Mussolini y los Pactos de Letrán

Por Pere Cardona

2023-01-01T08:00:00.0000000Z

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Editorial Televisa

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Los Nazis Y El Vaticano

La compleja y cambiante posición mantenida por Benito Mussolini frente a la Iglesia católica implicó un cambio profundo en las relaciones mantenidas por su gobierno con la Santa Sede. En 1929, los acuerdos alcanzados entre el dictador italiano y el cardenal Pietro Gasparri resolvieron el contencioso aparecido tras la incorporación de los Estados Pontificios a la Italia reunificada. Alo largo de la historia hubo un periodo en el que la Iglesia católica gobernó un tercio de la península itálica. Los llamados Estados Pontificios abarcaron una extensión equivalente a las actuales Lacio, Las Marcas, Umbría y Emilia-romaña. Desde la caída del Imperio romano, los papas administraron estas regiones con el beneplácito de emperadores como Pipino el Breve o Ludovico Pío, ambos coronados por la Santa Sede. A cambio, los sumos pontífices ejercieron una monarquía absolutista desde Roma, su capital. La adopción de una moneda única (el escudo y las liras pontificias) o la coexistencia del latín y el italiano como idiomas oficiales diluían la frontera existente entre religión y Estado. Esta forma de gobierno comprendió la Edad Media, el Renacimiento y parte de la Edad Moderna, cuando comenzó el progresivo declive que conduciría a su final. Desde la invasión napoleónica de 1797 hasta la reunificación italiana culminada en 1870, una sucesión de guerras, alianzas y plebiscitos redujeron los antiguos dominios eclesiásticos a Roma y sus alrededores. Ese mismo año, la toma de la Ciudad Eterna por parte de Víctor Manuel II certificó el final del conglomerado pontificio. Consumada la derrota, el destino papal quedó en manos de la nueva Italia. Las autoridades seculares ofrecieron al sumo pontífice la creación de una ciudad-estado que comprendía los territorios de la colina del Vaticano delimitados por las murallas leoninas, pero Pío IX rechazó la propuesta y se autoproclamó prisionero del nuevo régimen –Captivus Vaticani–; una actitud mantenida por sus sucesores hasta la firma del Tratado de Letrán. Durante este periodo, los papas se negaron a abandonar el Vaticano y a realizar apariciones públicas en la plaza de San Pedro o asomados a la basílica vaticana. En su lugar, impartieron las bendiciones urbi et orbi (“a la ciudad y al mundo”) en el propio edificio religioso o desde un balcón interior. Además, coronaron a sus sucesores ajenos al mundo, en la intimidad ofrecida por la Capilla Sixtina. Un callejón sin salida La negativa a negociar de Pío IX propició la intervención del Parlamento italiano. El 13 de mayo de 1871, la aprobación de la Ley de Garantías intentó solventar el problema garantizándole privilegios similares a los otorgados al rey: reconocía su inviolabilidad personal, el mantenimiento de una guardia armada y una retribución anual basada en el último presupuesto pontificio. Al mismo tiempo, sus bienes serían declarados inalienables, no podrían expropiarse y quedarían exentos de tributación. En cuanto al capítulo relativo a las relaciones internacionales, le otorgaba la potestad de recibir y designar embajadores; los ministros y diplomáticos acreditados ante la Santa Sede o designados por esta última en el extranjero gozarían de los mismos derechos, inmunidades y prerrogativas que cualquier otro emisario. Esta medida motivó que, en la esfera internacional, la mayoría de países mantuvieran sus representaciones ante el Vaticano en detrimento del cuerpo consular, cuya labor estaba más relacionada con el poder político. No obstante, la incorporación vaticana al reino italiano constituyó un escollo insalvable que congeló las relaciones institucionales entre la Santa Sede y el Estado. El papa excomulgó a Víctor Manuel II y el gobierno rehusó reconocer los matrimonios eclesiásticos; una medida que tensionó las zonas rurales romanas, feudos de amplia tradición católica. A partir de aquel instante, la crispación se instaló en parte de la sociedad. Episodios tan desafortunados como el intento de ultraje al cadáver de Pío IX mientras era trasladado a la iglesia de San Lorenzo Extramuros, las presiones e insultos recibidos por su sucesor, León XIII, en diversos mítines populares o la inauguración de una estatua en honor a Giordano Bruno, quemado por la Iglesia en el año 1600, constituyeron buena muestra de ello. Ascenso del fascismo Habrían de pasar casi cinco décadas desde la caída de Roma hasta la aparición de una oposición católica organizada. El 18 de enero de 1919, el sacerdote Luigi Sturzo convocó a todos los hombres “libres y fuertes que sientan el deber de cooperar a los fines supremos de la patria bajo los ideales de justicia y libertad” a ingresar en el Partido Popular Italiano, una propuesta de corte democristiano. El llamamiento constituyó un éxito y en pocas semanas la formación registró más de 56,000 afiliaciones. Pasados cinco meses concurrió a las elecciones celebradas en noviembre y consiguió un 20.5% de los escaños, convirtiéndose en la segunda fuerza parlamentaria, por detrás del Partido Socialista.

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