio, hasta que en 1840 su cadáver fue exhumado y repatriado a Francia. El 2 de diciembre, aniversario de su coronación y de la batalla de Austerlitz, recibió un funeral de Estado con un millón de franceses acompañando su último carruaje hasta el mausoleo de Los Inválidos, en París.

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