“Nosotros, los que vivimos ahora, Hitler y su vieja guardia, debemos destruir la Iglesia por completo”.

2023-01-01T08:00:00.0000000Z

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Editorial Televisa

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Los Nazis Y El Vaticano

Después de la victoria sobre Inglaterra se hará una reordenación del Reich. Habrá cambios profundos. La Iglesia, en su forma actual, tiene que desaparecer. Entonces sólo habrá una Iglesia, la Iglesia nacional. Para quien no se una a esta, ya le tenemos preparado un sitio”. Con estas palabras amenazaba Fritz Wächtler, líder nazi de la región de Baviera del Este, el 8 de julio de 1940. Se trata de una de las muchas declaraciones con las que el gobierno de Hitler quiso dejar claro que el nacionalsocialismo no era nada más un movimiento político, sino que aspiraba a convertirse en una especie de religión basada en la raza y en la sangre que debía suplantar al cristianismo. Un año después, cuando Alemania ya había invadido Bélgica, Países Bajos, Dinamarca, Noruega, Luxemburgo, Yugoslavia, Grecia y Francia, el jefe del Partido Nazi (NSDAP) en Múnich expresaba la idea con más contundencia: “Nosotros, los que vivimos ahora, Hitler y su vieja guardia, debemos destruir la Iglesia por completo. Que no se piense que es suficiente con que la juventud de Alemania crezca sin Iglesia: el sucesor del Führer podría ser más benigno, tener conmiseración, y el foco de pus volvería a estallar. El nazismo es a las confesiones cristianas lo mismo que el agua al fuego”. El objetivo estaba claro, y parece que lo estuvo desde el principio, mucho antes de que Hitler se hiciera con el poder en 1933: el nacionalsocialismo debía regir todos los órdenes de la vida, incluida la religión. Sin embargo, el estudio de las relaciones entre las diferentes Iglesias alemanas y el Tercer Reich se ha centrado, por lo general, en la figura de Pío XII. Es como si antes de su controvertido papado –que se inició apenas seis meses antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial y que analizamos en otro artículo de este número– el problema no hubiera existido. Nada más lejos de la realidad. Los historiadores tienden a olvidar los intentos por restablecer un culto germánico precristiano en las escuelas donde se formaron los futuros cuadros directivos nazis o la temprana consideración del cristianismo como una rama judía enemiga del Estado. Las anotaciones realizadas por Joseph Goebbels en su diario, mucho antes de convertirse en el ministro de Propaganda del Führer, son muy significativas en este sentido. Véase, por ejemplo, la del 23 de julio de 1926: “El nacionalsocialismo es una religión. Sólo falta el genio religioso que rompa las viejas fórmulas y cree otras nuevas. Nos falta el rito. El nacionalsocialismo tiene que convertirse en la religión oficial de los alemanes. Mi partido es mi Iglesia y creo que la mejor manera de servir al Señor es cumplir su voluntad y liberar al pueblo oprimido de sus cadenas de esclavo. Este es mi evangelio”. El 7 de agosto de 1933, poco después de acceder a su cargo, Goebbels concretó aún más su objetivo: “Hay que ser duro contra las Iglesias. Nosotros mismos nos convertiremos en una”. Aunque el camino no iba a ser fácil, pues la práctica totalidad de los 60 millones de habitantes que tenía Alemania en ese momento eran cristianos, los cuales se dividían en unos 20 millones de católicos y casi 40 millones de protestantes. Los judíos, sin embargo, representaban menos del 1%, un dato que choca con el sentimiento antisemita promovido por el Partido Nazi des de el mismo instante de su fundación. En el artículo 24 de sus estatutos, publicados en 1920, ya cargaba contra este culto minoritario mientras mostraba respeto por las otras confesiones: “Exigimos la libertad de todos los credos religiosos en el Estado, en tanto que no pongan en peligro la existencia del Estado ni entren en conflicto con la cultura y las creencias morales de la raza germánica. El partido como tal se atiene al punto de vista de un cristianismo positivo sin atarse confesionalmente a ningún credo en particular. Combate el espíritu materialista judío a nivel nacional e internacional”. Los protestantes Durante esa misma década, al interior de la influyente Iglesia evangélica alemana surgió el movimiento de los llamados “cristianos alemanes” (Deutsche Christen), quienes abrazaron muchos de los postulados raciales y nacionalistas de la ideología nazi. Su convicción fue tal que, cuando el NSDAP llegó al poder, intentaron crear una Iglesia del Reich que difundiera una versión nazificada del cristianismo. Hitler tuvo que eliminar primero a sus enemigos políticos, algo que logró a una velocidad de vértigo. En las manifestaciones convocadas por sus opositores el 22 de enero y el 7 de febrero de 1933 se reunieron en Berlín 130,000 y 200,000 asistentes, respectivamente. Pocos días después, a otra protesta tan sólo acudieron 10,000, producto del miedo que habían generado los nazis. En las elecciones del 5 de marzo el Partido Nazi consiguió cinco millones de votos más que le dieron la mayoría absoluta (después de lograr, eso sí, que se anularan los 86 escaños del Partido Comunista bajo la falsa acusación de haber provocado el incendio del Reichstag unos días antes). La sesión constituyente se celebró el 21 de marzo en Potsdam, donde Hitler se esforzó en convencer a los partidos conservadores de que votaran a favor de la Ley habilitante para trasladar todos los poderes legislativos a su Gobierno y convertir Alemania en una dictadura. El Partido Nacional del Pueblo Alemán (DNVP) se puso rápido de su parte, pero al católico Zentrum tuvo que convencerlo garantizando las libertades de los católicos, respetando las escuelas católicas y manteniendo en el Estado a sus funcionarios. Los “cristianos alemanes” siguieron empeñados en crear una Iglesia nazi, una deriva que no gustó nada a un amplio sector de los protestantes, que crearon la llamada Iglesia confesionista en oposición a estos. En su documento fundacional, conocido como Profesión de Fe de Barmen, se declaraba que la Iglesia debía fidelidad a Dios y no al Führer. Sus miembros más famosos fueron el teólogo Dietrich Bonhoeffer y el pastor Martin Niemöller, a los que Hitler se quitó de en medio con rapidez: el primero fue ejecutado bajo la acusación de haber participado en una conspiración para derrocar al régimen y el segundo se pasó siete años en campos de concentración. Entre estas dos facciones se desató una especie de guerra religiosa para hacerse con el poder dentro de la Iglesia evangélica; a ambas se sumó una tercera corriente neutral cuya prioridad era evitar un cisma y cualquier enfrentamiento con el Reich. Sin embargo, fue apenas un conflicto interno que nunca entró en confrontación directa con el nacionalsocialismo, puesto que la preocupación principal era que el Gobierno no se entrometiera en sus asuntos. Los católicos Hitler quería su propia Iglesia y comenzó a presionar a los diferentes credos para que se hicieran a un lado. En marzo de 1935, por ejemplo, ordenó la detención de 700 pastores confesionistas que se habían posicionado desde sus púlpitos contra la deriva del Reich respecto a las religiones, y cuando el Vaticano condenó abiertamente el nacionalsocialismo en 1937 a través de la encíclica de Pío XI Con ardiente preocupación, la Gestapo confiscó casi todas las copias depositadas en las oficinas diocesanas del país. Esta medida represiva no era más que el último episodio de los duros ataques perpetrados contra los católicos por personajes como el ideológo nazi Alfred Rosenberg. Una vez iniciada la Segunda Guerra Mundial, el Führer siguió adelante y ordenó que se escribiera una nueva Biblia en la que se eliminara cualquier referencia al judaísmo y al cristianismo para adecuarla a sus intereses políticos y xenófobos. Para trabajar en ella, en mayo de 1939 fundó el Instituto para el Estudio y Eliminación de la Influencia Judía en la Vida de la Iglesia Alemana y puso al frente a Walter Grundmann, quien dirigiría a un equipo de teólogos protestantes de la ciudad de Eisenach. La guerra contra la Iglesia no estuvo protagonizada, por lo tanto, por un grupo de fanáticos anticristianos desconocidos dentro del nazismo. El 28 de diciembre de ese mismo año Goebbels escribió en su diario: “Hitler sabe que no puede eludir la lucha entre el Estado y la Iglesia”. Y en las órdenes de otros jerarcas del Reich pueden leerse ideas similares. Por ejemplo, en una circular confidencial fechada el 6 de junio de 1941, el jefe de la Cancillería del partido y uno de los hombres de confianza de Hitler, Martin Bormann, daba las siguientes órdenes: “El nacionalsocialismo y las concepciones cristianas son incompatibles. De la incompatibilidad entre las concepciones nacionalsocialistas y cristianas se desprende que hemos de rechazar todo fortalecimiento de las confesiones cristianas ya existentes y toda promoción de las que surjan. No hay diferencia entre las diferentes confesiones porque la Iglesia evangélica está tan enemistada con nosotros como la católica. El pueblo ha de ser sustraído cada vez más de la influencia de las Iglesias y de sus órganos, los párrocos. Por supuesto que, desde su punto de vista, las Iglesias tratarán de impedir esa pérdida de poder, pero nunca debemos permitir que las Iglesias vuelvan a tener influencia sobre la dirección del pueblo. Tal influencia ha de romperse total y definitivamente”. Pocas semanas después se publicó la “Biblia de Hitler”, como se le conoció, bajo el título Los alemanes con Dios. Un libro de fe alemán. El libro sagrado del nazismo desarrollaba las leyes y principios que debían guiar el espíritu germano bajo el Tercer Reich. En él no aparecían palabras de origen judío como Jehová o aleluya, y fueron reelaborados pasajes enteros en clave antisemita. Se imprimieron 100,000 ejemplares y se repartieron entre más de 1,000 iglesias. En 100 historias secretas de la Segunda Guerra Mundial (Tempus, 2009), Jesús Hernández explica cuál fue su repercusión real: “Se cree que la mayor parte de ellas fueron destruidas por los fieles, que preferían la versión original del Libro Sagrado. No hay que olvidar que los cristianos constituyeron un sector de resistencia pasiva al régimen nazi y que Hitler no consiguió integrarlos en su sistema totalitario, un objetivo que quizá pretendía lograr con la publicación de esta obra. Los que optaron por conservarla probablemente se deshicieron del comprometedor texto tras la caída del Tercer Reich. De hecho, en la actualidad tan sólo se conserva una copia en una iglesia de Hamburgo”. Resulta sorprendente –o no tanto– que Grundmann fuese después colaborador de la Stasi en la RDA, tras haber sido un miembro destacado del Partido Nazi y de los “cristianos alemanes” hasta el punto de impartir la asignatura de Teología Étnica en las universidades. Ese oscuro pasado no fue impedimento para recuperar cierto prestigio como teólogo tras la Segunda Guerra Mundial. En 1959 publicó sus comentarios sobre los Evangelios, que en la década de los 80 se hicieron muy populares.

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