UN SILENCIO MORTAL

Por Vicenta Pesutic

2023-01-01T08:00:00.0000000Z

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Editorial Televisa

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Los Nazis Y El Vaticano

Conocida es la autoridad moral que había ganado la Santa Sede ante los ojos del mundo con Pío XI, entre 1922 y 1939; autoridad moral que se pondría en tela de juicio, para la posteridad, con la llegada de su sucesor, y que encontraría su clímax cuando el bando de Hitler ordenara la deportación a los campos de concentración alemanes de más de 1,000 judíos romanos en octubre de 1943. Ya desde año y medio antes de la orden de captura y deportación de los judíos de Roma se venía presionando al papa Pío XII para manifestarse públicamente en torno a los horrores de la guerra y en particular a las acciones del régimen nazi. Desde distintos flancos se había intentado presionar al sumo pontífice para que se posicionara; acaso pudiera, con su autoridad sobre la cristiandad universal, proteger el destino del pueblo judío o evitar otras atrocidades. El embajador inglés en el Vaticano, D’arcy Osborne, así como su homólogo norteamericano una vez que Estados Unidos se unió a la guerra, Harold Tittman, la prensa internacional e incluso las propias fuerzas alemanas en Roma habían hecho una serie de esfuerzos por evitar la tragedia. El caso de la deportación romana en particular supuso para el Vaticano una especie de talón de Aquiles, y para el desarrollo de la guerra fue un punto clave. El Daily Telegraph de Londres, ya a mediados de 1942, había sido el primer medio de prensa en publicar noticias sobre el Holocausto –a pesar de que este concepto aún no se utilizaba–, dando cifras sobre la vastedad del exterminio judío y revelando el uso de gases. Es decir, entre mediados de 1942 y el otoño de 1943 el mundo se había enterado poco a poco de las políticas de Hitler y las reacciones no se habían hecho esperar. El temor y la incertidumbre rondaban las conversaciones de los aliados, pero también las de la población civil, como un secreto a voces, y ya existían numerosos relatos de testigos respecto al traslado en masa de personas a los campos de exterminio. De hecho, los obispos de Europa se habían dispuesto en numerosas ocasiones a debatir si acaso debían manifestarse públicamente, al menos exigiendo un trato distinto para los judíos convertidos al catolicismo, ante las políticas del régimen alemán. En una de esas ocasiones, cuando habían comenzado las deportaciones en masa de judíos en 1941, tras discutirlo, curiosamente “decidieron no irritar al régimen, ni siquiera en defensa de sus propios fieles” (John Cornwell, 2000). En este contexto, es cierto, existía una atmósfera general de gran desconcierto ante la actitud del papa. Sólo hacia fines de 1942 Pío XII se mostró más activo haciendo algunas gestiones por evitar un posible bombardeo de Roma. Famosa es –y controvertida fue en su momento– su homilía de Navidad de 1942: en el sermón, repasa muy por encima la emergencia política que se vivía, reduce la problemática vigente a los intereses económicos de uno y otro bando y destaca la responsabilidad del cristiano para con su Iglesia, tocando la cuestión judía sólo de manera tangencial y en términos simbólicos y no directos. De aquí su emblemática frase, que abriría las puertas a la controversia en torno a su posición, así como al posterior debate historiográfico: “La humanidad debe ese compromiso a los cientos de miles que, sin haber cometido ninguna falta, a veces sólo a causa de su nacionalidad o raza, se ven marcados para la muerte o la extinción gradual”. A pesar de su ambigüedad, al parecer el propio ministro Goebbels habría denunciado al papa ante el Führer por esta declaración en contra del racismo, cuestión no menor a tener en cuenta. De la Tiburtina a Auschwitz El 16 de octubre de 1943, a las cinco y media de la madrugada y bajo una lluvia torrencial, 365 efectivos de la policía alemana entraron al gueto judío de Roma y arrestaron de una sola vez a cientos de familias, con una lista en mano bien documentada que se había encargado de hacer Theodor Dannecker, máxima autoridad de las SS a cargo de la operación. El historiador John Cornwell, defensor de la tesis del papa pronazi, apunta el hecho de que el sumo pontífice no hiciera nada para evitar este catastro clave de información, a lo largo de las semanas anteriores a la deportación, como un elemento decidor de su posición. Las SS llevaron a los deportados primero a una estación intermedia, para así poder organizar a los detenidos y el trayecto en tren, que se llevaría a cabo dos días después, el 18 de octubre. El sitio escogido fue el Collegio Militare, que estaba no muy lejos de las estancias vaticanas. Luego de la espera fueron trasladados a la estación Tiburtina y subidos a vagones de ganado para su transporte hasta Auschwitz Birkenau. Los aproximadamente 1,060 judíos arrestados y deportados se iban de Roma sin que Pío XII dijera una sola palabra al respecto. Del total de judíos de la deportación sólo sobrevivieron 16. El gueto judío romano era el más antiguo de toda la Europa Occidental: tenía 400 años de existencia al momento de la llegada de los alemanes y había sido establecido en el siglo XVI por el papa Pablo IV con el fin de segregar a los judíos en medio de la controversia religiosa, y había atravesado más de un bache histórico desde su fundación, abriéndose y cerrándose en varias ocasiones hasta fines del siglo XIX, cuando sus muros fueron derribados. La llegada de los nazis a Roma significó para la ciudad, sin duda, la reapertura de esta vieja herida, además de la herida nueva de la guerra. Quizá por este mismo motivo de largo alcance histórico, durante el periodo de ocupación nazi se sucedieron muchos movimientos en torno al gueto judío, tanto de colaboración como de amenaza, que marcaron el devenir de su población. Uno de los antecedentes claves del plan de deportación, naturalmente enmarcado dentro de la llamada Solución Final, fue la ocurrencia del comandante de las SS Herbert Kappler, que hacia fines de septiembre de ese mismo año exigió un rescate en 50 kilos de oro (lingotes de oro) a los judíos ante la amenaza que sufrían. La población hizo la recolección y accedió al intercambio, pero las fuerzas alemanas se quedaron con el oro recaudado y no cumplieron con su parte, apresándolos menos de un mes después. Por otra parte, el dilema moral de la Iglesia respecto de su pronunciamiento público fue mucho más dramático para los representantes del alto poder de la institución eclesiástica que para el pueblo católico llano y el sacerdocio local, que a efectos de la protección de judíos fue abiertamente más claro y ocultó a muchos de ellos. Mediante este mecanismo, unos 10,000 judíos quedaron a salvo en toda Italia. Algunas fuentes señalan que estas ayudas y asilos a judíos desperdigados por los diferentes conventos y monasterios se habrían llevado a cabo por orden directa del papa, pero el sumo pontífice nunca reconoció por sí mismo estas afirmaciones ni ninguna estrategia italiana de colaboración en red. Pío XII no reaccionó ante la opinión pública ni siquiera en aquel momento crucial de la deportación. No sabemos con total certeza, hasta el día de hoy, si por cautela, estupefacción, estrategia, preferencia u otro motivo, a pesar de las numerosas hipótesis que se manejan, tanto desde fuentes eclesiásticas como civiles e historiográficas. La controversia de Roma Existe un telegrama del 19 de octubre enviado al departamento de Washington por el embajador norteamericano en el Vaticano en el que este afirma que el papa había declarado que se sentía “coartado ante la situación anormal de aquellos momentos”. Se pronunciaron con un par de cartas –en nombre del pontífice y en señal de protesta contra el actuar de los nazis– el embajador alemán en la Santa Sede, Von Weizsäcker, y el obispo de la Iglesia alemana en Roma, Alois Hudal, pero ninguna de estas misivas llegó suficientemente a tiempo, se hizo lo bastante pública o cobró relevancia. Esto lleva, como es natural, a pensar que había algo que no encajaba con la exposición de una postura clara por parte de la Santa Sede. Diversos elementos disponibles permiten inclinarse por una u otra hipótesis respecto de las razones de la inhibición que sentía el sumo pontífice. Así, encontramos posturas opuestas entre los analistas e historiadores, con John Cornwell del lado de la idea de un Pío XII afín a los alemanes (con su famoso libro El papa de Hitler) y Martin John Gilbert desde una perspectiva opuesta, que sitúa a Pío XII como enemigo indiscutible del nazismo. Igualmente, se han conocido a lo largo de los años de posguerra una serie de publicaciones sobre esta controversia histórica que incluyen a periodistas de guerra, estudiosos provenientes del campo religioso y supervivientes del Holocausto que no solo relatan su testimonio sino que otorgan luces en torno al escenario político. Incluso, el rabino e historiador David G. Dalin publicó en 2005 un libro titulado El mito del papa de Hitler, en clara alusión a la investigación de Cornwell, defendiendo la tesis de un papa estratega “salvador de judíos en secreto”. Según Gilbert, Pío XII habría salvado a tres cuartas partes de los judíos de Roma gracias a su entramado de relaciones y su influencia territorial, en medio de un silencio que le permitía operar alejado de la mira nazi. Para el rabino Dalin, a favor de esta tesis existen una serie de elementos en torno a la vida del papa que no solo lo alejan del antisemitismo sino que lo acercan al mundo judío: su profunda y larga amistad con el judío practicante Guido Mendes, uno de los médicos más prestigiosos de Roma; la exitosa reunión que Pacelli sostuviera en 1917 con Cyrus Adler, importante intelectual y autoridad del Comité Judío-americano; su (hasta hoy misterioso) convencimiento al padre Coughlin de que abandonara sus emisiones radiofónicas antisemitas; la posición de su abuelo como fundador del periódico vaticano L’osservatore Romano, y su consecuente tradición familiar de portavocería y espíritu crítico, o su papel en la excomunión de los dirigentes nazis en 1932. A esto añade que Alemania fue el único país de Europa que no envió un representante oficial a la coronación de Eugenio Pacelli como Pío XII, el 12 de marzo de 1939, y que Pacelli, ya investido, habría acogido a varios eruditos judíos en la Biblioteca Vaticana tras el decreto alemán antisemita. También apuntan en esta dirección otros elementos, como su influjo decisivo en la redacción de la encíclica de su predecesor Pío XI Mit brennender Sorge, que condenaba explícitamente el nazismo, o la existencia de su propia primera encíclica, Summi Pontificatus, igual de crítica. Además, el hecho de que el papa habría dado, a nivel de obispados, instrucciones literales a los monasterios para que refugiaran a los judíos que huían en otros puntos de Europa, como es el caso conocido de Hungría y Angelo Rotta, o la serie de asilos que se dieron al pueblo judío en 1943 en la misma Italia, donde Castel Gandolfo, residencia de descanso papal, funcionó como refugio aunque el número de asilados es todavía impreciso. Hay testimonio de asilo también en otros establecimientos de importancia, como el Seminario de Roma. Para el investigador Robert Katz, lo más indignante en relación a la redada de Roma habría sido “el escaso margen de advertencia, y que se hubiera propiciado el clima de ‘aquí no puede ocurrir’” (Madrid, 2005), y cita el testimonio de la única mujer sobreviviente de la deportación de Roma, Settimia Spizzichino, como prueba de la falta de intervención papal en ese momento crucial. El asunto es que todavía hoy nadie ha logrado confirmar que el papa supiera de antemano, o al menos con demasiada antelación, del plan específico de deportación masiva a realizarse el 16 de octubre. Sea como fuere, hacia fines de 1943 cada quien tenía su propia interpretación bien fundada respecto del silencio de Pío XII. Osborne, como buen representante inglés, estaba convencido de que el papa se convertiría en el gran pacificador de la guerra, razón por la cual habría optado por mantener cautelosamente la neutralidad. La posición tomada por los círculos vaticanos, mantenida hasta el día de hoy, sostenía que la Iglesia había sido extremadamente prudente debido a que la presencia nazi en el país constituía una amenaza real para la población y no podía permitirse ser la propiciadora de mayores masacres por venganza, como había ocurrido con algunos casos locales de resistencia religiosa. Otros pregonaban que la actitud papal se debía a su rechazo al comunismo, temiendo que una mayor arremetida nazi pudiera haber provocado un alzamiento general de los partisanos. También se barajó como factor la incertidumbre de un eventual triunfo del Eje; incluso circulaban rumores de un plan de secuestro papal por parte de Hitler como motivo de su extrema cautela. El misterio del silencio papal Más allá de todas estas consideraciones, resulta enormemente significativo que Roma haya suscitado tal controversia. Como sede del Estado Vaticano no podía sino ser una carta crucial para las relaciones entre la Santa Sede y los bandos de la guerra, operando como piedra de toque para la construcción posterior del relato histórico. Allí se zanjaron muchas cosas; no solo el destino trágico de esas 1,000 personas (y los centenares de ellas que fueron deportadas de manera gradual con posterioridad), sino la mitificación de figuras como Pío XII y el cuestionamiento de la estructura de relaciones del poder político europeo. La deportación de Roma sucedía en la propia casa del papa, planteando un escenario delicado: ¿quién ejercía la autoridad en ese territorio? La controversia en torno a la deportación de Roma se produjo en un escenario de posarmisticio italiano, lo que originó un ambiente inestable y nuevo en el que las fuerzas del nazismo, antes amigas del régimen italiano, entraron a Roma sin directrices claras. Es posible que ni Alemania ni el gobierno provisional italiano, ni el Vaticano ni el papa, supieran qué curso tomarían los acontecimientos después de la invasión de los germanos. Las palabras de evaluación del historiador John Cornwell en torno a la intransigente neutralidad del papa resultan iluminadoras: “La incapacidad de Pacelli para responder a la inmensidad del Holocausto era algo más que una incapacidad personal, era un fracaso de la propia institución papal y de la cultura predominante en el catolicismo. Ese fracaso estaba implícito en las distancias que el catolicismo había creado y mantenido: entre lo sagrado y lo profano, lo espiritual y lo terrenal, el clero y el laicado” (Barcelona, 2000). Pío XII ejercía sus funciones pontificias ad portas de una transformación global, en medio de un tránsito hacia un mundo en el que los límites de esas mismas funciones ya estaban objetados y prácticamente difuminados, allí donde la Iglesia no se sabía si constituía una entidad religiosa o más bien política, razón por la cual la necesidad de regular las relaciones entre esta y el Estado se había hecho urgente en todo el mundo. Esta circunstancia resulta esclarecedora para varias hipótesis sobre su silencio, no sólo para la postura de Cornwell. También para la idea de un papa estratega ante el aparataje nazi, o de un papa que, más que perder su poder, lo había ejercido políticamente de modo magistral. El escenario que encontraba ante sí Pío XII, electo solo meses antes de que estallara la guerra, no era fácil. Si se revisan las imágenes del día de su investidura, el semblante perplejo de su rostro deja entrever algo de esto, y su expresión de incertidumbre resulta francamente estremecedora.

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