Sin tregua en el infierno

EN LA OPINIÓN DE JOSÉ ANTONIO BLASCO COLINA

José Antonio Blasco Colina

2023-09-01T07:00:00.0000000Z

2023-09-01T07:00:00.0000000Z

Editorial Televisa

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Aperitivo_ Fragancias

CUANDO EN OCTUBRE 2017 las redes sociales gritaron el abuso sexual del todopoderoso productor de cine Harvey Weinstein, pocos entendieron la dimensión del problema que se les venía encima. La receta de inflados egos y nefastas conductas impuestas durante siglos parecía un fuerte escudo de protección para los abusadores, pero cierta mañana de los próximos meses estos verían caer sobre sus cabezas el fin de un camino, o peor, el fin DEL camino. La revuelta feminista Me Too a todos nos marcó y muy cercanamente. En mi caso, aún me estremece recordar al excompañero de uno de los trabajos que más me ha gustado en la vida, convertido en celebridad local por sus talentos y display, lanzándose de un noveno piso tras confesar estupro con una chica de 16 años. El mea culpa fue en redes y allí siguen los insultos de quienes antes lo idolatraron, aunque sin el más breve comentario de sus amigotes del mundo cultural. Los otrora “megacuates” –locuaces y de buscadísima notoriedad– ahora y para siempre permanecen en sospechoso silencio… La responsabilidad compartida de quienes rodean al abusador sostiene buena parte de la acción en The Morning Show (Apple TV+): Steve Carrel encarna al exitoso presentador de noticias con delirios de seductor hasta que el castillito de arena cae al ser denunciado y, más tarde que temprano, en la fila del derrumbe van también el programa que le hizo estrella y la cadena que le sirve de plataforma, pues el acusado actuó impune gracias a los otros (comenzando por las más altas autoridades) mientras los números del rating y los dividendos seguían creciendo bajo el amparo de la dictadura del silencio. Así nace y se instaura la complicidad atroz. ¿Qué pasa con la pirámide de secuaces cuando solo uno es señalado y castigado como victimario? Ellos desaparecen con la misma habilidad que entronizaron, condenan con igual fervor que en el pasado alabaron, manipulan para escapar del juicio propio y ajeno, convencidos de una inocencia que se diluye fácilmente si profundizamos un poco en la cotidianidad aparentemente normal y segura. Tan asqueroso circo cuenta en sus filas a hombres y mujeres como implacables acusadores en una doble moral inquisidora que solo sirve a sus intereses más inmediatos. Esto queda muy claro en la serie producida y protagonizada por Jennifer Aniston y Reese Witherspoon, con discutibles deficiencias, ciertamente, pero acertada al desnudar el mecanismo de la confabulación necesaria para que el abuso sea posible y efectivo. Kevin Spacey –el desalmado bellaco de House of Cards (Netflix)– salió ileso de los cargos de agresión sexual que le atormentaban legalmente desde 2017, esta vez gracias a un tribunal de Londres, luego de que lo mismo ocurriera en Nueva York, Los Ángeles y Massachusets. Admirado por muchos –incluyéndome– gracias a esa sólida e increíble serie (destruida en la última temporada tras la expulsión de la estrella por las acusaciones de abuso sexual), a diferencia del personaje representado por Carrel acá hablamos de un supuesto depredador homosexual que existe en lo real, ingredientes que le añadieron aún más chile a la sazón del morbo, y es poco decir que sufrió en carne propia las terribles consecuencias de la llamada “política de cancelación”, es decir, cuando el mundo te borra de cualquier actividad laboral y personal por la demoledora “justicia social”. Ahora, ¿quién le devuelve al inocente el prestigio de décadas luego de ser considerado culpable con tanta ligeresa por todos? Si hablamos de las oportunidades de trabajo deshechas y la aniquilación de su patrimonio económico, al actor y al hombre el balance le queda igual: en irrecuperables e indecentes números rojos. Lo poco que me queda claro de estos dos ejemplos, entre la ficción y la realidad, es ese algo muy podrido emergiendo de la estructura que nos concentra como humanos “civilizados”. La sociedad es quizá el infierno donde jamás llegará un poco de invierno.

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