LA CULTURA DE LA CANCELACIÓN

DESPUÉS DE LA PANDEMIA, NOS HEMOS CONVERTIDO EN UNA SOCIEDAD DE PERSONAS QUE CANCELAN TODO. ¿LA EXCUSA PERFECTA EXISTE? ¿TE SIENTES MAL POR CANCELAR PLANES?

Por Tabitha Lasley FOTO GETTY IMAGES

2022-12-05T08:00:00.0000000Z

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Editorial Televisa

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¿Qué tanto te cuesta o no cancelar una cita a último momento? ¿De qué bando eres? HACE UNOS DÍAS, un amigo y yo acordamos ir a cenar. No nos habíamos visto en siete años y estaba tan emocionada de verlo que me armé de valor para llamar por teléfono y reservar una mesa en el restaurante. Aun así, cuando me escribió un día antes para decirme que se había roto un ligamento y no podría ir al encuentro, me sentí secretamente aliviada. Cuando vivíamos en la misma ciudad, mi amigo siempre cancelaba planes y me dio un golpe nostálgico poco placentero que me plantara una vez más. Obviamente, no le creí su pretexto, pero aprecié el esfuerzo de que al menos se inventara uno. La excusa perfecta es algo difícil de lograr. Necesita ser lo suficientemente urgente para no incitar muchas preguntas, pero que siga existiendo en el universo de lo real. Como con muchos tipos de mentiras, es mejor optar por lo más cercano a la realidad que se pueda. De esa manera, no terminarás en una fiesta con los ojos en blanco diciendo “¿De qué hablas?”, cuando los días posteriores te pregunten por tu proyecto imaginario o acerca de tu enfermedad falsa. Esta es una razón por la cual la gente tiene hijos. Ser padre −con sus insinuaciones de autosacrificio y su estatus cuasivocacional− les brinda una coartada a prueba de balas. Los escépticos pueden pensarlo pero nadie te dirá “Ay, obvio estás mintiendo”, cuando dices que tu hijo está enfermo. Pronto, este consejo será obsoleto. Después de la pandemia, nos hemos convertido en una sociedad de personas que cancelan todo. Mientras escribo esto, trato de recordar la última vez que verdaderamente me sentí mal por cancelar planes y no puedo. Aunque alguna vez se consideró grosero cancelar el mismo día, ahora es un tipo de cortesía. Sabes que la otra persona estará ocupada, cansada, o tal vez escribiendo un mensaje larguísimo disculpándose mientras le llamas. Al tomar la iniciativa y quitarles la culpa de los hombros, les estás dando un regalo a tus amigos: el tiempo. Laurie Santos, profesora de psicología de Yale, imparte una clase de felicidad e incorporó “La cancelación” en el curso. Al comienzo de una sesión, les dijo a los estudiantes que no habría clase y usaran su tiempo libre como desearan. Muchos la abrazaron y lloraron. Según Santos, es la sensación subjetiva del tiempo lo que cuenta, no la cantidad en sí. Esta noción de que has recuperado algo, un reembolso de los minutos que en tu mente ya has gastado, resulta satisfactorio. Una noche que de sorpresa se libera se siente mejor que aquella que era libre desde el inicio. Solía pensar que era algo demográfico. Los cuarentones están agotados por las exigencias de sus trabajos de los que jamás se jubilarán, y con sus familias “jóvenes” que no pudieron costear hasta llegar a la mitad de sus vidas. Si le dices a una persona en sus cuarentas que lo sientes y que no podrás ir pues te sientes viejo, agotado e incapaz de hacer otra cosa excepto recostarse y ver la televisión, seguro te entenderá, seguro se siente igual. Pero los jóvenes parecen −contradictoriamente− menos motivados a salir de casa. El encierro fue un curso intensivo de no hacer nada, pero incluso antes del Covid-19, los adultos se quejaban de que sus hijos no socializaban, no iban a fiestas o antros. No deambulaban por las calles escondiendo una botella de sidra. Lo único que hacían era quedarse sentados en sus teléfonos, publicando memes de lo mucho que odiaban salir. Cuando era una veinteañera, la introversión era mal vista. Se trataba como un desorden de la personalidad que debía ser corregido con mucho alcohol y uso liberal de drogas. A los introvertidos siempre se les decía que “se relajaran” y que “salieran de sus caparazones”. Pero la introversión hoy en día está de moda: es una elección de estilo de vida, como el veganismo. No te puedes quejar, ya que los jóvenes usan el internet para gritarle al mundo acerca de lo silenciosos que son y proclaman su falta de habilidades sociales. Como ocurre con mucho contenido en las redes sociales, hay una extraña y presuntuosa sensación que todo esto genera. Los nuevos introvertidos son un subconjunto de aquellas chicas que “no son como las otras chicas” y, por igual, ciegas de ser como los demás. Presumen acerca de cómo cancelan planes, pero no de cómo siempre tienen una agenda vacía. La implicación es que son un tipo de celebridad que todos se mueren por ver. Como Greta Garbo, quieren estar solos pero su despreciable público no lo permite. En el mundo real es −por lo general− aceptado que, si cancelas más veces de las que asistes, eventualmente perderás a tus amigos. Debes encontrar el balance: por cada tres cancelaciones, al menos cumple con una aparición. Y ya no es tan grave. También debes analizar a tu audiencia cuidadosamente. En esta era de planeación provisional, “No tengo ganas” es algo tan elaborado como la mejor explicación, pero no todos lo toman bien. El año pasado estaba sorprendida cuando una vieja amiga me gritó después de intentar zafarme de un almuerzo sin siquiera ofrecer una excusa decente. En cambio, pasé por las cuatro etapas del duelo: negación, sabiendo que estos planes jamás estuvieron escritos en piedra; enojo, porque ella esperaba que yo continuara con el plan; negociación, mientras trataba de deshacer el plan; y depresión, mientras me daba cuenta de que debía ir. Me da vergüenza decir que en este punto comencé a llorar. Tenía 40 años de edad y no podía mantener mis amistades mejor que una adolescente de 13 años. ¿Dónde terminaría esto? Mientras me sentaba en el tren, en camino a este almuerzo en situación de rehén, me llegaron una serie de imágenes borrosas: yo a los 70 años, llorando porque mi amiga me estaba obligando a ir a una fiesta de jubilación que yo no quería ir; yo a los 80 años, jugando con mi comida en forma de puré porque me había convencido de mudarme a un asilo que ella había elegido; yo a los 90 años, ahuyentando como un fantasma porque ella me había forzado a comprar un lugar que no había sido limpiado espiritualmente. En realidad, mis preocupaciones no tenían fundamento. La gente que espera que lleves a cabo los planes está en extinción. Ya han adquirido un estatus inusual, como aquellas personas que se negaban a comprar un celular a finales del siglo pasado. La tecnología tiene este efecto de atrición. Eventualmente, la cultura cambia y los últimos aferrados deben caer junto con la mayoría. Pero hasta ese entonces, seguiré practicando mis pretextos. Y claro, pretendiendo creerle a mis amigos cuando usan sus excusas conmigo. Como todo buen cancelador lo sabe, ser comprensivo al enfrentarse a una cancelación te da un crédito extra. Solo piénsalo, podrás cancelar todos esos planes futuros que ni siquiera has hecho.

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