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Muy Interesante (México) - 2021-06-01

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CAMBIO DE HÁBITOS

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PARTE III SIN REMEDIO Por qué unas personas acaban desarrollando esta enfermedad y otras no? Por un lado, parecen existir factores genéticos, pero no son definitivos. En la actualidad se cree que los procesos de autolimpieza antes comentados funcionan –o deberían funcionar– a pleno rendimiento durante la noche, mientras dormimos. Al parecer, y por distintas razones, la extracción de los excesos de beta-amiloides por parte del sistema glinfático –en el que se integran las células gliales– no se produce con la suficiente fluidez. El sueño profundo actuaría a modo de equipo de limpieza y, o bien no opera con la suficiente diligencia o no lo dejamos trabajar en paz (malos estilos de vida, pocas horas de sueño...). Se ha comprobado de forma experimental que una sola noche de privación de sueño basta para acumular una cantidad respetable de beta-amiloides. Enfermedades cardiovasculares, diabetes, adicciones o una vida sedentaria tampoco contribuyen a propiciar un descanso lo bastante reparador durante el cual las glías puedan hacer su labor: barrer el exceso de amiloide. Esta relación entre sueño y alzhéimer se sustenta sobre firmes evidencias, pero todavía queda mucho por hacer. En España, un equipo de investigación de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) ha monitoreado el sueño de casi 200 personas con alzhéimer en distintas fases de evolución de la enfermedad con el objetivo de relacionar la forma de dormir con el grado de deterioro cognitivo. Una vez que una persona ha comenzado a dar síntomas muy iniciales de deterioro cognitivo tenemos a nuestra disposición varias técnicas para dar con la fuente de los mismos. Las herramientas más básicas son los tests de agilidad mental. Existen varios, pero quizá los más reputados son el Miniexamen de Estado Mental (MMSE, por sus siglas en inglés) y la Evaluación Cognitiva de Montreal (MoCA). Esta última prueba evalúa diferentes tipos de habilidades cognitivas: orientación (fechas, lugares...), memoria a corto plazo (repetición de palabras), función visoespacial (dibujo de formas geométricas, patrones, etc.), habilidades lingüísticas (repetir frases, enlistar palabras que empiecen con una letra...), capacidad de abstracción (enumerar similitudes o agrupar por categorías, etc.) y atención (por ejemplo, repetir una serie de números hacia delante y hacia atrás). Por último, se pide a la persona que está siendo evaluada que dibuje un reloj analógico cuyas manecillas marquen una hora concreta. La siguiente herramienta de la que disponemos es la imagen médica del cerebro. Esta puede mostrar su metabolismo, su actividad neurocinética en un espacio de tiempo o una imagen estática en un momento concreto. De todas las modalidades relacionadas con esta disciplina, las dos más usadas en nuestro contexto son la resonancia magnética (MRI) y la tomografía por emisión de positrones (PET). La ventaja que comparten radica en que la imagen se forma gracias a que la radiación viaja desde dentro –del cuerpo, cerebro, etc.– hacia fuera –el detector–. Además, ambos tipos de dispositivos pueden trabajar en 4D, es decir, que podemos inspeccionar un cerebro no sólo en las tres dimensiones espaciales, sino en el tiempo. Esto permite visualizar el camino seguido por sustancias –naturales o inyectadas en el paciente– o la actividad eléctrica o metabólica. La MRI de difusión es otra técnica que permite seguir el camino y movimiento de moléculas de agua. El objetivo de esta labor de espía es dar cuenta indirecta de las desafortunadas idas y venidas de las beta-amiloides y las tau. Además de la imagen médica, la extracción de líquido cerebroespinal mediante punción lumbar permite medir la concentración precisa de estas proteínas por medio de técnicas de electroluminiscencia. Estos piquetes se aplican en casos muy contados, ya que, además de molestos –y dolorosos–, representan serios riesgos de infección o lesión. El alzhéimer no tiene, en la actualidad, cura. Una vez que se ha alcanzado un grado concreto de deterioro mental, no hay vuelta atrás. Lo único que podemos hacer es retrasar todo lo posible su avance o, si hemos llegado a tiempo, la aparición de síntomas iniciales. Existen ya fármacos para limar la sobreabundancia de beta-amiloide; sin embargo, los expertos coinciden en que lo mejor al día de hoy para prevenir y tratar esta dolencia es el estímulo intelectual. Pero ¿por qué? ¿Acaso la sobreacumulación de beta-amiloide y tau no acabará atrofiando hasta la más capaz de las cabezas? La respuesta es sí, pero ni con ello está todo perdido. El cerebro es un órgano muy plástico, capaz de seguir generando nuevas conexiones –incluso bien avanzada la madurez– si es convenientemente estimulado. En resumen: cuantas más sinapsis y más fortalecidas se encuentren estas, mejor. Es lo que los neurólogos llaman reserva cognitiva. Sí, es posible que ciertas neuronas y sinapsis mueran ahogadas por el alzhéimer, pero mientras existan otras y estén bien ejercitadas, la mente encontrará el camino para seguir haciendo de nosotros, nosotros. Es como si contáramos con conexiones de back up en caso de que fallen las originales. Más que recuerdos Y si, tristemente, el alzhéimer asoma en el horizonte, tenemos a nuestra disposición un ejército de especialistas bien formados y con gran vocación, asociaciones de familiares de enfermos de alzhéimer (las AFA) y centros de estimulación a los que acudir o acompañar a nuestro pariente. Es reseñable también la labor de organizaciones como Música para Despertar, que consigue resucitar la consciencia de pacientes de alzhéimer avanzados mediante la música que antaño los hacía vibrar. Por último, no debemos perder de vista que, si bien el proceso de demencia acaba deshilachando el tapiz de los recuerdos, la memoria emocional nunca se pierde. Incluso en estados avanzados de la enfermedad, alguien que padezca alzhéimer seguirá comprendiendo cosas como el amor, la gratitud y la tristeza. Es posible que ya no recuerde que leyó este mismo artículo en su momento, pero muy posiblemente recordará lo que sintió al leerlo (¿le gustó?, ¿le alertó?, ¿le pareció muy interesante?). Nadie deja nunca de ser quien fue –ni siquiera Auguste Deter lo hizo en los peores momentos–, pues somos más de lo que podemos recordar.

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