Arriba, de lado o debajo de la MACHITUD

José Antonio Blasco Colina

2022-12-05T08:00:00.0000000Z

2022-12-05T08:00:00.0000000Z

Editorial Televisa

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APERITAPERITIVO

DE MI NIÑEZ RECUERDO lo engorroso y –en la misma dimensión– frágil que era “ser hombre”. Podías lucir como un machazo a lo Sean Connery y así construir una “trayectoria macha” impecable, siempre ruda, poderosa en fuerza física y carácter de acero, con los eternos cuatro colores aburridos en tu ropa (azul, blanco, negro y gris), cuidando cada acción para cumplir con la norma social de la “hombría” (no llorar, no sentir, no flaquear ante el sentimiento ajeno, nunca nada de ternura), y un pequeñísimo gesto, cierta muñeca un tantito quebrada, un leve comentario cercano a la sensibilidad, o ese abrazo fraterno que merecía algún amigo, y todo lo levantado “machamente” se caía, destruyendo a fuerza de dudas y para siempre tu futuro. Sí, “ser hombre” fue siempre un rascacielos durísimo de terminar, y eso que ya en los años 80 (en el tránsito de mi infancia a la adolescencia) seres muy “extraños” como Boy George aparecían en la televisión para inquietar a los padres, pero esos “raritos” eran artistas, claro, es decir, “depravados” con la licencia de la cultura que podían existir solo en el gueto escénico, el espacio de la representación; nadie se detenía en ellos como seres humanos ni el mensaje detrás de sus formas escandalosas. Latente en la necesidad de clasificar(nos), el lado más oscuro y pestilente del mundo heterodominante respiraba la homosexualidad, especie de infierno concentrado de lo que se olfateaba con el tufo de “diferencia”. De vez en cuando sonaba un tercer concepto para quienes “jugaban dobleplay” (vengo de un país beisbolero, así que la terminología de dicho deporte alcanzaba cualquier ámbito de la vida), es decir, los hombres y mujeres dispuestos al sexo con hombres y mujeres, y a más de uno escuché decir: “En realidad, la bisexualidad en ellos es mentira, son maricones escondidos”. No había salida fácil. Estas cavilaciones flotan en mi cabeza mientras principia mi sábado y veo MyPoliceman (Prime Video), historia de un policía británico en los años 50 que sufre (¿y goza?) dividido ante la posibilidad de amar –paralelamente– a una dulce mujer y a un hombre cultísimo. Con la chica se casa y con el puto disfruta a escondidas hasta que el destino le hace mirar a la vida de frente (en palabras de la gran Virginia Wolf ), y la verdad explota en sus caras. Es un drama del cual hemos oído hablar muchas veces, quizás hasta presenciado y sentido de manera muy cercana; una desdicha que no por repetirse incansablemente pierde fuerza. El filme del prestigioso Michael Grandage retrata con cuidada belleza el destino de los tres protagonistas en dos momentos biológicos y mentales –juventud y vejez, inexperiencia y madurez– y reúne conocidos nombres en un atinado casting: Tom, el policía, va por cuenta del cantante Harry Styles y Linus Roache; la maestra Marion es –en sus iniciales años– Emma Corrin (la primera Diana de Gales en The Crown) y luego Gina McKee; y el curador del museo, Patrick, habita la piel de David Dawson y Rupert Everett, el actor que en los 90 recorriera el planeta como el cómplice gay de Madonna y alternara con Julia Roberts en La boda de mi mejor amigo. A lo largo de la historia quedan plasmados los rudos límites de una sociedad fisgona que parece gozar en el charco del sufrimiento ajeno, confinando a la esquina de la vergüenza toda diferencia íntima, aniquilando y cercando impunemente. ¿Es bisexual el policía o un maricón enclosetado?, me pregunta un amigo al comentarle sobre la película, y me estrello nuevamente con las etiquetas, las mismas que ahora comienzan a perder fuerza con la Generación Z, pues se fijan en las personas y no en el sexo ni en el género, burlando los nichos a los que hemos sido confinados por los siglos de los siglos. Termina mi fin de semana con Bosé, biopic que estrena Paramaount+ (al alcance también gracias a Prime Video) para contarnos la vida de Miguel, hijo de la fulgurante actriz italiana Lucía y el recio Dominguín, ahijado del polémico Picasso (para más señas), capaz de revolucionar a la España posfranquista de los 80 envuelto en licras de colores chillones y al son de “Linda” y “Amante bandido”. José Pastor lo encarna de joven y de la etapa posterior se encarga Iván Sánchez; ambos logran ser creíbles a rabiar en este retrato de un artista que no solo canta, sino también baila, compone y actúa. Con sorpresa descubro que en su rebelde juventud no pudo escapar de la herencia del padre, el machazo que arrasó con todo lo que se esperaba de la profesión taurina: Miguel repitió ciertas acciones del modelo machista en medio de una sexualidad de “amplio espectro”, pues sedujo con la misma contundencia a hombres y mujeres bajo una galantería latina que le compone. Sufrió en carne viva ser hijo de un torero/ sex simbol y lo padeció incluso al tratar de alejarse de ese espejo convertido en reflejo. Tal división le impulsó a encontrarse y definir otro modelo de masculinidad tras una cruenta batalla íntima, familiar y pública. Hoy, ya en la sexta década de existencia, vive en México con sus dos niños (lejos del temido fisco español), sin el hombre con el cual formó familia en el muy viejo continente, y en estos últimos años suena más por sus opiniones sobre la pandemia que por alguna producción artística. Por esto, Bosé cae como anillo al dedo para resucitar al joven que sudaba talento y gracia, y al hombre que consolidó otra manera de ser hombre (¿alguien pudo olvidarlo como Letal en Tacones lejanos, de la mano de Almodóvar?). Lo que veo en la pantalla y a mi alrededor confirma el espinoso reto que significa “ser hombre”. No importa cómo ni dónde nos ubiquemos frente a tal expectativa, siempre será escalar una montaña plagada de incapacidades impuestas y demostraciones infinitas. Arriba, de lado o debajo de tal exigencia, la “machitud” nos alcanza hasta cobrarnos con sangre cada segundo de realización. Una cruzada de valor que cada día comienza como el bordado de la bella Penélope, suspirando por el regreso de Ulises, el héroe que no llegaremos a ser.

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