MI QUERIDO GUARDAESPALDAS

Mary siempre hace su voluntad, por eso le cuesta obedecer a su padre cuando la obliga a llevar un cuidador, aunque ella está decidida a hacerle la vida imposible. Sin embargo, no sabe que éste no se doblegará ante ella.

POR PILAR PORTOCARRERO

2023-11-01T07:00:00.0000000Z

2023-11-01T07:00:00.0000000Z

Editorial Televisa

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LA NOVELA

Mary entró tranquila a su casa arrojando las llaves sobre una elegante consola de madera. Una empleada la saludó con amabilidad a su llegada. –Buenas tardes, señorita. –¿Dónde está? –dijo como respuesta. –En la piscina. Caminó deprisa recordando la vergüenza que pasó en la tienda cuando rechazaron todas sus tarjetas de crédito. –Me dejó en ridículo –pensó, abriendo la mampara que daba acceso a la piscina–. ¿Porqué lo hiciste? –habló malhumorada. Pero Manuel ni siquiera se molestó en mirarla ni en prestarle atención. –¡Padre, te estoy hablando, contéstame! –agregó, mientras él practicaba con toda serenidad su estilo mariposa sin importarle el enfado monumental de su hija. Mary no aguantó ser ignorada y se arrojó al agua sin preocuparse por sus zapatos italianos que acababa de estrenar. –Quiero que las vuelvas a activar –dijo, sujetándolo por el brazo—, sabes lo mucho que necesito mis tarjetas. –Te dije que si Felipe renunciaba tomaría otras medidas –le recordó Manuel. –Felipe era un gorila entrometido que husmeaba donde no debía. –¿Por eso se te ocurrió poner azúcar en la gasolina del auto de Felipe? –Ay, papá… sólo tuviste que cambiar los filtros. Necesito mis tarjetas y no a un estúpido guardaespaldas que me pise los talones –agregó molesta. –Por el momento es necesario, sabes que hay muchos problemas. Centeno & Asociados era una constructora que le hacía frente a un grupo de delincuentes que exigía una cuota de protección para dejarlos trabajar. Ya habían golpeado al supervisor de las obras, al que dejaron un mensaje que Manuel no pudo ignorar: “Dile a tu jefe que cuide a su hija”. Pero Mary era imposible de controlar y terminó ahuyentando a los guardaespaldas que su padre había contratado en los últimos meses. –Desde ahora no hay tarjetas y dejarás de usar tu auto –dijo resuelto. –¿Estás loco? –exclamó espantada. –Te daré dinero para lo necesario, y tu nuevo escolta te llevará adonde quieras. Mary salió enojada de la piscina, y se encontró con un tipo alto que la observaba indiferente. Esa mañana no se había puesto brassiere, y era consciente de que su blusa se pegaba a sus senos, así que en un acto de rebeldía se paró frente a él para incomodarlo. –Así que tú eres el nuevo gorila. No sabes en lo que te has metido. Verás cómo te haré la vida de cuadritos –amenazó con rabia. –Será mejor que te cambies, te puedes resfriar –respondió Ernesto, mirándola. –¡Eres un imbécil! –exclamó, alejándose con los zapatos en la mano. Pasó los siguientes dos días encerrada en su habitación en una pequeña huelga de hambre. No quería un protector, le molestaba que vigilaran lo que hacía. Además, creía que su padre exageraba. Pero él no hizo caso de su protesta y tampoco se había asomado a su cuarto preocupado porque no comía. Sintió apetito y salió a la cocina como cada noche, y al encontrarse con Ernesto reaccionó enfurecida. –¿Qué haces aquí? –Vine por un vaso de agua. –Ningún guardaespaldas se ha quedado a dormir, ¿es que piensas vigilarme todo el día? –se exasperó, mientras observaba su torso desnudo y el bóxer que se ceñía a sus piernas. –Eso dependerá de ti. Si te portas bien podemos tener un acuerdo –dijo sonriendo. –Yo no hago tratos con la servidumbre, y eso eres tú –señaló, golpeando su torso con el índice–. ¡Ah!, y no quiero volver a encontrarte en estas fachas dentro de mi casa. –En cambio a mí me gusta verte así… –comentó con descaro –. Quién lo diría… la elegante señorita Centeno duerme con un pijama de corazoncitos. –Le diré a mi padre que eres un tipo insolente y de lo peor–exclamó furiosa. –Pues tendrás que hablarle cuando regrese de Nueva York, cuánto lo siento... –No sabía que se había ido de viaje –Mary comentó de manera sorprendida. –Es que estabas muy ocupada haciendo pataletas–dijo en un tono seco. –A mí no me hables de esa manera… –señaló, desafiándolo con la mirada. –Como usted diga, señorita Centeno –respondió sarcástico, alejándose. Mary volvió a encerrarse en su habitación, furiosa contra él. No le gustaba su aire de superioridad. Los demás escoltas siempre estuvieron dos pasos detrás de ella, pero Ernesto la trataba como si no fuera un empleado y eso la enloquecía. –Y todavía se atreve a andar casi desnudo–murmuró, recordando lo sexy que se veía con su bóxer. Debía reconocer que él tenía pinta de modelo, y que a simple vista se notaba que pasaba horas en el gimnasio. Pero si pensaba que podría con ella estaba muy equivocado. Se trataba de un simple guardaespaldas, y ella tenía experiencia en tratar a tipos como Ernesto. Al día siguiente Mary trató de escapar en su auto, pero el motor no encendía. Enojada, se dirigió hacia el portón con la intención de huir, aunque dos hombres salieron a su encuentro. –No puede salir, señorita –dijo uno de ellos. –¿Quiénes son ustedes? –Trabajan para mí –respondió Ernesto, apareciendo detrás de ella. –¿Cómo que trabajan para ti? ¿Quién te crees que eres? Y, ¿qué le has hecho a mi auto que no enciende? –exclamó muy enojada. Ernesto les hizo una seña a los hombres y ellos se alejaron con discreción. –Le prometí a tu padre que te cuidaría, y si tengo que darte de nalgadas para que te portes bien, lo haré con gusto –dijo decidido. –Atrévete y te denuncio. –Si te atreves a hacer algo que no me guste, sin duda habrá una consecuencia –advirtió, dejándola más rabiosa que nunca. Mary volvió a su cuarto y trató de comunicarse con su padre, pero su llamada entraba al buzón de voz. Era extraño que no le hablara cuando siempre estaba pendiente de ella. Se acercó a la ventana y vio a Ernesto hablando con los empleados de la casa. No pensaba seguir encerrada, y decidió salir a divertirse, aunque él estuviera detrás de ella. Fue a su encuentro y, en tono autoritario, se dirigió a él. –Voy a salir… tengo un almuerzo con mis amigos. –Debo hacer una llamada, cuando termine te llevaré –respondió cortante. –¿Sabes con quién estás hablando? –le preguntó. –Con una muchacha tonta que vive en las nubes –señaló, antes de darle la espalda. Mary se aguantó la rabia mientras se preguntaba por qué permitía que le hablara así. Era la hija de su jefe y tenía que respetarla. Furibunda fue a buscarlo y lo encontró en la oficina de su padre, sentado detrás del escritorio. –Sólo esto faltaba… –exclamó indignada, pero se calló cuando él le hizo una seña mientras hablaba un poco nervioso por el celular. Iba a replicar, pero al verlo tan preocupado, decidió guardar silencio. –…Y ya sabes, esto no debe filtrarse a la prensa –dijo Ernesto, antes de cortar la llamada. –No me gustan las ínfulas que te das –señaló ella con tono sarcástico–. Ésta es la oficina de mi padre y no tendrías por qué estar aquí sentado. Ernesto no se inmutó por sus palabras y caminó hasta la puerta. –¿Todavía quieres que te lleve a tu almuerzo? –preguntó, mirándola indiferente. –Para eso estás aquí, ¿no? Para ser mi chofer y el gorila que me cuide la espalda todo el día –respondió con la barbilla levantada. El musculoso guardaespaldas se paró a un lado de la puerta, y le hizo una larga reverencia mientras ella pasaba por ahí. –Adelante, su majestad…–dijo burlándose. –No seré una reina, pero aquí tú eres mi empleado. Que no se te olvide –señaló, mirándolo con una sonrisa en el rostro. Se esmeró en mostrarle que se divertía, y paseó en bikini coqueteando con sus amigos sabiendo que Ernesto la miraba fijamente. Se echó a la piscina, y sin darse cuenta terminó entre los brazos de Beto, uno de sus amigos, que la sujetó por la cintura. –Ahora te atrapé –dijo el joven, acercándola lentamente a su cuerpo. –Déjame, Beto… –Sólo si me das un beso –y empezó a forzarla mientras ella se resistía. –Oye, tú… –exclamó Ernesto, desde el borde de la piscina–. ¿No ves que no quiere nada contigo? Mary salió del agua y lo enfrentó. –No vuelvas a meterte así –le exigió malhumorada–, sólo tienes que cuidarme de los delincuentes, no de mis amigos. Y llevada por un impulso lo arrojó a la piscina. Todos se rieron de él mientras Ernesto salía del agua y exprimía su ropa. –Sigo pensando que eres una tonta –le dijo, con un aire de desprecio que la molestó. Desde ese momento Mary se descontroló y no midió la cerveza que tomaba. Bailó sensualmente, provocándolo a lo lejos, tal vez porque sentía que le gustaba, y era un arma que podía usar en su contra. Ernesto la observaba, pensando que era mejor que viviera en su pequeña burbuja a que se enterara de lo que pasaba. No quería a una mujer histérica interfiriendo en sus planes. Mary entró a su habitación y sintió que todo le daba vueltas. De pronto, ya no pudo más y corrió al baño a vomitar. Se doblaba con las arcadas mientras lloraba sujetándose de la pared, pero Ernesto apareció y le ofreció su mano. Lo miró en medio de sus lágrimas y expulsó la cerveza que había tomado. Estaba débil, y no objetó cuando Ernesto abrió la ducha y le dijo que se metiera al agua. –Vas a estar bien –agregó, mirándola de modo tierno–. Te espero afuera. Cuando la dejó sola, Mary volvió a llorar al sentir que no merecía los cuidados de Ernesto. Él era distinto a los demás guardaespaldas. Parecía un poco frío, pero sintió que en realidad se preocupaba por ella. Se puso una bata y entró a su habitación. Lo encontró con una taza entre las manos. –Es manzanilla –dijo–, te hará bien algo caliente. –Perdóname –murmuró–, no debí tirarte a la piscina ni avergonzarte. –Me hiciste un favor… me moría de calor. Se miraron y ella se sintió desarmada. No debía gustarle su compañía ni sus ojos azules, tampoco el hoyuelo de su barbilla; pero no dejaba de observar su rostro y de escuchar cómo latía su corazón. –Hay un walkie-talkie sobre tu mesa de noche –dijo él, cortando la magia de ese momento–, me llamas si necesitas algo. Ernesto salió de la habitación consciente de que escapaba de ella. Prefería a las mujeres sobrias que tenían un objetivo en la vida, y Mary no cuajaba dentro de sus expectativas, pero le gustaba el fuego de su mirada, y la rebeldía que irradiaba su alma. Mary apenas pudo dormir, pues resultaba una misión imposible sacarlo de sus pensamientos, pero llegó a la conclusión de que sólo se debía a que Ernesto la trataba diferente. Él la enfrentaba y le despertaba emociones que iban de la rabia a la indignación, y aunque pareciera extraño, le gustaba su desafío y la velada provocación de su mirada profunda. Salió de la recámara y lo escuchó hablando desde la oficina de su padre. –Esto se está retrasando, cada minuto que Manuel pasa con esos sujetos es peligroso–decía preocupado–, la policía está a la espera de tus indicaciones… estaré al pendiente. –¿Dónde está mi papá? –preguntó, entrando a la oficina–. ¿Qué me estás ocultando? –Le di mi promesa a tu padre que te cuidaría si llegaba a pasarle algo… –¿Y qué le pasó? –preguntó angustiada. –Hace dos días lo secuestraron los delincuentes que vienen amenazando a su constructora. Mary cayó como zombi sobre un sillón, recordando la preocupación de su padre. Qué irresponsable fue al rebelarse a sus cuidados. Quizá él, al ponerla como prioridad descuidó su propia seguridad. Todo era su culpa, ella debía estar en su lugar. –¿Por qué no me dijiste? –le gritó desesperada. –Asumí que callar era lo mejor. Si no hubieras escuchado mi conversación no te habrías enterado. Hay un mediador que está tratando con esos criminales. Entre hoy y mañana liberan a tu padre. Mary lo abrazó mientras Ernesto se sentía impotente. Prefería verla altiva que indefensa, porque le daban ganas de cuidarla, más allá de la promesa que le había hecho a Manuel. –¿Quién eres? –preguntó a la defensiva. –El socio de tu padre. Tal vez no lo sepas, pero la constructora tuvo problemas económicos, y mi empresa se fusionó con la de Manuel. –No debiste hacerme creer que eras mi guardaespaldas. –Tú me confundiste… –Debiste sacarme de mi error, como debiste decirme lo que está pasando. No tenías derecho a ocultármelo –le reprochó, antes de salir de la oficina. Se encerró en su habitación llorando desesperada, sintiéndose culpable e indiferente frente a los silencios de su padre. Debió preguntar qué le pasaba, aunque estaba segura de que jamás le habría contado que tenía problemas en la constructora, y sólo le habló de los extorsionadores porque estaba en riesgo su vida. ¡Qué tonta al pensar que su padre exageraba! Unos toques en la puerta interrumpieron sus amargos pensamientos. –¿Tienes noticias? –preguntó al encontrarse con Ernesto. –A medianoche liberan a Manuel. –¿Y si algo sale mal? –preguntó, tomando su mano. –No pienses en eso, tu padre regresará y tú seguirás con tu vida –dijo, entrelazando suavemente sus dedos con los de ella. –Nada volverá a ser igual, ha sido mi culpa que mi padre me mantenga alejada de sus problemas, pero me comprometo a que eso no ocurra de nuevo. No volveré a ser una tonta que vive en las nubes –murmuró temblorosa. –No debí decir eso… –Debí preocuparme cuando no lo vi. Él siempre pasa a darme un beso de las buenas noches –dijo llorando desolada–, pero estaba haciendo una pataleta, como tú dijiste. –Creo que hablé de más… –Creo que dices la verdad –murmuró, mirándolo. Ernesto ahora entendía por qué Manuel la protegía de las preocupaciones. Él también había hecho lo mismo, pudo decirle lo que pasaba, pero eligió seguir viendo esos ojos vivaces cubiertos de lágrimas. En un impulso, besó su frente antes de abrazarla contra su pecho. Mary lloró y él sintió que estaba perdido. Para qué negar que siempre le interesó, desde la primera vez que la vio. Ahora la tenía entre sus brazos y deseaba con toda el alma que nunca terminara ese momento. –No me dejes sola –murmuró ella. –No lo haré –respondió–. Estaré contigo cada vez que tú lo quieras –pensó, conmovido por su fragilidad y honestidad. Fue un día de espera para Ernesto, en medio de una conversación donde, por primera vez, sintió auténtica a Mary y descubrió a la extraordinaria mujer que ocultaba a los demás. Jamás habría imaginado que la joven pasaba los fines de semana en un orfanato al pendiente de los niños, y los 15 “ahijados” que tenía. –Me preocupa que sientan que están solos, pues no es así, ya que siempre estaré con ellos –le dijo, sonriendo en medio de su tristeza–, así como mi padre ha estado conmigo desde que mi madre murió. De pronto rompió en llanto y él se aguantó las ganas de limpiar sus lágrimas. –Siento que le fallé a mi padre –dijo temblorosa–. Ernesto, dime que no le va a pasar nada, que podré pedirle perdón y verlo de nuevo. –Te prometo que esta noche estará contigo–respondió, acariciándola con la mirada. No supo si fue él o ella la que inició el acercamiento, sólo estuvo consciente de los labios de Mary sobre los suyos en un beso tierno que lo conmovió de manera intensa. Al llegar la noche, ella volvió a sorprenderlo, cuando se encontraba tranquila a pesar de la tensión que se respiraba. –Mi padre vendrá en cualquier momento–le dijo, observando el portón de la entrada–, y quiero que me encuentre fuerte, esperando por él. Por la madrugada, entró un auto de la policía y Mary corrió al encuentro de su papá, quien la abrazó llorando. Ernesto se despidió en silencio de ella, sólo habían compartido algunas horas y un beso que guardaría en su recuerdo. Tal vez se reencontrarían en algún momento, sin embargo, la joven nunca sabría que había dejado una huella en su corazón. Mary asomó la cabeza hacia la oficina de Ernesto y se emocionó al verlo. Una semana lejos de él fue suficiente para darse cuenta de que lo quería en su vida. –¿Se puede? –preguntó ilusionada. –Mary… ¿y esta sorpresa? –dijo con una sonrisa. –Desde hoy me verás por la constructora, porque empiezo a trabajar en el departamento de proyectos. Y al ver el desconcierto de Ernesto, agregó: –A fin de año me recibo de arquitecta. –No lo sabía… –No sólo me dedicaba a ir de shopping y a gastar la tarjeta de mi padre –agregó sonriendo. –Eres una caja de Pandora que siempre me sorprende. Y me encantará verte seguido por aquí –dijo, feliz con la noticia. –Quería darte las gracias por cuidarme y estar conmigo, en realidad no soy una chica tan insoportable como pensaste. –Ahora lo sé –expresó, tomando sus manos. –Fuiste un gran apoyo y un lindo guardaespaldas que ahora extraño —confesó. –¿De verdad piensas en mí? –preguntó con sorpresa y una emoción que logró contener. –Sí, no hay nadie que me rete como tú lo hiciste –respondió con una sonrisa. –¿Sabes qué es lo que más extraño yo? –murmuró, acercándola lentamente hacia él–. Tus labios. Quiero volver a besarte. –¿Y qué esperas?, también vine por un beso... Ernesto le entregó sus ansias en una caricia que Mary disfrutó mientras sentía que flotaba. –Creo que me estoy enamorando –confesó, mirándolo con ilusión. –Qué bueno, porque ya empecé a amarte–dijo Ernesto, volviendo a tocar los delicados labios de Mary en un prolongado beso que prometía un amor verdadero, que ambos comenzaban a disfrutar.

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