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Cosmopolitan (México) - 2021-05-01

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REWIND

COSMO POWER

Por SOFÍA ESCOBOSA

Mi infancia fue análoga. Cuando nací, el paisaje urbano estaba poblado de cabinas telefónicas, no existían celulares inteligentes ni redes sociales para que mis padres subieran una imagen y me presentaran ante la sociedad virtual. Parte de esa etapa quedó registrada en álbumes llenos de fotografías que fueron tomadas con cámara de rollo y que reposan en los libreros de la casa paterna. Tampoco había plataformas y las películas no estaban disponibles al alcance de un clic; si quería ver Volver al Futuro requería de una membresía de mis padres para rentar en Videocentro y –algunas veces– pagar multas anteriores por regresar el VHS sin rebobinar; escribía cartas al club de fans de Pablito Ruiz; el lado A del cassette de Gloria Trevi tenía mis canciones favoritas y jugaba con el libro ¿Dónde está Wally?. Mi generación fue de las últimas en memorizar números de teléfono fijo, aún recuerdo el de mi mejor amiga de la infancia. Me tocó la transición de teléfono de disco al inalámbrico con identificador de llamadas y el boom del celular; el primero que tuve me permitía dos funciones: jugar viborita y hablarle a mis papás. Pertenezco también a una generación de niños que crecieron sin Internet, las tareas se hacían a mano, mi Google era una enciclopedia que se encontraba en la biblioteca de la escuela o en la sabiduría envolvente de mis padres; con el tiempo, las computadoras se volvieron accesibles, llegó el router y el dial-up, aprendí a usar Encarta (la primera enciclopedia digital) y a “surfear la web”. Así, sin darnos cuenta, nos digitalizábamos. Arreglar las consolas de videojuegos incluían métodos bastante raros como soplarle a los cartuchos del Nintendo para que funcionaran. Por supuesto, tuve mi primer mascota digital: un tamagotchi rosa al que olvidé darle de comer; y el dispositivo estrella de mi niñez fue un Discman, por ello tenía una carpeta especial llena de CD’s que había “quemado” en Limewire mientras chateaba con amigas en ICQ y MSN Messenger. Tuve suerte de no crecer con la presión de los likes y las redes sociales. Tiempo después el correo electrónico se popularizó y, con ello, plataformas como MySpace y Hi5 a las que –si bien me iba– tenía acceso una vez a la semana. Los recuerdos de mi vida analógica son más que nostalgia en sepia, son también los inicios de la utilización de los avances tecnológicos que han transformado las maneras como nos comportamos y comunicamos. Viví lo mejor de las dos eras. Presencié el término de la análoga y fui testigo del nacimiento del nuevo mundo digital. Soy parte de la generación del gran cambio en la revolución tecnológica. Soy parte de esa generación que desconocía qué tan conectados llegaríamos a estar.

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