UN PACTO CON EL DIABLO

Por Gonzalo Pulido

2023-01-01T08:00:00.0000000Z

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Editorial Televisa

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Los Nazis Y El Vaticano

En julio de 1933, la Iglesia católica y la Alemania nazi firmaron el Concordato entre la Santa Sede y el Reich alemán. La complejidad de los factores involucrados y de las consecuencias de este acuerdo han motivado versiones radicalmente opuestas sobre los objetivos y la responsabilidad de la Iglesia. Todo esto te daré, si postrándote me adoras”, relató Mateo (Mateo, 4:9) que le dijo Satanás a Jesucristo, a lo que este respondió: “¡Vete, Satanás! Porque está escrito ‘Adora al Señor tu Dios y sírvele solamente a él’”. Aunque el relato bíblico termina con el triunfo del bien sobre el mal, este no siempre es el resultado de tan eterna batalla contra la seducción. Uno de los mejores ejemplos que la historia ha dejado al respecto lo encontramos en el Reichskonkordat y la relación entre la Iglesia católica y la Alemania nazi. Como spoiler, señalemos que, en julio de 1933, el representante en la Tierra de Jesucristo, Pío XI –junto a su sucesor, Pío XII, el entonces cardenal Eugenio Pacelli–, se postró ante el embajador más importante de Satanás en aquellos momentos, Adolf Hitler, y –en la peor de las versiones– lo adoró o –en la mejor– simplemente se sirvieron mutuamente el uno del otro. Por tanto, hasta aquí, una realidad tan incuestionable como contraria a las Sagradas Escrituras, quizá lo único incuestionable del Reichskonkordat o Concordato Imperial firmado en 1933 entre Alemania y la Santa Sede: la Iglesia católica se “rindió” ante el régimen nazi. Pero, más allá de lo teórica y éticamente correcto o incorrecto, en la colaboración de la Iglesia católica con la Alemania nazi de Adolf Hitler anida uno de los grandes dilemas historiográficos, políticos y morales de la historia de la humanidad: ¿fue esta sumisión conveniente o forzada, salvó vidas o las condenó? Y, claro, el asunto es mucho más complejo de lo que pudiera parecer, lo que ha provocado una colisión de versiones considerable. La versión crítica La discusión, la batalla historiográfica, se enmarca en el campo práctico, ya que, como hemos comentado, la confrontación teórica ya fue delimitada por las Sagradas Escrituras –supuestamente, por el propio Jesucristo, el hijo de Dios–. Y poco más se puede decir en cuanto a la cuestión teórica, pues no creo que exista un ser racional que considere que Jesús habría aprobado acuerdo alguno con Adolf Hitler. Así pues, en esta confrontación práctica, los críticos consideran que la colaboración con el Satanás del siglo XX –o uno de sus más importantes embajadores– fue tan reprobable y evitable como beneficiosa para la Iglesia. Estos críticos consideran que el Concordato firmado entre el Vaticano y el Reich alemán en julio de 1933 y ratificado dos meses después, en septiembre, supone una de las mayores ignominias de la Iglesia católica y marca para siempre tanto a Pío XI como al cardenal Eugenio Pacelli –futuro Pío XII–, entonces secretario de Estado del Vaticano. Porque, para estos, Pío XII ha pasado a la historia como un pontífice antisemita (El vicario, de Rolf Hochhuth) y filonazi (El papa de Hitler: la verdadera historia de Pío XII, John Cornwell, 1999). En síntesis, esta corriente considera que el Concordato firmado con la Alemania nazi tuvo como objetivos principales combatir el comunismo y el judaísmo internacional, para lo que se sometió al clero alemán mediante la imposición del Código de Derecho Canónico de 1917 y que, además, este se firmó con demasiada premura. Y así, debido a la firma prematura de este acuerdo, el clero alemán y todo el catolicismo del país germano quedaron desarticulados como oposición política, concentrada entonces en el Partido del Centro o Zentrum, crítico y contrario a Adolf Hitler. Por otra parte, en el ámbito nacional, según el escritor y politólogo americano Daniel Jo nah Goldhagen, el Concordato habría provocado la legitimación del régimen de Hitler y la destrucción de la democracia. Incluso habría apoyado, gracias a una cláusula secreta, el rearme alemán prohibido en el Tratado de Versalles. Todo ello a cambio de la inmunidad para los católicos alemanes –hasta entonces, perseguidos y hostigados por Hitler– y, sobre todo, del combate contra el comunismo. Otra circunstancia señalada contra la firma del Concordato la encontramos en que Hitler, desde su llegada al poder a comienzos de 1933, ni había sido un demócrata ni tenía intención alguna de practicar los postulados democráticos. De tal forma que, en julio de 1933, para cuando se firmó el acuerdo entre Alemania y la Iglesia católica, no cabía duda alguna del carácter totalitario, represivo, militarista y racista del régimen nazi. Se añade también que, en lo personal, Pío XII, aún como Eugenio Pacelli, desarrolló su carrera eclesiástica en Alemania de 1917 a 1930, entre Baviera y la República de Weimar, lo que fue clave para que en él arraigara y creciera un sentimiento especial hacia dicho país que llevaría a que fuera tachado de germanófilo –e incluso de pronazi–. Por último, esta corriente destaca que el acuerdo con la Iglesia católica hubo de provocar, necesariamente, un efecto diplomático legitimador a nivel internacional del régimen nazi y del propio Adolf Hitler. La versión práctica Sin embargo, existe otra visión de lo que aconteció, según la cual Pío XII quedaría exonerado del estigma antisemita e, incluso, la Iglesia católica se libraría de las acusaciones de cooperación y complicidad con el régimen de Hitler. Acorde a esta versión –cuyo máximo exponente es el historiador británico Martin Gilbert–, el Concordato fue más una medida defensiva ante el régimen de Hitler que una concesión al mismo. Esta versión se apoya en la cronología del ascenso de Hitler y de la firma del Concordato para desmontar que este hubiera permitido a aquel alzarse con el poder. Dado que Hitler accedió al gobierno por primera vez el 30 de enero de 1933 y que las últimas elecciones permitidas por los nazis –tras las cuales el Führer se hizo con el poder absoluto mediante la Ley habilitante del 23 de marzo– se produjeron el 5 de marzo, resulta del todo imposible que el Concordato gestado entre abril y julio de ese año hubiera podido contribuir a ello. Además, se esgrime que el voto favorable del partido Zentrum a la Ley habilitante fue lo que impulsó a los católicos a aceptar el Concordato, y no al revés –que el Concordato sometiera al centro político, en el que estaban integrados la mayoría de los católicos alemanes–. Un Concordato que, en todo caso, fue propuesto por la propia Alemania. En esta línea de defensa de la posición de la Iglesia católica respecto de la Alemania nazi se alega que haber rechazado la propuesta de Hitler habría sido peligroso tanto para la Santa Sede como para los católicos que habitaban en Alemania, dado que la Ley habilitante dejaba a todos los colectivos desprotegidos ante el régimen nazi. Es más, se asevera que, si bien es cierto que Hitler esperaba conseguir rédito político del acuerdo, y lo consiguió, y que Pío XI estaba esperanzado con que el régimen nazi se convirtiera en una barrera para contener al comunismo, el entonces cardenal Pacelli, gestor del Concordato, no mostraba el mismo entusiasmo. Por si no fueran, para ellos, suficientes argumentos, estos defensores de la posición de la Iglesia católica señalan que era razonable asentar los principios del Código de Derecho Canónico Pío-benedictino en Alemania y que dicho código, más que impuesto, fue pedido por los propios obispos alemanes. Es justo mencionar que Martin Gilbert, uno de los mayores defensores de esta postura, como se dijo, es autor de decenas de trabajos historiográficos entre los que destaca The Holocaust, además de judío, por lo que su posición debe considerarse razonablemente imparcial. Las diabólicas sombras Sin embargo, aun cuando aceptáramos esta última tesis –que Alemania ya era una dictadura en manos de Hitler cuando se gesta y se firma el Concordato–, al menos cabría subrayar que el margen entre el 23 de marzo, fecha efectiva en la que Alemania se convierte en una dictadura, y el 10 de abril, fecha en la que esta propone la firma del acuerdo, parece demasiado exiguo como para que la Iglesia hubiera penado mucho por la pérdida de la democracia. Es decir, que el luto no fue muy decoroso y, aunque fuera cierto que no firmaran con entusiasmo, atendiendo a la misma cronología esgrimida, muchas dificultades no les pusieron ni a Hitler ni a los nazis. Porque, si el 10 de abril el vicecanciller Franz von Papen propuso de manera formal a la Santa Sede la firma del Concorda to, es de suponer que alguna conversación informal se habría producido con anterioridad a dicha propuesta, pues en los espacios diplomáticos resulta infrecuente que acuerdos de esta naturaleza y envergadura, aunque solo sea por cuestiones publicitarias, se realicen sin al menos unos breves sondeos –en especial porque, lo cierto es que, el Concordato se venía negociando sin éxito desde hacía años con la República de Weimar–. Por tanto, pronto se arrojaron a los brazos de Satanás. Además, esgrimir que el silencio papal respecto a la decisión de los nazis de exterminar a seis millones de judíos fue una forma de proteger a los católicos alemanes se encuentra en el germen del ideario xenófobo y, en el mejor de los casos, carece de un mínimo de caridad cristiana. Por otra parte, si bien Cornwell señala que la sumisión de la Iglesia católica alemana a Hitler facilitó y aceleró la imposición del régimen totalitario nazi y que fue el propio Pacelli el que negoció directamente con el Führer, dejando a los centristas alemanes fuera de juego, encontramos autores que defienden que el peso de la Iglesia católica no tenía suficiente entidad en Alemania como para generar consecuencias de tal calibre y que, en todo caso, deberían haber sido los protestantes alemanes los que tendrían que haberse opuesto a Hitler. En esta cuestión, parece de nuevo evidente que un acuerdo con una institución como la Iglesia católica, incluso cuando no fuera mayoritaria en Alemania, tuvo que tener necesariamente efectos políticos muy beneficiosos para Hitler y los nazis. Sin embargo, lo esencial –y en realidad complejo de cuantificar– es en qué medida el acuerdo benefició a Hitler facilitando y acelerando la implementación del totalitarismo mediante la eliminación de la oposición política y la obtención de legitimidad a nivel nacional e internacional. Y esta es tal vez una cuestión sin resolución pero, fuera en la medida que fuera, lo esencial es que fue –y no se trató de un caso aislado, puesto que la Iglesia católica pactó asimismo con la Italia fascista (1929), la España franquista (1953) y cualquier Estado siempre que ello favoreciera sus intereses–. Al diablo con el diablo, ¿o mejor a la cama con él? ¿Es mejor mandar al diablo al diablo o acostarse con él? Jesús no habría tenido muchas dudas, pero no todos piensan igual. F.G. Stapleton opina que Pío XII guardó silencio para salvar un mayor número de vidas judías y católicas. Y no sólo eso, sino que considera que el controvertido papa pudo ser germanófilo, pero se mostró contrario al nazismo. Propone, además, que el papa Pío XII reprobó la deportación masiva de judíos que se produjo en Francia en 1942 y que no se debe obviar que las posturas contrarias tenían consecuencias terribles, como el posicionamiento de la Iglesia católica holandesa –aunque olvida que la oposición en Holanda fue generalizada o que la oposición francesa consiguió grandes interrupciones de las deportaciones en Francia tras la colaboración del Gobierno de Vichy–. Otros ejemplos, según Stapleton, los encontraríamos en Dinamarca, donde la mayoría de los judíos se salvaron, o en Italia, donde el 80% escapó del Holocausto y el papa acogió a unos pocos miles salvándolos de la muerte. La corriente crítica, por el contrario, considera que las persecuciones de judíos en la propia Italia, en Roma, a las puertas del domicilio papal, demuestran el conocimiento preciso que debía tener Pío XII de lo que estaba sucediendo, y que haber acogido a unos pocos miles de personas que habitaban cerca de su domicilio no disminuye su colaboracionismo. Porque, por mucho que acogiera a estos, lo cierto es que la extensa red con la que contaba la Iglesia católica en toda Europa no fue usada –no, al menos, de forma jerarquizada–, y el propio Pío XII guardó silencio ante la masacre que se estaba perpetrando. Es decir, no mandó al diablo al diablo, sino que prefirió acostarse con él. Con todo, seguimos con la duda –la gran duda– de si ello salvó vidas o no, y de ser así, si fue en una cantidad que justificara callar ante más de seis millones de personas exterminadas. En cualquier caso, no parece que estas vidas fueran nunca su prioridad, pues como dejó escrito Cesare Orsenigo, nuncio en Berlín, en una carta al propio Pío XII, “la caridad es buena, pero la mayor caridad es no crear problemas para la Iglesia” (Michael Prayer, The Catholic Church and the Holocaust).

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