La Iglesia y los Estados aliados

Por Alberto De Frutos

2023-01-01T08:00:00.0000000Z

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Editorial Televisa

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Los Nazis Y El Vaticano

LA IGLESIA Y LOS ESTADOS ALIADOS La neutralidad del Vaticano no apagó su inclinación hacia los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, a pesar de los desencuentros y del tacticismo que inspiró siempre su diplomacia. Terminado el conflicto, su alineamiento con el bloque occidental frente a la Unión Soviética caería por su propio peso. En su primera encíclica, Summi Pontificatus, publicada el 20 de octubre de 1939, Pío XII hablaba del “terrible incendio de la guerra” que se había desencadenado pese a sus esfuerzos, y aludía al “fúnebre llanto” de Polonia, una nación que se había destacado por su “tenaz fidelidad a la Iglesia y por sus méritos en la defensa de la civilización cristiana”. Su toma de postura era clara y situaba a la Iglesia en el lado “bueno” de la historia, en línea con la encíclica Mit brennender Sorge (Con ardiente preocupación) de su antecesor, Pío XI, quien en 1937 había explicado a los fieles alemanes las razones del Concordato con el Reich y se había descargado de culpa por su incumplimiento. Sea como sea, los esfuerzos de la Santa Sede por mantener la paz se revelaron inútiles y el Vaticano se adentró en las aguas pantanosas de un conflicto en el que se desenvolvería con las solas armas de la diplomacia. Es ahí donde sus detractores encuentran una mina para desprestigiar su labor, por mezquina o insuficiente, obviando a veces el contexto en el que se desarrolló y pasando por alto que tanto su prudencia como su silencio no fueron, necesariamente, sinónimo de inacción. Su compromiso con la libertad fue evidente, tanto como la presión que ejerció el Tercer Reich para someterlo. Desde el principio, la elección de Pacelli como papa había suscitado el rechazo del gobierno alemán, que no envió a ningún representante a su coronación. Como denunciaba el Berliner Morgenpost, como cardenal, el romano siempre se había opuesto al nacionalsocialismo “y fue quien, prácticamente, determinó las políticas del Vaticano bajo su predecesor”. Ese desprecio contrastaba con las reacciones positivas que su nombramiento suscitó en Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña. El presidente Roosevelt lo felicitó y recordó la visita de aquel a Estados Unidos, cuando todavía era secretario de Estado y camarlengo, entre octubre y noviembre del año 1936. El gobierno británico no dejaría de agradecer su incansable lucha por la paz, aunque esta estuviera condenada al fracaso; e incluso los comunistas franceses lo recibirían con agrado, a juzgar por los elogios que le dedicó su órgano oficial, L’humanité , que lo pintó como un “adversario de las teorías raciales y un amigo de la libertad de conciencia y de la dignidad humana”. Tras la invasión de Polonia, el papa siguió creyendo en la paz pero entendió que Hitler y sus seguidores no eran interlocutores válidos para alcanzar ese propósito. De ahí que, durante el invierno de 1939 y 1940, apoyara secretamente la iniciativa del miembro de la resistencia alemana Joseph Müller para derrocar al Führer y entablar conversaciones con Inglaterra y Francia, transgrediendo la neutralidad a que lo obligaban los Pactos de Letrán, suscritos con la Italia fascista en 1929. Entretanto, en marzo de 1940, dos meses antes de la batalla de Francia, recibía al ministro de Exteriores alemán, Joachim von Ribbentrop, en un duelo entre la moderación y la arrogancia que no daría ningún resultado, más allá del botín propagandístico para los nazis. Guante de seda, mano de hierro Ciertamente, ante la barbarie nazi la Santa Sede se expresó siempre con calculada ambigüedad y un punto de abstracción. En los años que duró la guerra, un solo miembro del Colegio Cardenalicio, el primado polaco August Hlond, sería detenido por la Gestapo por sus discursos contra la ocupación de su país, mientras que personajes como el obispo austriaco Hudal se pusieron a los pies de Hitler, aunque internamente hacía lo posible por socavar su poder. Si la guerra acababa pronto –suponía el santo padre–, sería requerido como mediador entre las dictaduras nazi y fascista y las democracias occidentales, por lo que evitaba volar todos los puentes, aunque algunos le acusaran de minimizar el horror más grande del siglo XX. Por el contrario, la confrontación de la Santa Sede con el régimen estalinista fue mucho menos sutil, tal vez porque a Pío XII nunca se le pasó por la cabeza que el Reich fuera a durar 1,000 años pero sí temía que los bolcheviques se perpetuaran en el poder. Esto no quiere decir, como han apuntado algunos historiadores, que llegara a persuadir al Tercer Reich a emprender una cruzada contra el comunismo. En su felicitación navideña a los miembros del Sacro Colegio y la Prelatura romana, el 24 de diciembre de 1939, Pío XII habló del “suelo ensangrentado de Polonia... y Finlandia”, y L’osservatore Romano celebró la expulsión de la Unión Soviética de la Sociedad de Naciones el 14 de diciembre. En aquel momento, y hasta el inicio de la Operación Barbarroja, la Unión Soviética no era un país aliado: el pacto germano-soviético, firmado en Moscú el 23 de agosto de 1939, había servido para allanar el camino predatorio de ambas potencias en el Viejo Continente. A partir de junio de 1941, con la invasión nazi de su territorio, el Vaticano se abstuvo de criticar abiertamente a la Unión Soviética, pero no dejó de mirar con recelo el acercamiento de Estados Unidos y Gran Bretaña a su socio del este. Como ha apuntado el historiador John H. Dombrowski, para Pío XII, atraer a Alemania a la civilización cristiana sería más fácil que convertir a la URSS: “No hay duda de que se hubiera comunicado más fácilmente con un Von Papen o un Von Hindenburg que con un comisario bolchevique”. Con su proverbial astucia, Stalin trataría luego de reconciliarse con la Santa Sede, aliviando la coerción a la Iglesia católica para neutralizar así el efecto que las opiniones del papa podían tener sobre los aliados. Pero, al igual que la Constitución de 1936 hablaba de “libertad de culto” mientras las autoridades desmantelaban los templos religiosos, la buena disposición de Stalin se contradecía con los hechos. Antinazi y anticomunista, Pío XII ampararía, en consecuencia, la causa de Estados Unidos y Gran Bretaña, pese a jugar la partida con las manos atadas a la espalda: su independencia y soberanía dependían de los caprichos de Mussolini que, en cualquier momento, podía convertir Letrán en papel mojado, y su supervivencia, de la cólera nazi. Si Gran Bretaña le reprochó a menudo su sumisión o su tibieza, las relaciones con Estados Unidos fueron, por lo general, más fluidas, entre otras cosas, debido a la afinidad personal con su viejo amigo Roosevelt y su enviado personal, el industrial Myron Charles Taylor. Los bombardeos de Roma Sin embargo, el camino con ambos estuvo repleto de obstáculos. Para los representantes de Gran Bretaña y Estados Unidos, su silencio elusivo sobre el Holocausto no era asumible y, desde luego, se llevaron las manos a la cabeza cuando la Santa Sede estableció relaciones diplomáticas con Japón en 1942, sólo unos meses después del ataque a Pearl Harbor. ¿Acaso Pío XII lo aprobaba?

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