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EL DESTINO DE LAS CIUDADES EN EL ANTROPOCENO

Vito de Biasi

El sobreturismo, junto a la crisis inmobiliaria y la emergencia climática, está cambiando el significado y el valor de los lugares que habitamos. Una nueva literatura intenta describir este fenómeno global que el verano pasado superó todas las predicciones

los acantilados retroceden unos centímetros cada año; por cada nueva embarcación de excursionistas que atraca en el muelle, por cada flotilla de vacacionistas que aparece en el puerto, hay pedazos de tierra que desaparecen. Aspiraciones humanas, estrategias de marketing turístico, organizaciones sociales, procesos climáticos y actividades geofísicas, todo entrelazado en una red de encuentros dinámicos entre emisiones de dióxido de carbono, calor, viajeros, vacaciones programadas, barcos, tierras y petróleo, aguas y arenas, con el resultado de que su tierra desaparece”. Así lo escribe el sociólogo danés Nikolaj Schultz en Mal di Terra, un ensayo narrativo sobre un hombre que huye del sofocante calor de París y encuentra los mismos problemas en la isla donde buscó refugio, y donde afirma que “el Antropoceno no es un lugar muy adecuado para dormir”. Este es solo uno de los muchos libros publicados recientemente que hablan acerca de distintos lugares del mundo desde un nuevo punto de vista, menos elegíaco-descriptivo y más ansioso, lejos de los cánones de la literatura de viajes. En la librería –junto a los secretos de París y la magia de Praga y todos esos libros sobre dónde caminar y qué ver– se encuentran obras con lugares aparentemente comunes y sorpresivamente dignos de atención, lugares típicos de postal transfigurados o trastornados por una herida, sobre todo la que está relacionada con la emergencia climática. Ciudades famosas vistas desde una perspectiva diferente: una vida más cotidiana que una promoción turística sofisticada. Hay ensayos de urbanismo que cuentan el pasado e imaginan el futuro de la ciudad como forma de vida colectiva, y editoriales enteros dedicads al tema.

Como Wetlands, un nuevo proyecto editorial de Venecia que después de sus primeros libros acerca de la laguna ha comenzado a expandir su catálogo con Mal di Terra. “Vivir y trabajar en Venecia es en muchos sentidos un privilegio”, dice Enrico Bettinello, cofundador y editor, “sobre todo porque te permite experimentar y observar de primera mano algunas de las problemáticas más urgentes de nuestro tiempo, desde el sobreturismo hasta los cambios climáticos, y cómo se convive en un entorno que cambia constantemente”. En efecto, Venecia es un modelo ejemplar de observación de este fenómeno, donde ocurren la intersección entre flujos turísticos exacerbados y los extremos climáticos que están transformando la fisonomía de los lugares, un consumo que, sin metáforas, se convierte en erosión. Y no es un ejemplo único: el urbanista Giovanni Attili ha elegido Civita di Bagnoregio, un antiguo pueblo que ha vivido muchas vidas –desde el asentamiento agrícola hasta pasar a ser una ciudad abandonada

“EN LA COSTA FRANCESA DE PORQUEROLLES,

y luego un parque temático invadido por los turistas– que ahora vive bajo la amenaza del desmoronamiento del suelo subyacente. Civita (Quodlibet) es el libro en el que Attili cuenta estas vidas, pero también intenta imaginar una alternativa, un destino diferente para este lugar que se ha convertido en el fondo perfecto para miles de fotos en Instagram.

Pero ¿por qué hay este nuevo interés por los lugares? ¿Es una forma de oponerse al turismo que está consumiendo todo, incluso antes de la emergencia climática? ¿Es un intento por comprender un mundo que se está volviendo inhabitable y amenazante? “Estamos empezando a comprender que somos responsables de un desprendimiento sistémico que ha debilitado la delicada relación coevolutiva entre el hombre y el entorno”, explica Attili, “en el cual nuestras inclinaciones depredadoras y extractivas han terminado por erosionar la tierra. En medio de esta narrativa, el dinero se ha convertido en el generador simbólico de todos los valores, con un epílogo desafortunado donde la tierra ya no se percibe como un lugar para habitar, sino como una mercancía, un objeto de consumo”. El poner “a trabajar” estos lugares no es una simplista y omnipresente “culpa del capitalismo”, precisamente porque el sobreturismo es alimentado por las mismas personas que resultan víctimas de él. Habitantes de ciudades espléndidas, como Venecia o Civita, que terminan extrayendo valor de sus hogares al alquilarlos como Airbnbs, yéndose a vivir a las cercanías y abandonando su propio territorio. El resultado es que Venecia, Civita y los centros de las ciudades más visitadas se convierten en lugares paradójicos, desalojados de habitantes pero rebosantes de turistas, lugares donde visitar ha reemplazado al habitar. “Una de las cosas más urgentes que debemos hacer es romper este simulacro turístico que ha expulsado la vida y refundar, políticamente, nuestro pacto con estos lugares”, dice Attili. “No se trata de enfrentar habitantes contra turistas. Después de todo, todos somos extranjeros que odiamos a los extranjeros. Somos turistas que consideraban aceptable el fenómeno cuando era el privilegio de unos pocos, solo para luego juzgarlo cuando se convirtió en una práctica social mayoritaria. La aparición del turismo de masas, en el fondo, siempre ha sido criticada en defensa de un privilegio social amenazado de aniquilación”. Y sí, pero ¿cómo conciliar el derecho a habitar con el “derecho” a viajar, es decir, la libertad de movimiento? “El problema es más estructural”, continúa Attili, “se refiere a un paradigma extractivo que acumula y no redistribuye. Se trata de los procesos de financiarización del patrimonio habitacional que además son posibilitados por el capitalismo de las plataformas. Y también por la atrofiación de la capacidad imaginativa, a través de la cual la única posibilidad de regeneración socioeconómica de los lugares terminaría inevitablemente en su turistificación”.

“La ‘inevitable turistificación” es el mantra usado para la repoblación de los pueblos abandonados en las llamadas áreas internas de Italia, que tras la pandemia se han convertido en un símbolo de una presunta vida auténtica por redescubrir tanto para los turistas –con la premisa de ‘viaje en el tiempo’– como para los antiguos habitantes o incluso para aquellos que nunca han vivido allí pero desean escapar de la sofocante ciudad, con el pretexto del smart/southworking. En I paesi invisibili (Saggiatore), un ensayo muy combativo escrito casi como un diario, la antropóloga Anna Rizzo desmonta la

retórica sobre los pueblos abandonados, afirmando que solo es otro intento especulativo más y que genera una verdadera ganancia para los pocos habitantes que quedan. “Aunque reconozco la belleza de un pueblo, creo que es imposible volver a vivir lejos de las ciudades hasta que no quede claro que ciertos valores –como el derecho a la salud, al trabajo, a una educación y a un acceso cultural, como la posibilidad de moverse con medios de transporte públicos– dejen de ser negociables”. El interés en torno a los pueblos es, por un lado, depredador, y por otro, muy conservador, ya que oculta en sí una lógica de musealización que busca convertir a los pueblos en belenes visitables, detenidos en el tiempo como un parque temático”.

Y tal es el caso (una vez más) de Civita, arrollada según Attili por un turismo tanatológico, “una ciudad que muere” –este es el lema elegido por su campaña de marketing– que limita cualquier posibilidad de desarrollo. “Despojada de su impenetrabilidad, privada de su carga negativa, esterilizada, despojada de su aura, la muerte se convierte en un fetiche que impregna de exotismo al pueblo. Su imagen encarna un atractivo fundamental para el disfrute turístico. Un disfrute puramente estético que expulsa la propia esencia de la experiencia. De hecho, el turista no experimenta la muerte. Más bien, la colecciona como una de las muchas maravillas para colocar dentro de sus modernas cámaras de viajeros. Los turistas acuden seducidos por la espectacular frase de la ciudad que muere. Buscan ruinas y abandono, fragmentos de una muerte miniaturizada y accesible. Quieren respirar un apocalipsis de bolsillo para inmortalizar en su celular. A pesar de esto, encuentran un pueblo habitado y reconstruido. Un pueblo completamente transformado por la industria turística y sus tentáculos mercantiles”. Un efecto de nostalgia que para los turistas sería simplemente una experiencia “extrema”, pero para los habitantes, aunque son pocos, se convierte en una trampa: “El regreso a los antiguos valores encarna el deseo de mantener sistemas de dominio y subordinación, una verticalidad de las relaciones y jerarquías, el régimen de los poderosos sobre los menos afortunados, del hombre sobre la mujer”, escribe Anna Rizzo.

Frente a este panorama de ciudades y pueblos simultáneamente desiertos y abarrotados que parecen haber perdido su vocación ética y política, surge la pregunta: ¿la ciudad está verdaderamente muerta? “Hablar del futuro de la ciudad es un poco como ver una película de ciencia ficción, interesante, pero todo podría ser una especulación”, dicen Ila Béka y Louise Lemoine, un dúo de artistas documentalistas que han elegido una perspectiva diferente para observar los lugares. “Nos interesa la relación que las personas tienen con el espacio. En nuestras películas observamos la vida cotidiana, hecha de pequeños gestos y comportamientos que revelan cómo las personas viven en sus propias ciudades”. Homo Urbanus es una serie de 10 documentales sobre 10 ciudades diferentes, películas grabadas en la calle que exploran los espacios públicos de Shanghai, Rabat, Doha y Venecia, y muestran cómo se utilizan, sin comentarios, sin “lecciones” ni predicciones.

Incluso acerca del futuro de la ciudad, Béka y Lemoine ofrecen un cambio de perspectiva bastante interesante: “Saber si la ciudad está muerta es una pregunta que nos planteamos en Europa, donde estamos acostumbrados a ciudades históricas organizadas en torno al espacio público de la plaza como lugar de reunión y formación de los ciudadanos. En otros lugares no se plantea esta pregunta. El punto de vista occidental no representa la naturaleza más radical y metamórfica de las ciudades de hoy en día, como ocurre con las ciudades del Extremo Oriente. Es ahí donde realmente puedes entender lo que está sucediendo en el contexto urbano, y lo ves precisamente en los comportamientos, en las pequeñas cosas. Bangkok, el último lugar donde rodamos una película, ha cambiado su aspecto en una generación. Viven personas que crecieron en la escala de una pequeña ciudad y ahora se encuentran en medio de una megalópolis. En Seúl, donde filmamos una de las películas de Homo Urbanus, ves a personas vendiendo comida en puestos uno junto al otro en el centro de la ciudad, creando una atmósfera de pueblo en una acera que da a una mega carretera de 12 carriles. En Italia ni siquiera tenemos autopistas de 12 carriles. Es realmente otra dimensión, pero es ahí, más que en Europa, donde debemos mirar para entender lo que está sucediendo”.

Una cosa que todos los lugares tienen en común, y que amenaza su futuro, es la emergencia climática. Es un problema más profundo, aunque en parte derivado del sobreturismo: “Simplemente no hay nada que exista fuera de estos problemas”, escribe Schultz en Mal di Terra. “Durante mucho tiempo, como señala Amitav Ghosh, la literatura ignoró los cambios climáticos”, dice Bettinello, “querer narrarlos, incluirlos en las palabras con las que transmitimos a otras personas nuestra experiencia en entornos y comunidades, nos permite encontrar las proporciones relacionales adecuadas de lo que está sucediendo. Mal di Terra no habla de Venecia, sino de las analogías entre Porquerolles y lo que sucede en nuestra ciudad que son tan evidentes que parece completamente natural establecer una relación fructífera entre ellas. Pero no necesariamente para sucumbir a la desesperación, sino para redescubrir esas conexiones humanas e ideas que pueden ayudar a subvertir procesos perjudiciales que ya están en marcha”. Respecto al destino de los lugares, desde las ciudades habitadas por ciudadanos o erosionadas por el turismo hasta el peligro en el que se encuentra todo el espacio que tenemos a nuestra disposición, surge una pregunta, la misma que Attili escribió al final de su libro Civita: “¿Lograremos abrazar nuestro destino como criaturas frágiles para establecer un nuevo pacto, solidario y consciente, con el entorno del que somos parte?”.

“HABLAR DEL FUTURO DE LA CIUDAD ES UN POCO como ver una película de CIENCIA FICCIÓN, interesante, PERO TODO PODRÍA llegar a ser una especulación”, dicen ILLA BÉKA Y LOUISE LEMOINE

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2023-11-01T07:00:00.0000000Z

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