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Muy Interesante (México) - 2021-07-01

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200 AÑOS SIN NAPOLEÓN

Historia

Por Vicente Fernández de Bobadilla

A dos siglos de su muerte en la isla de Santa Elena, recordamos la vida de este genio militar, clave en la formación de la Europa contemporánea. El 5 de mayo se cumplieron dos siglos de la muerte del emperador francés Napoleón Bonaparte. Déspota ilustrado para algunos, tirano para otros, es considerado como uno de los grandes genios militares de la historia y una figura clave en la formación de la Europa contemporánea. MI La frase que quizá mejor define a Napoleón Bonaparte la dijo José Ortega y Gasset en 1914, y no se refería al emperador francés sino al ser humano en general: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Cuando se cumplen dos siglos de la muerte del hombre que tuvo a Europa en sus manos, un repaso a su vida deja claro hasta qué punto las circunstancias influyeron en su camino hacia la cumbre. Nacido en otro entorno y en otro momento, aunque sólo hubiera sido con escasos años de diferencia, no habría llegado a ser quien fue. Sabemos mucho de él, empezando por su nombre, que ya era poco común en su época y que casi nadie ha llevado desde entonces, pero ¿de dónde salió y cómo pudo acumular tal cantidad de poder antes de cumplir los 40 años? Parte de la respuesta está en algunos rasgos de su personalidad. Era ambicioso, sin duda, aunque tardó años en perder los límites. También despiadado, si bien no mucho más que otros líderes de la época. Los cientos de miles de franceses muertos a sus órdenes no disminuyeron la fidelidad ciega de sus tropas. Nunca se le vio más a gusto que en el campo de batalla y sorprende el descaro con que muchos soldados se atrevían a dirigirse a él y las pullas con las que les contestaba, en contraste con su frialdad en los actos oficiales. Tenía una memoria prodigiosa y una capacidad de trabajo sobrehumana, acentuada por sus hábitos de sueño –podía dormir apenas una hora y despertar totalmente descansado–, y un trato que podía ser cálido y afectuoso o dispararse en ataques de cólera. Sobre todo, fue un gran oportunista, aunque no le faltó a quien salir. Napoleón nació en 1769 en Córcega, isla que cambió con frecuencia a la fuerza de manos y de dueños. Eso no le preocupaba en exceso al comerciante Carlo Bonaparte, su padre y el de otros 12 hijos de los que sobrevivirían ocho, quien, tras apoyar al líder independentista Pasquale Paoli, no dudó en pasarse al bando francés tras la ocupación gala de la isla. De hecho el nuevo gobernador, el conde de Marbeuf, apadrinó al pequeño Napoleón en su bautizo en julio de 1771. El cambio de casaca proporcionó a Carlo, además de influencia y subsidios, una pátina aristocrática suficiente como para apuntarse al fondo de los élèves du roi creado por Luis XVI, con el cual el Estado pagaba la educación de las familias con nobleza pero sin recursos. Napoleón no era el mayor, sino Giuseppe, el futuro Pepe Botella que reinaría en España, pero como lo bautizaron antes, fue considerado como tal según las costumbres corsas y por eso enviado a la escuela militar de Brienne, mientras que su hermano entraba en el seminario de Autun. Un simple cambio en el orden de los bautizos alteró durante décadas el rumbo de Europa. Ya en la escuela tuvo que librar sus primeras batallas. Era un desplazado por partida doble: no se le podía considerar enteramente francés y hablaba el idioma mal y con un fuerte acento corso; además, estaba socialmente por debajo de los otros alumnos. Tuvo frecuentes peleas al tiempo que desarrollaba una tendencia al aislamiento y a refugiarse en la lectura. A la hora de elegir cuerpo se decidió por la artillería, uno de los dos –el otro era la marina– donde se podía ascender por méritos propios más que por los privilegios familiares. De aquellos años sacó un gusto por los clásicos –nunca viajaba sin su biblioteca de campaña– y un gran talento para todo lo relacionado con las matemáticas, que para los artilleros era muy útil. El hombre de familia La repentina muerte de su padre en 1785, con sólo 39 años, supuso un brusco cambio de rumbo. Tuvo que graduarse antes de tiempo para ayudar a su familia con su salario de oficial y en los años siguientes solicitó repetidos permisos “por enfermedad” para trasladarse a Córcega e intentar echar una mano en las maltrechas finanzas bonapartianas. Pero también dedicó ese tiempo a apoyar a Paoli y a pensar en unirse al ejército corso, hasta que se estableció definitivamente en Francia en 1792. Eran tiempos convulsos, en plena revolución y con guerras contra Austria e Inglaterra ya en marcha o inminentes, pero le vinieron bien. La República tenía tal necesidad de oficiales que estaba dispuesta a conceder ascensos rápidos y pasar por alto lealtades dudosas y prolongadas ausencias sin justificar. El 10 de julio de 1792 fue ascendido a capitán, con sólo 22 años. En uno de sus escritos posteriores recordaría: “Comprendí que el inicio de la Revolución era una buena época para un joven emprendedor”. Tenía razón. Una de sus primeras misiones fue el asedio de la ciudad de Toulon, que estaba a punto de rendirse a los ingleses. Su papel al recomponer una unidad desorientada y desmoralizada no sólo fue relevante para el éxito de la misión, sino que demostró su valía sobre el terreno. Fue recompensado con una promoción vertiginosa y ascendido a general de brigada. Era 1793, Napoleón tenía 24 años y llevaba 99 meses de servicio, 58 de los cuales había estado de permiso. Como enumera su biógrafo Andrew Roberts, “había pasado cinco años y medio como subteniente, un año como teniente, dieciséis meses como capitán, sólo tres meses como mayor y nada de tiempo como coronel”. La construcción del mito Puede considerarse Toulon como el inicio del mito de Napoleón o, más exactamente, como el momento en que Napoleón empezó a elaborar su propio mito. A su pasión por la lectura se unía otra mayor por la escritura: dejó 33,000 cartas de su puño y letra –escribió muchas más, algunas de las cuales destruyó–, 60 ensayos, novelas cortas, piezas filosóficas, tratados y panfletos. Tenía buena pluma. La prosa de sus informes militares los convertía en una lectura fascinante. Napoleón era consciente y se aseguraba de que su número de lectores fuera lo más alto posible. También manipulaba cifras y datos, costumbre que empezó en Toulon y continuó toda su vida a base de reducir las bajas propias y aumentar las del enemigo. Conocedor de la lentitud de las comunicaciones en la época, esta estrategia le permitió convertir en triunfo la campaña de Egipto (1798-99). Tras sufrir su primera gran derrota en San Juan de Acre, informó al Directorio que no había tomado la ciudad porque estaba infestada de peste bubónica –lo que era falso–, calló que había perdido más de una tercera parte de sus tropas y exageró la victoria en la batalla final –y menos importante– de Aboukir. Estas noticias eclipsaron las anteriores y regresó a Francia aclamado por las multitudes. Años atrás había masacrado a ese mismo pueblo que ahora lo vitoreaba. En 1795 las calles de París se llenaron de protestas contra el modelo de gobierno aprobado por la nueva constitución y Napoleón se encargó de reprimirlas disparando metralla contra los insurrectos –algo que jamás había ocurrido en la historia de Francia–, entre los que causó más de 300 bajas. Por su eficacia fue nombrado general de División y comandante del Ejército del Interior. Comenzó su proyección internacional en batallas que él no había emprendido –eso vendría después– pero que supo terminar. En Italia arengó a un ejército sin moral ni medios con la promesa de que todo lo que necesitaban los esperaba en las tierras por conquistar. También enseñó a aquellos 63,000 hombres a moverse con rapidez, otra de sus grandes bazas de combate. Tomó Milán, cruzó el Tirol y consiguió un triunfo resonante contra Austria en la batalla de Lodi. Ya no sólo era famoso en Francia, sino en Alemania e Inglaterra y ya entonces empezaba a pensar que su futuro estaba mucho más allá de los límites de la carrera militar. Cada vez se independizaba más del Directorio y usaba la excusa de la lentitud en los correos para tomar decisiones por su cuenta.

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