Protección para criminales de guerra

Bastantes criminales nazis se libraron de ser ajusticiados y lograron refugiarse en áreas seguras gracias a la complicidad de la Iglesia católica. Estos son algunos de los más significativos.

Por Laura Manzanera

2023-01-01T08:00:00.0000000Z

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Editorial Televisa

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Los Nazis Y El Vaticano

Navidad de 1942, Treblinka, Polonia. Franz Stangl, comandante del campo de exterminio nazi, ordena construir una falsa estación de tren que incluya carteles con indicaciones de conexiones ferroviarias a Varsovia, Bialystok y Wolwonice. A menos de un kilómetro de allí, las cámaras gasean por miles a prisioneros judíos que habían pisado ese mismo andén. Bajo el mando de Stangl, en Treblinka perdieron la vida cerca de un millón de personas. Tras la guerra, el austriaco logró huir a Damasco, desde donde se desplazó a Brasil. Allí permaneció en el anonimato hasta 1968, cuando fue extraditado a Alemania Occidental. Dos años después, un tribunal de Düsseldorf lo sentenciaba por crímenes de guerra. De nada le sirvió culpar durante el juicio a otro oficial nazi de dirigir los campos en los que él mismo había estado al frente: Treblinka y Sobibor. “Aunque no hubiera hecho otra cosa que atrapar a este malvado hombre, mi vida no habría sido en vano”, declararía el famoso cazador de nazis Simon Wiesenthal, quien intervino en su captura y aseguró que su condena por parte de los alemanes, era tan importante como la de Adolf Eichmann por parte de los israelíes. Mientras que el artífice de la logística de la deportación de judíos a los campos de la muerte fue ahorcado en Jerusalén en 1962, la sentencia de Stangl fue cadena perpetua por genocidio. Se le consideraba responsable del asesinato de más de 900,000 personas. En 1972, la periodista austríaca Gitta Sereny entrevistó a Stangl en la cárcel. Y lo hizo justo a tiempo, porque menos de 24 horas después de que finalizara, el 28 de junio, el reo murió de un ataque al corazón. De las más de 70 horas de conversaciones nació un libro: Desde aquella oscuridad. Conversaciones con el verdugo: Franz Stangl, comandante de Treblinka. La obra aborda “la banalidad del mal”, expresión que acuñó Hannah Arendt para referirse a los actos de extrema crueldad practicados por personas ordinarias convertidas en auténticos monstruos. Sereny intentó mostrar y, en la medida de lo posible, entender sus razones a través de un estremecedor viaje a lo más tenebroso del alma humana personificado en su entrevistado. Stangl, “la muerte blanca” A Franz Stangl, lo de mandar ya lo tenía muy bien practicado desde varios años atrás. En 1930 obtuvo una plaza de policía en Inssbruck y al año siguiente se afilió al NSDAP, el Partido Nazi, y pasó a ser miembro de las SS. Siete años más tarde, luego de la anexión de Austria a Alemania (Anschluss) fue reclutado por la Schutzpolizei, controlada por la Gestapo, y un poco más tarde por la Oficina Judía. Como apunta Eric Frattini en La huida de las ratas. Cómo escaparon de Europa los cri minales de guerra nazis, “se había ganado los galones dentro del nazismo austriaco al haber participado en el fallido golpe de Estado perpetrado por el Partido Nacionalsocialista austriaco el 25 de junio de 1934”. Por último, le ofrecieron el puesto de supervisor de seguridad de todos los centros del programa secreto de eutanasia Aktion T4, dirigido a mejorar la raza aria eliminando a los enfermos y, en la práctica, un entrenamiento para los campos de exterminio. Según Frattini, “era metódico y le gustaba diseñar formas más efectivas para asesinar con mayor rapidez y eficacia”. Tan eficiente fue que lo destinaron a la Operación Reinhard, la fase inicial del Holocausto. Stangl llegó a Polonia en la primavera de 1942 y Sobibor se inauguró, bajo su supervisión, a principios de mayo. A finales de ese mes, en el recinto se habían asesinado a unos 100,000 judíos. Al poco tiempo lo mandaron a Treblinka, algo que se consideró como un ascenso. Reorganizó y deshumanizó el campo hasta límites inimaginables. Los prisioneros lo llamaban “la muerte blanca” porque lucía una casaca militar de ese color. El mismo Stangl reconocería que “[Treblinka] era el sitio más horrible de todo el Tercer Reich. Era el infierno de Dante. Era como si Dante estuviera vivo”. En agosto de 1943 fue capturado y trasladado al campo de prisioneros de Glasenbach por los aliados, y mientras estos recopilaban información con la esperanza de poder juzgar a los criminales de guerra, él intentaba pasar desapercibido. Hasta que, en 1947, unos policías austriacos se presentaron en Glasenbach reclamándolo. Los estadounidenses se lo entregaron enseguida y lo condujeron a una prisión de Linz. Consiguió huir y alcanzar Roma, donde le ayudaron a esconderse de la justicia definitivamente, en Brasil. Stangl fue sólo uno de los muchos criminales nazis que escaparon a través de la Ruta de las Ratas [ver artículo anterior]. Otto Wächter, mano derecha del carnicero de Cracovia Otro responsable de las atrocidades cometidas por los nazis que se fue de rositas gracias al apoyo del Vaticano fue Otto Wächter, aunque él se quedó en Roma. Este alto mando de las SS fue mano derecha de Hans Frank, el Carnicero de Cracovia, ciudad de la que fue gobernador, además de hombre de confianza de Himmler y muy próximo, entre otros, a Reinhard Heydrich, el carnicero de Praga. Pese a estar acusado de la ejecución de miles de judíos en Polonia nunca fue juzgado y murió protegido por la Santa Sede. Como tantos otros, acabada la guerra, Wächter se convirtió en fugitivo. Despistó a las autoridades aliadas durante cuatro años, escondido en los Alpes, hasta que en 1949 se benefició de la red de apoyos nazis de la capital italiana. Le proporcionó refugio el obispo Alois Hudal, figura clave en la asistencia a los grandes criminales nazis. Vivió austeramente en un convento hasta su muerte, a causa de una enfermedad renal. Hudal le acompañó en sus últimos momentos. Philippe Sands, especialista en juicios sobre crímenes contra la humanidad, recogió la historia de Wächter en el libro Ruta de escape, cuyas páginas descubren las oscuras conexiones del Vaticano con los nazis y Estados Unidos al inicio de la Guerra Fría. Se basa en las cartas que intercambiaron durante años Otto y Charlotte, su esposa y cómplice. Ambos se amaban y adoraban la causa nazi, un doble amor que alimentaron hasta el final de sus días. Ernst von Weizsäcker, amigo del papa En la defensa de la política de Hitler también colaboró estrechamente un diplomático de alto rango que llegó a ocupar el cargo de secretario de Estado en el Ministerio de Asuntos Exteriores del Tercer Reich (1938) y que fue embajador ante la Santa Sede de 1943 a 1945: Ernst von Weizsäcker, padre del que fuera primer presidente de la Alemania unificada, Richard von Weizsäcker. En 1936, siendo embajador en Suiza, recomendó retirar la nacionalidad alemana al escritor Thomas Mann (Premio Nobel de Literatura de 1929). El motivo que alegaba era que había criticado duramente al régimen nazi, y no le faltaba razón, porque el autor de La montaña mágica y Muerte en Venecia lo combatió desde su exilio en Estados Unidos a través de sus alocuciones radiofónicas. Von Weizsäcker “captó bien la naturaleza dual, aunque claramente política, de la Iglesia tal como dicha naturaleza está contenida en el papa [Pío XII], al que conocía bien”, recoge Daniel Jonah Goldhagen en La Iglesia católica y el Holocausto. Una deuda pendiente. Fue uno de los pocos políticos germanos de alto nivel condenados a prisión por su vinculación con la política nazi: le cayeron siete años, pero antes hubo de enfrentarse a un problemático episodio en Roma. Tras la ocupación alemana de la Ciudad Eterna, por miedo a posibles represalias, Pío XII había mandado levantar las disposiciones canónicas a los conventos de clausura para que las familias que lo necesitaran se refugiasen en ellos. Así pudieron esconderse miles de judíos, mientras que otros lograron abandonar la ciudad previamente prevenidos por los católicos. Debido a la presencia de la Gestapo, los “salvamentos” debían elaborarse a máxima prisa pero siempre de la forma más discreta posible. Pese a todo, la noche del 16 de octubre de 1943, por orden directa de Himmler, las SS pasaron a la acción y empezaron los arrestos de judíos en la ciudad. En cuanto fue informado de ello, el papa presentó una protesta formal al entonces embajador en la Santa Sede, Von Weiszäcker. Le advirtió que si la redada no cesaba en ese instante, hablaría públicamente sin importarle las consecuencias que sus palabras pudieran tener para su persona. Por otro lado, el pontífice mandó a su sobrino, Carlo Pacelli, a reunirse con el obispo Alois Hudal, simpatizante de Alemania, para ordenarle que escribiera una carta a sus contactos germanos con el objetivo de parar las detenciones de inmediato. Von Weiszäcker, que alardeaba de poder establecer buenas relaciones entre el Vaticano y Berlín, debió informar a sus superiores. A pesar de que alrededor de un millar de personas fueron capturadas y conducidas a la muerte, la redada en Roma se suspendió y la inmunidad de los conventos se mantuvo. Se calcula que las medidas tomadas por Pío XII salvaron la vida de unas 6,000 personas que habrían sido deportadas. El papa, que se había negado a abandonar la ciudad durante el conflicto, “obligó a los ejércitos contendientes a respetar la ciudad”, en palabras del propio Von Weiszäcker. Walter Rauff, inventor de los camiones de la muerte Algunos de los criminales nazis que se beneficiaron de la ruta de escape romana acabaron colaborando con servicios de inteligencia occidentales. Eso hizo Walter Rauff, excoronel de las SS –llegó a ser su número tres– y exjefe de la policía secreta en Italia de 1943 a 1945. Fue el inventor de las cámaras de gas ambulantes bautizadas como “camiones de la muerte”, en las que fueron ejecutados al menos 100,000 judíos. Prisionero de los británicos en 1945, escapó del campo de Rímini con la ayuda de un sacerdote católico que le escondió durante 18 meses en diversos conventos. Huyó a Siria y trabajó en Damasco. En 1949 saltó a Ecuador, donde trabajó de comerciante, y en 1958 a Chile. Allí administró una fábrica de conservas de pescado en la ciudad más austral del país, Punta Arenas. Los gobiernos de Israel, Francia y Alemania Occidental pidieron sin éxito su extradición en varias ocasiones. A finales de 1962 fue detenido y encarcelado en Chile, pero los tribunales dictaminaron que sus delitos habían prescrito y fue liberado... y contratado como espía por la RFA [ver recuadro]. Murió en 1984 en un hospital chileno.

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